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– ¿Regresaba?

– Los hombres le dijeron a Andy dónde debía esperarlos cada martes. A veces iban, a veces no, pero Andy nunca faltaba por si acaso. No quería que le pasara nada a Michelle. Había un claro a menos de un kilómetro de la casa y, cerca, un arroyo; un sendero bajaba hasta allí desde la carretera, con anchura suficiente para permitir el paso de un vehículo. Andy se sentaba allí y uno de ellos iba a buscarlo. Le ordenaron que se sentara mirando hacia el arroyo, y que nunca se volviera al oír llegar a alguien. Le vendaban los ojos, lo llevaban al coche y se alejaban.

Sentí algo en la garganta y me escocieron los ojos. Aparté la mirada de Price. Me imaginé a un niño sentado en un tronco, el murmullo del agua a corta distancia, los rayos del sol a través de los árboles y los trinos de los pájaros, y entonces unos pasos que se acercaban, y la oscuridad.

– Me he enterado de que lo han llevado a la silla un par de veces.

Me lanzó una mirada, quizá sorprendida de lo informado que estaba.

– Más de un par. Es un círculo vicioso. Andy se medica, pero la medicación debe supervisarse para ir adaptando las dosis. Sin embargo, no sucede así y por tanto los medicamentos dejan de hacer el efecto que deberían, Andy se altera, pierde el control y los celadores lo castigan, y eso lo altera más, y entonces los medicamentos aún tienen menos efecto que antes. No es culpa de Andy, pero vaya a explicarle eso a un celador a quien Andy acaba de orinársele encima. Y Andy no es un caso aislado: en Supermax, los casos como el suyo no dejan de crecer. Todo el mundo lo ve, pero nadie sabe qué hacer al respecto, o nadie desea siquiera hacer nada al respecto; según lo deprimida que me sienta, pienso lo uno o lo otro. Tomamos a un preso mentalmente desequilibrado que, de algún modo, infringe las reglas cuando forma parte de la población reclusa normal. Lo confinamos en una celda muy iluminada, sin distracciones, rodeado de otros presos aún más trastornados que él. Bajo esa tensión, viola más reglas. Lo castigan con la silla, cosa que lo desquicia todavía más que antes. Comete transgresiones más graves aún de las reglas, o agrede a un celador, y aumentan la pena. El resultado final, en el caso de una persona como Andy, es la locura, incluso el suicidio. ¿Y qué se consigue con una amenaza de suicidio? Más tiempo en la silla.

»Winston Churchill dijo una vez que puede juzgarse a una sociedad por la manera que tiene de tratar a los presos. Recordará usted el asunto de Abu Ghraib y lo que estamos haciéndoles a los musulmanes en Irak y en Guantánamo y en Afganistán y dondequiera que hemos decidido encerrar a aquellos que percibimos como amenaza. La gente pareció sorprenderse, pero bastaba con que mirasen alrededor. A los nuestros les hacemos lo mismo, procesamos a los niños como si fueran adultos. Encerramos, incluso ejecutamos, a los enfermos mentales. Y atamos a personas desnudas a sillas en habitaciones heladas porque no les hace efecto la medicación. Si somos capaces de hacer eso aquí, ¿cómo demonios se sorprende alguien de que no tratemos mejor a nuestros enemigos?

Había ido subiendo el tono de voz a medida que se dejaba llevar por la indignación. Ernest llamó a la puerta y asomó la cabeza.

– ¿Todo en orden, Aimee? -preguntó, y me miró como si yo fuese el culpable de la alteración del orden, cosa que en cierto modo así era.

– No pasa nada, Ernest.

– ¿Quieres más café?

Negó con la cabeza.

– Bastante tensa estoy ya. ¿Y usted, señor Parker?

– No, gracias.

Price esperó a que se cerrara la puerta antes de seguir.

– Lo siento -se disculpó Aimee.

– ¿Por qué?

– Por la perorata. Probablemente no está de acuerdo conmigo.

– ¿Por qué lo dice?

