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Pese a ser sábado, Price me había dicho que estaría allí revisando expedientes hasta eso de la una. Compré unos bollos recién hechos en el Village Store de las galerías Carharts y me encaminé hacia su bufete poco antes del mediodía. Me acerqué a la recepción y, después de anunciar mi llegada por el teléfono interno a la secretaria de Price, la joven detrás del mostrador me señaló un pasillo a mi izquierda. La secretaria de Price era en realidad un secretario de poco más de veinte años. Llevaba tirantes y pajarita roja. En otra persona de su edad habría parecido una presunción de excentricidad, pero por el algodón arrugado de la camisa y las manchas de tinta en los pantalones de color tostado cabía pensar que su excentricidad era bastante auténtica.

Price, de unos cuarenta años, tenía el pelo rojo y rizado y lo llevaba muy corto, con un peinado más propio de una mujer veinte años mayor. Vestía un traje azul marino, cuya chaqueta colgaba del respaldo de su silla, y ofrecía el cansado aspecto de alguien que libraba demasiadas batallas perdidas contra el sistema. Tenía el despacho decorado con imágenes de caballos, y a pesar de que había carpetas en el suelo, en el alféizar de la ventana y sobre el escritorio, resultaba mucho más acogedor que el bufete de Eldritch y Asociados, sobre todo porque aquí habían descubierto el uso del ordenador y sabían cómo deshacerse de los papeles viejos.

En lugar de sentarse ante su escritorio, Price hizo un hueco en un sofá y me invitó a acomodarme allí mientras ella ocupaba una silla de respaldo recto enfrente. Nos separaba una mesa pequeña, y el secretario, que se llamaba Ernest, dejó allí unas tazas y una cafetera, y se llevó un bollo por la molestia. La disposición de los asientos me dejaba sentado a una altura algo inferior y en una posición algo menos cómoda. Era, lo sabía, totalmente a propósito. Al parecer, Aimee Price había aprendido por el camino difícil a esperar lo peor, y a aprovechar cualquier ventaja a su alcance antes de iniciarse las batallas venideras. Lucía un gran anillo de compromiso de diamantes. Brillaba a la luz del sol invernal como si criaturas vivas se movieran en el interior de las piedras.

– Bonito pedrusco -dije.

Sonrió.

– ¿Es usted tasador de joyas además de detective?

– Soy polifacético. Así, si esto de la investigación privada no acaba de cuajar, siempre puedo recurrir a otra cosa.

– No parece que le vaya mal -comentó-. Sale mucho en los periódicos. -Reconsideró sus palabras-. No, supongo que no es así. Es sólo que cuando sale, llama mucho la atención. Seguro que, además, tiene todos los recortes enmarcados.

– Me he construido un santuario a mí mismo.

– Pues le deseo suerte y que atraiga a muchos adoradores. ¿Quería hablarme de Andy Kellog?

Se proponía ir al grano.

– Me gustaría verlo -dije.

– Está en Max. Allí no entra nadie.

– Salvo usted.

– Soy su abogada, e incluso yo tengo que pasar por el aro para acceder a él allí dentro. ¿A qué se debe su interés por Andy?

– Daniel Clay.

El rostro de Price se endureció.

– ¿Qué pasa con él?

– Me ha contratado su hija. Ha tenido problemas con un individuo que tiene mucho interés en localizar a su padre. Por lo visto, ese individuo conoció a Andy Kellog en la cárcel.

– Merrick -adivinó Price-. Se trata de Frank Merrick, ¿no es así?

– ¿Lo conoce?

– Irremediablemente. Andy y él eran íntimos.

Esperé. Price se reclinó en la silla.

– No sé por dónde empezar -dijo-. Acepté el caso de Andy Kellog pro bono. Ignoro hasta qué punto conoce usted sus circunstancias, pero le haré un breve resumen. Fue abandonado al nacer, adoptado por la hermana de su madre y tratado brutalmente por ella y su marido; luego pasó de mano en mano entre los amigotes del marido, que lo sometieron a abusos sexuales. A los ocho años empezó a escaparse de casa y a los doce estaba prácticamente desquiciado. Medicado desde los nueve años, tuvo serias dificultades de aprendizaje y no pasó de tercer curso. Al final acabó en un centro de acogida para niños con trastornos graves, un establecimiento sin apenas financiación del Estado, mantenido a fuerza de voluntad, y fue allí donde se lo remitieron a Daniel Clay. Formó parte de un programa piloto. El doctor Clay era especialista en niños traumatizados, sobre todo en los que habían sido víctimas de malos tratos físicos y abusos sexuales. Se seleccionó a una serie de niños para el programa, Andy entre ellos.

