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– Eldritch -apunté.

– Exacto. La intervención fue conflictiva por diversas razones. No parecía que Eldritch hubiera tenido un solo contacto previo con Merrick y, según me dijo Andy, fue el propio abogado quien se dirigió a él. El viejo ese se presentó por las buenas y se ofreció a llevar el caso de Merrick, pero, por lo que supe después, no estaba especializado en casos penales. Se dedicaba al derecho de empresa, a los bienes raíces, todo estrictamente administrativo, así que era un candidato poco común como defensor de causas perdidas. No obstante, vinculó el caso de Merrick a una campaña contra el análisis balístico organizada por un grupo de abogados liberales y encontró pruebas de un asesinato en el que había intervenido la misma pistola utilizada para matar á Riddick, pero cometido mientras Merrick estaba entre rejas. Los federales empezaban a echarse atrás en el empleo del análisis balístico, y Virginia comprendió que no tenía pruebas suficientes para conseguir la condena por el asesinato de Riddick. Y si hay algo que a un fiscal no le gusta hacer, es llevar adelante un caso que parece condenado al fracaso desde el principio. Merrick pasó unos meses en una celda de Virginia y al final lo pusieron en libertad. Había cumplido toda su condena en Maine, así que quedó libre y en paz.

– ¿Cree que lamentó dejar a Andy Kellog en Max?

– Sin duda, pero para entonces, por lo visto, había decidido que tenía otras cosas que hacer fuera.

– ¿Como averiguar qué había sido de su hija?

– Sí.

Cerré mi libreta. Habría más preguntas, pero de momento eso era todo.

– En cualquier caso, me gustaría hablar con Andy -insistí.

– Haré indagaciones.

Le di las gracias y le ofrecí mi tarjeta de visita.

– En cuanto a Frank Merrick -dijo cuando me disponía a salir-, creo que sí mató a Riddick, y también a otros muchos.

– Conozco su reputación -contesté-. ¿Cree que Eldritch hizo mal en intervenir?

– Ignoro por qué intervino Eldritch, pero no fue porque le preocupara la justicia. Tuvo, no obstante, un resultado positivo, aunque no fuera ése su objetivo: el análisis balístico como prueba se vino abajo. El proceso contra Merrick también se vino abajo. Basta con que suceda eso una sola vez para que el sistema entero se derrumbe, o se desmorone un poco más. Si Eldritch no se hubiese hecho cargo del caso, quizás yo hubiera pedido una orden de excepción para poder ejercer en Virginia y lo habría llevado yo misma. -Sonrió-. Hago especial hincapié en ese «quizás».

– No le gustaría tener a Frank Merrick como cliente.

– Sólo de saber que ha vuelto a Maine me pongo nerviosa.

– ¿No ha intentado ponerse en contacto con usted por Andy?

– No. ¿Tiene idea de dónde está viviendo?

Era una buena pregunta, y me dio que pensar. Si Eldritch había proporcionado un coche a Merrick, y acaso también fondos, podría haberle facilitado, además, un lugar para alojarse. Si era así, tal vez hubiera forma de encontrarlo y de descubrir algo más sobre Merrick y el cliente de Eldritch.

Me levanté para marcharme. En la puerta del despacho, Aimee Price preguntó:

– ¿La hija de Daniel Clay le paga por hacer todo esto?

– No, esto no -respondí-. Me paga por protegerla de Merrick.

– ¿Y por qué está aquí, pues?

– Por la misma razón por la que usted podría haberse ocupado del caso de Merrick. Aquí hay algo que no encaja. Eso me molesta. Desearía averiguar qué es.

Ella asintió con la cabeza.

– Ya le avisaré por lo de Andy -dijo.

Rebecca Clay me llamó y la puse al día de la situación con Merrick. Eldritch había informado a su cliente de que no podría hacer nada por él hasta el lunes, y entonces, si Merrick seguía retenido sin cargos, presentaría una solicitud ante un juez. O'Rourke dudaba que un juez permitiera a la policía de Scarborough seguir reteniéndolo si había pasado ya cuarenta y ocho horas a la sombra, aun teniendo en cuenta que la ley los autorizaba a privarlo de libertad otras cuarenta y ocho horas.

