– No -respondí. El acceso a la Supermax estaba vetado a todo aquel que no fuera recluso o celador, pero había oído hablar más que suficiente para saber que era un sitio donde no deseaba estar.
– Es mal asunto -dijo Bill, y por cómo lo dijo supe que no iba a oír ninguna historia lacrimógena y exagerada de un ex presidiario. No intentaba venderme nada. Sólo quería que alguien lo escuchara-. Apesta: a mierda, sangre, vómitos. La inmundicia está por todo el suelo, por las paredes. En invierno, la nieve entra por debajo de las puertas. Se oye a todas horas el ruido en los respiraderos, y no te imaginas lo que es eso. No puedes abstraerte. Yo me tapaba los oídos con papel higiénico para no oírlo. Pensaba que iba a volverme loco. Eran veintitrés horas de confinamiento al día, y una, cinco días por semana, en la perrera. Así llamaban al patio de ejercicio: mide un metro ochenta de ancho por diez de largo. Bien que lo sé: lo medí durante cinco años. Las luces están encendidas las veinticuatro horas del día, siete días por semana. No hay televisión, ni radio…, sólo ruido y luz blanca. Ni siquiera te dejan entrar un cepillo de dientes. Te dan un puto trozo de plástico que hay que ponerse en el dedo, pero no sirve para una mierda. -Bill abrió la boca y se señaló con el dedo los huecos entre los dientes amarillentos-. Allí perdí cinco dientes. Se me cayeron sin más. Si te paras a pensar, Max es una forma de tortura psicológica. Sabes por qué estás allí, pero no qué puedes hacer para salir. Y eso no es lo peor. Si te pasas de rosca, te mandan a la silla.
Eso ya lo sabía. La «silla» era un artefacto inmovilizador utilizado con quienes conseguían agotar la paciencia de los celadores. Cuatro o cinco celadores con protectores en todo el cuerpo y escudos y gas mostaza irrumpían en la celda de un preso para realizar la «extracción». Lo rociaban de gas, lo tiraban al suelo o al camastro y lo esposaban -las esposas iban unidas a grilletes-, después lo desnudaban cortándole la ropa. A continuación, se lo llevaban, desnudo y gritando, a una sala de observación donde lo sujetaban a una silla con correas y lo dejaban allí durante horas muerto de frío. Asombrosamente, las autoridades penitenciarias sostenían que la silla no se utilizaba como castigo, sino sólo como medio para controlar a los reclusos que eran una amenaza para sí mismos o para los demás. El Phoenix de Portland había conseguido imágenes en vídeo de una extracción, ya que dichas operaciones se grababan en la cárcel, supuestamente para demostrar que los presos no sufrían malos tratos. Según quienes las habían visto, costaba imaginar cómo las extracciones y la silla podían definirse como algo distinto de violencia autorizada y oficial rayana en la tortura.
– A mí me lo hicieron una vez -continuó Bill-, después de tumbar a un poli. Nunca más. Después de eso mantuve la cabeza gacha. Aquello no era manera de tratar a un hombre. A Merrick también se lo hicieron. Más de una vez, pero con Frank no pudieron. Aunque siempre fue por lo mismo. Nunca variaba.
– ¿A qué te refieres?
– A Merrick siempre lo castigaban por lo mismo. Había un chico allí, un tal Kellog, Andy Kellog. Estaba loco, pero no era su culpa. Todo el mundo lo sabía. Se lo habían follado de niño y nunca se recuperó. Se pasaba la vida hablando de pájaros, hombres como pájaros.
Interrumpí a Bill.
– Un momento. ¿Ese Kellog había sufrido abusos?
– Exacto.
– ¿Abusos sexuales?