– Por lo que he leído sobre usted. Usted ha matado a personas. Parece un juez severo.

No supe qué responder. Por un lado me sorprendieron sus palabras, puede que incluso me irritasen, pero no advertí segundas intenciones. Llamaba a las cosas por su nombre, nada más.

– Creo que no tuve opción -contesté-. No en ese momento. Quizás ahora, sabiendo lo que sé, actuaría de manera distinta en algunos casos, pero no en todos.

– Usted hizo lo que consideraba correcto.

– He empezado a creer que la mayoría de la gente hace lo que considera correcto. El problema surge cuando lo que hacen es correcto para ellos, pero no para los demás.

– ¿Egoísmo?

– Tal vez. Interés propio. Instinto de conservación. Todos ellos conceptos que giran en torno a uno mismo.

– ¿Cometió algún error cuando hizo lo que hizo?

Me di cuenta de que estaba poniéndome a prueba de algún modo, de que las preguntas de Price eran una manera de calibrar si yo merecía ver a Andy Kellog. Intenté contestar con la mayor sinceridad posible.

– No, al final no.

– ¿No comete errores, pues?

– No de ésos.

– Nunca ha disparado a nadie que no tuviera un arma en la mano, ¿es eso lo que quiere decir?

– No, porque tampoco es verdad.

Se produjo un silencio, hasta que Aimee Price se llevó las manos a la frente y dejó escapar un gruñido de frustración.

– Parte de eso no es asunto mío -dijo-. Disculpe una vez más.

– Yo le estoy haciendo preguntas. No veo por qué no podría hacérmelas usted a mí. Pero ha arrugado la frente cuando he mencionado a Daniel Clay. ¿Por qué?

– Porque sé lo que la gente dice de él. He oído los rumores.

– ¿Y los cree? -pregunté.

– Alguien puso a Andy Kellog en manos de esos hombres. No fue casualidad.

– Merrick piensa lo mismo.

– Frank Merrick está obsesionado. Algo se rompió dentro de él cuando su hija desapareció. No sé si eso lo convierte en un hombre más o menos peligroso de lo que ya era.

– ¿Qué puede decirme sobre él?

– No mucho. Probablemente usted ya sabe todo lo que necesita saber sobre su condena, y lo sucedido en Virginia: el asesinato de Bar-ton Riddick, y la coincidencia entre las balas que permitió relacionar a Merrick con el crimen. Para serle sincera, a mí no me interesa demasiado. Mi principal preocupación era, y sigue siendo, Andy Kellog. Cuando Merrick empezó a establecer cierto vínculo con Andy, pensé lo mismo que la mayoría de la gente: ya me entiende, un joven vulnerable, un preso de mayor edad y más curtido, pero no tuvo nada que ver con eso. Merrick parecía cuidar realmente de Andy en la medida de sus posibilidades.

Empezó a garabatear en el cuaderno apoyado en su regazo a medida que hablaba. Creo que ni siquiera era del todo consciente de lo que hacía. No bajó la vista hacia el papel mientras deslizaba el lápiz sobre él, ni me miró a mí, sino que prefirió fijar la vista en la luz fría del invierno al otro lado de la ventana.

Dibujaba cabezas de pájaros.

– Me han dicho que Merrick forzó su traslado a Supermax para estar cerca de Kellog -comenté.

– Siento curiosidad por conocer su fuente de información a ese respecto, pero es cierto, sin ningún género de dudas. A Merrick lo trasladaron y dejó bien claro que cualquiera que se pasase de la raya con Andy rendiría cuentas ante él. Incluso en un sitio como Max, siempre hay caminos. Sólo que la única persona de quien Merrick no podía proteger a Andy era el propio Andy.

«Mientras tanto, la fiscalía de Virginia puso en marcha el proceso por el asesinato de Riddick. Corrió mucha tinta y, ya cerca de la puesta en libertad de Merrick, se dictaron las órdenes pertinentes y se le notificó el traslado a Virginia para ser juzgado. Entonces ocurrió algo raro: intervino otro abogado en representación de Merrick.