– Tal vez Merrick esperaba averiguar algo por mediación de Kellog que lo llevara hasta su hija -observó Rachel.
– Es probable, pero el caso es que no se despegó del chico durante años, y lo protegió. No le habría llevado mucho tiempo averiguar lo que sabía Kellog, pero no se desentendió de él. Se quedó a su lado. Cuidó de él lo mejor que pudo.
– ¿No pudo proteger a su hija, y en lugar de eso protegió a Kellog?
– Es un hombre complejo.
– Hablas casi como si lo respetaras -dijo Rachel.
Moví la cabeza en un gesto de negación.
– Lo compadezco. Creo que incluso lo comprendo hasta cierto punto. Pero no lo respeto, no como tú das a entender.
– ¿Puede entenderse de otra manera?
No quise responder. Al fin y al cabo, eso nos conduciría nuevamente a una de las razones por las que Rachel y yo nos habíamos separado.
– ¿No contestas? -insistió, y supe que ella ya había adivinado lo que yo iba a decir. Quería oírlo, como para confirmar una circunstancia triste pero necesaria.
– Tiene las manos muy manchadas de sangre -dije-. No perdona.
Habría podido hablar de mí mismo, y una vez más tomé conciencia de lo mucho que me parecía a Merrick en otro tiempo, y quizá me pareciera aún. Era como si me hubiesen brindado la oportunidad de ver una versión de mí mismo al cabo de unas décadas, más viejo y más solitario, intentando enmendar un agravio por la fuerza e infligiendo daño a otros.
– Y ahora lo has disgustado. Has metido a la policía. Te has interpuesto en su empeño por descubrir la verdad sobre la desaparición de su hija. Lo respetas tal como respetarías a un animal, porque hacer otra cosa sería infravalorarlo. Crees que tendrás que enfrentarte a él otra vez, ¿verdad?
– Sí.
Arrugó la frente y vi dolor en sus ojos.
– Eso nunca cambia, ¿no es así?
No contesté. ¿Qué podía decir?
Rachel no exigió una respuesta. En lugar de eso preguntó:
– ¿Kellog sigue en la cárcel?
– Sí.
– ¿Vas a hablar con él?
– Lo intentaré. He hablado con su abogada. Por lo que he oído, no le va muy bien. En realidad nunca le ha ido bien, pero si sigue mucho tiempo en Supermax, lo suyo no tendrá remedio. Ya estaba trastornado antes de llegar allí. Según parece, ahora está al borde de la locura.
– ¿Es verdad lo que cuentan de esa cárcel?
– Sí, es verdad.
Guardó silencio durante un rato. Caminamos entre las hojas caídas. A veces emitían un sonido semejante al de un padre que intenta acallar el llanto de un hijo, apaciguándolo, consolándolo. Otras veces el sonido era vacío y seco, y en sus crujidos se anunciaba la promesa de que todo pasa.
– ¿Y el psiquiatra, Clay? Según dices, se sospechó que podría haber proporcionado información sobre los niños a los autores de los abusos. ¿Hubo algo que lo implicara directamente en los propios abusos?
– Nada, o nada que yo haya podido encontrar. La opinión de su hija es que no podía vivir con la culpabilidad de no haber sido capaz de impedirlo. Creía que tenía que haberse dado cuenta de lo que ocurría. Los niños ya estaban traumatizados antes de que él empezara a tratarlos, igual que Kellog. Le costaba llegar hasta ellos, pero su hija recuerda que hacía progresos, o eso creía. La abogada de Kellog lo confirmó. Hiciese lo que hiciese Clay, surtía efecto. Hablé también con uno de sus colegas, un médico llamado Christian que dirige una clínica para niños víctimas de abusos. Al parecer, su mayor crítica a Clay es que se empeñaba en detectar abusos. Tenía un objetivo claro, y por culpa de eso se metió en problemas que le impidieron hacer más peritajes para el Estado.
Rachel se detuvo y se arrodilló. Cogió un trébol que todavía conservaba una de sus vellosas y grisáceas flores.
– Se supone que esto deja de florecer en septiembre u octubre -dijo-. Y sin embargo aquí la tienes, todavía en flor. El mundo está cambiando. -Me lo dio-. Te traerá suerte.
Lo sostuve en la palma de la mano y luego lo guardé con cuidado en el bolsillo de plástico de mi cartera.
– La pregunta sigue ahí: si las mismas personas intervinieron en los abusos de distintos niños, ¿cómo los encontraban? -preguntó-. Por lo que me has dicho, elegían a los más vulnerables. ¿Cómo lo sabían?
– Alguien los informaba -contesté-. Alguien les ponía a los niños en bandeja.
– Y si no era Clay, ¿quién era?
– Una comisión seleccionaba a los niños que se enviaban a Clay. Incluía a profesionales de la salud y asistentes sociales. Puestos a elegir, diría que fue uno de ellos. Pero estoy seguro de que la policía ya exploró esa posibilidad. Por fuerza. La gente de Christian también lo hizo. No encontraron nada.
– Pero Clay desapareció. ¿Por qué? ¿Por lo que les pasó a los niños o porque tuvo algo que ver? ¿Porque se sintió responsable o porque fue responsable?