– ¿Quién decidió a qué niños se admitía?

– Un equipo de expertos en salud mental, asistentes sociales y el propio Clay. Por lo visto, Andy mejoró desde el primer momento. Parecía que las sesiones con el doctor Clay le iban bien. Se volvió más comunicativo, menos agresivo. Se decidió que tal vez fuera beneficiosa para él la interacción con una familia fuera del entorno del centro de acogida, así que empezó a pasar un par de días por semana con una familia de Bingham. Eran los dueños de un albergue donde se organizaban actividades al aire libre, ya sabe: caza, excursiones, rafting, esas cosas. Con el tiempo se autorizó a Andy a vivir con ellos, aunque los expertos en salud mental y la gente de protección infantil se mantendrían en contacto con él de manera periódica. Bueno, ésa era la intención, pero estaban siempre desbordados de trabajo, así que mientras no se metiese en líos lo dejaban en paz y se dedicaban a otros casos. Se le concedió cierto grado de libertad, pero en esencia prefería estar cerca de la familia y el albergue. Eso fue en verano. Allí, con la temporada alta, la actividad fue en aumento y la familia no siempre tenía tiempo para vigilar a Andy las veinticuatro horas al día y… -Se interrumpió-. ¿Tiene usted hijos, señor Parker?

– Sí.

– Yo no. En una época pensé que quería tener, pero ahora creo que ya es tarde. Mejor así, quizá, viendo las cosas que la gente es capaz de hacer a los niños. -Se humedeció los labios, como si su organismo intentase acallarla secándole la boca-. A Andy lo secuestraron cerca del albergue. Desapareció durante un par de horas una tarde, y cuando regresó, estaba poco comunicativo. Nadie le prestó mucha atención. Entiéndalo: Andy no era aún como los otros niños. Tenía arranques de mal genio, y la gente que lo cuidaba había aprendido a esperar a que se le pasaran. Pensaron que no había nada de malo en permitirle explorar el bosque él solo. Eran buena gente. Creo que simplemente bajaron la guardia en lo tocante a Andy.

»El caso es que nadie se dio cuenta de nada hasta que aquello ocurrió por tercera o cuarta vez. Alguien, creo que fue la madre, fue a ver cómo estaba Andy, y él la atacó sin más. Enloquecido, le tiró del pelo y le arañó la cara. Al final tuvieron que sentarse encima de él e inmovilizarlo hasta que llegó la policía. Se negó a volver a la consulta de Clay, y los de protección infantil sólo pudieron sonsacarle fragmentos de lo ocurrido. Lo devolvieron a la institución, y allí se quedó hasta los diecisiete años. Después acabó en la calle y se perdió para siempre. No podía pagarse la medicación que necesitaba, así que cayó en el trapicheo, el robo y la violencia. Cumple quince años de condena, pero su sitio no es Max. He intentado solicitar el traslado al psiquiátrico de Riverview. Es allí donde debería estar. Hasta la fecha no he tenido suerte. El Estado ha decidido que es un delincuente, y el Estado nunca se equivoca.

– ¿Por qué no le habló a nadie de los abusos?

Price mordisqueó un bollo. Advertí que siempre movía las manos mientras pensaba, marcando un compás con los dedos en el borde de la silla, mirándose las uñas o, como en este caso, partiendo el bollo. Parecía parte de su proceso de pensamiento.

– Es complicado -contestó-. Puede que se debiera, por un lado, a los abusos anteriores, en los que los adultos responsables de él no sólo estaban enterados de lo que ocurría, sino que participaban activamente. Andy confiaba poco o nada en las figuras con autoridad, y la pareja adoptiva de Bingham justo empezaba a romper sus barreras cuando se produjeron los nuevos abusos. Pero, por lo que me contó después, los hombres que abusaron de él lo amenazaron con hacer daño a la hija de ocho años del matrimonio si decía algo. La niña se llamaba Michelle, y Andy se había encariñado con ella. Sentía necesidad de protegerla, a su manera. Por eso regresaba.