– Ajá. Supongo que los autores llevaban máscaras o algo así. Yo recordaba a Kellog de su etapa en Thomaston. Otros en Max también lo recordaban, pero al parecer nadie sabía con seguridad qué le había pasado. Lo único que sabíamos era que se lo habían, llevado unos «hombres como pájaros» y no una sola vez, sino un par de veces, y eso después de que otros ya se lo hubieran beneficiado. Lo que quedó cuando acabaron no valía ni cinco centavos. Lo atiborraron de fármacos. La única persona capaz de acceder a él era Merrick, y te aseguro que me costó creerlo. Merrick no era precisamente un asistente social. Era un hombre duro. Pero en el caso de ese chico… Merrick intentó cuidar de él. Y no era un maricón ni mucho menos. El primero que se lo dijo a Merrick fue también el último. Merrick casi le arrancó la cabeza, intentó pasársela por entre los barrotes de la celda. Y a punto estuvo de conseguirlo, pero aparecieron los polis y lo separaron. Luego trasladaron a Kellog a Max por tirar mierda a los celadores, y Merrick encontró la manera de ir también allí.
– ¿Merrick se hizo trasladar a propósito a Supermax?
– Sí, eso dicen. Hasta que se fue Kellog, Merrick había ido a la suya, manteniendo la cabeza gacha, salvo cuando alguien se pasaba de listo y amenazaba al chico o, si era muy tonto, intentaba cambiar la jerarquía desafiando a Merrick. Pero después del traslado de Kellog, Merrick hizo todo lo que pudo para sacar de quicio a los polis, hasta que no les quedó más remedio que mandarlo a Warren. Allí no podía hacer gran cosa por el chico, pero no se rindió. Habló con los polis, intentó convencerlos de que mandaran a un asistente especializado en salud mental para controlarlo, incluso logró calmar al chico un par de veces cuando parecía que iba a conseguir que lo mandaran otra vez a la silla. Los celadores lo sacaron alguna que otra vez de su celda para que hiciera entrar en razón al chico, pero no siempre dio resultado. Kellog se pasaba la vida en esa silla, te lo aseguro. Puede que siga allí, por lo que yo sé.
– ¿Kellog sigue allí?
– Dudo que llegue a salir alguna vez, al menos vivo. Me parece que ese chico quiere morir. Es un milagro que no esté muerto ya.
– ¿Y qué me dices de Merrick? ¿Hablaste con él? ¿Te contó algo de su vida?
– No, era un solitario. Sólo tenía tiempo para Kellog. Hablé con él un poco, cuando nos cruzábamos camino de la enfermería o de la perrera, pero a lo largo de los años hablamos tanto como tú y yo hemos hablado esta noche. Sin embargo, sí que supe lo de su hija. Creo que por eso cuidaba de Kellog.
Empezó la última parte del encuentro. Vi que Bill se concentraba inmediatamente en el hielo.
– No lo entiendo -dije-. ¿Qué tiene que ver la hija de Merrick con Kellog?
A regañadientes, Bill desvió la atención del partido por última vez.
– Bueno, su hija había desaparecido -respondió-. No tenía gran cosa que se la recordase. Sólo un par de fotografías, un dibujo o dos que la niña le había mandado a la cárcel antes de desaparecer. Fueron los dibujos lo que lo acercaron a Kellog, porque éste y la hija de Merrick habían dibujado lo mismo. Los dos habían dibujado hombres con cabeza de pájaro.
Tercera parte
Yo mismo soy el Infierno,
aquí no hay nadie.
Robert Lowell,
La hora de la mofeta
15
No tardé en averiguar el nombre de la abogada que había representado a Andy Kellog en sus más recientes encontronazos con la ley. Se llamaba Aimee Price y tenía el bufete en South Freeport, a unos cinco kilómetros del bullicio turístico de Freeport. El contraste entre Freeport y South Freeport era chocante. Freeport había renunciado al recuerdo del pasado en favor de las alegrías de las compras en las tiendas outlet y había convertido las calles adyacentes en amplios aparcamientos, mientras que South Freeport, que se extendía desde Porter Landing hasta Winslow Park, había conservado casi todos sus edificios decimonónicos, construidos en la época de mayor auge de los astilleros del río Harraseeket. El bufete de Price, en Park Street, formaba parte de un pequeño complejo creado en el centro del pueblo a partir de dos casas, antiguas viviendas de capitanes de barco cuidadosamente restauradas, y que constituían un cuadrado compuesto por cuatro manzanas justo por encima del embarcadero de Freeport. Compartía el espacio con un contable, un servicio de reestructuración de deudas y un acupuntor.