– Eso es ir muy lejos -respondí.
– Es que hay algo que no encaja en la desaparición de Clay. Siempre hay excepciones, pero me cuesta imaginar que un médico en una situación así actuase de esa manera. Era un psiquiatra, un especialista, no un médico normal y corriente. No iba a hundirse, y menos en cuestión de días.
– En ese caso, escapó para que no lo implicaran…
– Eso tampoco lo veo claro -me interrumpió Rachel-. Si estaba implicado, habría tenido la astucia suficiente para cubrir su rastro.
– … o alguien lo «hizo desaparecer», quizás uno o más de los autores de los abusos.
– Para cubrir su propio rastro.
– Pero ¿por qué? -pregunté.
– Chantaje. O tal vez él también tenía esas tendencias.
– ¿Sigues pensando que podría haber participado en los abusos? Sería demasiado arriesgado.
– Demasiado arriesgado -coincidió ella-. Pero no lo descarta como pederasta. Y tampoco excluye el chantaje.
– Aún damos por supuesto que es culpable.
– Son simples especulaciones, nada más -apuntó ella.
Era interesante, pero seguía sin cuadrar. Sencillamente no podía ver qué fallaba en el planteamiento. Volvimos hacia la casa con la luna elevándose ya por encima de nosotros en el cielo vespertino. Me esperaba un largo viaje de regreso en coche, y de pronto me sentí insoportablemente solo. No quería alejarme de esa mujer y la niña que habíamos creado juntos. No quería dejar las cosas así. No podía.
– Rach -dije. Me detuve.
Ella también se detuvo y me miró.
– ¿Qué nos ha pasado?
– Ya hemos hablado de eso.
– ¿Hemos hablado?
– Ya sabes que sí -dijo-. Pensé que podría sobrellevar tu vida y lo que hacías, pero quizá me equivoqué. Algo dentro de mí reaccionó mal, la parte de mí que estaba furiosa y dolida, pero en ti esa parte es tan grande que me asusta. Y…
Esperé.
– Cuando volví a la casa, aquellos días de mayo cuando…, no quiero decir «cuando volvimos a estar juntos», porque no duró tanto como para eso, pero en esa breve etapa de convivencia me di cuenta de lo mucho que yo aborrecía estar allí. No fui consciente hasta que me marché y volví, pero hay algo en esa casa. Me cuesta explicarlo. Creo que nunca lo he intentado, no en voz alta, pero me consta que hay cosas que tú no me has contado. A veces te he oído gritar nombres en sueños. Te he visto pasearte por la casa medio dormido, manteniendo conversaciones con personas que yo no veo pero que sé quiénes son. Te he visto, cuando creías estar solo, responder a algo en las sombras. -Rió sin alegría-. Joder, hasta vi al perro hacer lo mismo. También a él le has metido esas cosas en la cabeza. Yo no creo en fantasmas. Puede que por eso no los vea. Creo que vienen de dentro, no de fuera. Los crea la gente. Todo eso de los espíritus con asuntos pendientes, individuos que se han marchado antes de lo debido y rondan por las casas…, no me creo nada. Son los vivos quienes tienen asuntos pendientes, quienes no pueden dejar el pasado atrás. Tu casa, y es tu casa, está encantada. Sus fantasmas son tus fantasmas. Tú les has dado forma, y también puedes librarte de ellos. Mientras no lo hagas, nadie más podrá formar parte de tu vida, porque los demonios que hay en tu cabeza y los espíritus que hay en tu corazón ahuyentarán a los demás. ¿Lo entiendes? Sé por lo que has pasado durante todos estos años. Esperé a que me lo contaras, pero no pudiste. A veces creo que es porque te daba miedo que, al contármelo, tuvieras que dejarlos ir, y no quieres dejarlos ir. Ellos alimentan la rabia dentro de ti. Por eso miras a ese hombre, Merrick, y te compadeces de él, y más aún: sientes empatía. -Se le demudó el rostro al mismo tiempo que se transformó el tono de su voz, y sus mejillas enrojecieron de ira-. En fin, fíjate bien en él, porque en eso te convertirás si esto no acaba: un recipiente vacío sin más motivación que el odio y la venganza y el amor frustrado. En último extremo, no nos hemos separado sólo porque yo tema por Sam y por mí misma, o por ti y por lo que podría ocurrimos a todos nosotros como consecuencia de tu trabajo. Me asustas tú, el hecho de que parte de ti se sienta atraída hacia la maldad, el dolor y la desdicha, de que tu ira y aflicción siempre necesiten ser alimentadas. Eso nunca acabará. Hablas de Merrick como si fuera un hombre incapaz de perdonar. Tú tampoco puedes perdonar. No puedes perdonarte a ti mismo por no haber estado allí para proteger a tu mujer y tu hija, y no puedes perdonarlas a ellas por haber muerto y haberte dejado. Y quizá pensé que eso podría cambiar, que tenernos a nosotras en tu vida te permitiría sanarte un poco, encontrar cierta paz con nosotras, pero no habrá paz. Tú quieres esa paz, pero no eres capaz de inducirte a aceptarla. Sólo…