– ¿Y ahora qué? -preguntó Rebecca.

– Estoy casi seguro de que no volverá a molestarla. Vi su reacción cuando le dijeron que lo iban a encerrar durante el fin de semana. No le da miedo la cárcel, pero si pierde la libertad, no podrá buscar a su hija, y eso sí le da miedo. Ahora esa libertad depende de que a usted no le pase nada. Le entregaré la orden judicial cuando salga, pero si usted no se opone, la tendremos bajo vigilancia durante un par de días después de su puesta en libertad, por si acaso.

– Quiero que Jenna vuelva a casa -dijo.

– No se lo recomiendo todavía.

– Me tiene preocupada. Creo que todo este asunto la está afectando.

– ¿Por qué?

– Encontré unos dibujos en su habitación.

– ¿Dibujos de qué?

– De hombres, hombres pálidos y sin ojos. Me dijo que los había visto o que había soñado con ellos. Quiero tenerla cerca.

No le conté a Rebecca que otros habían visto también a esos hombres, incluido yo. Me pareció mejor, de momento, dejar que creyera que eran fruto de la imaginación trastornada de su hija, y nada más.

– Pronto -dije-. Deme sólo unos días más.

Reacia, accedió.

Esa noche, Ángel, Louis y yo cenamos en Fore Street. Louis se había acercado a la barra para examinar los distintos vodkas, y nos había dejado a Ángel y a mí ocasión de hablar.

– Has perdido peso -dijo Ángel sorbiéndose la nariz y provocando una lluvia de fragmentos de pañuelo de papel sobre la mesa. No tenía la menor idea de qué había estado haciendo en Napa para coger ese resfriado, pero ciertamente no quería que me lo contase-. Tienes buen aspecto. Incluso tu ropa tiene un aspecto razonable.

– Es mi nueva imagen. Como bien, sigo yendo al gimnasio, paseo al perro.

– Ya. Ropa bonita, buen comer, gimnasio, un perro. -Se paró a pensar un momento-. ¿Seguro que no eres gay?

– No puedo ser gay -contesté-. Bastante ocupado estoy siendo como soy.

– Quizá sea eso lo que me gusta de ti -comentó-. Eres un gay no gay.

Ángel había llegado con una cazadora de cuero marrón que yo había desechado, tan gastada en algunos puntos que había perdido el color por completo. Sus viejos Wrangler tenían una onda bordada en los bolsillos traseros y llevaba una camiseta de Hall and Oates, lo que significaba que el tiempo en la tierra de Ángel se había detenido poco después de 1981.

– ¿Se puede ser homófobo y gay? -pregunté.

– Claro. Es como ser judío y odiarse a sí mismo, sólo que comes mejor.

Louis regresó.

– Le he estado explicando lo gay que es -informó Ángel mientras untaba mantequilla en una rebanada de pan. Un trozo de mantequilla le cayó en la camiseta. Lo recogió cuidadosamente con un dedo y se lo lamió. El rostro de Louis permaneció impasible, sólo entornó un poco los ojos para expresar la profundidad de sus emociones.

– Ajá -dijo-. No creo que seas la persona más indicada para encabezar la campaña de reclutamiento.

Mientras comíamos hablamos de Merrick y de lo que había averiguado por mediación de Aimee Price. Ese mismo día había telefoneado unas horas antes a Matt Mayberry, un agente inmobiliario de Massachusetts conocido mío con actividades en toda Nueva Inglaterra, para preguntarle si había alguna manera de obtener información acerca de las propiedades en Portland e inmediaciones con las que Eldritch y Asociados hubiesen tenido alguna relación en los últimos años. Era un palo de ciego. Había pasado la mayor parte de la tarde llamando a hoteles y moteles, pero en ningún caso había obtenido resultados al pedir que me pusieran con la habitación de Frank Merrick. Aun así, sería útil saber dónde era más probable que se dejase caer Merrick una vez puesto en libertad.