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Había empezado a llorar. Me acerqué a ella pero se apartó.

– No -dijo en voz baja-. No, por favor.

Se alejó, y la dejé ir.

17

Eldritch llegó a Maine a primera hora del lunes por la mañana, acompañado de un hombre más joven que tenía el aspecto de enajenamiento y a la vez ligera desesperación propio de un alcohólico que ha olvidado dónde tiene escondida la botella. Eldritch dejó en manos de su colega la presentación de la solicitud ante la juez, y sólo aportó unas cuantas palabras al final; con su tono sensato y sosegado transmitió la impresión de que Merrick era un amante de la paz cuyas acciones, motivadas por saber qué le había ocurrido a su hija perdida, habían sido cruelmente malinterpretadas por un mundo indiferente. Sin embargo, prometió -en nombre de Merrick, ya que éste no habló durante la vista- atenerse a todas las condiciones impuestas por la orden judicial que estaba a punto de dictarse, y solicitó, con el debido respeto, que su cliente fuese puesto en libertad de manera inmediata.

La juez, que se llamaba Nola Hight, no era tonta. A lo largo de sus quince años en el estrado había oído casi todos los pretextos habidos y por haber, y no estaba dispuesta a dar crédito sin más a Eldritch y Merrick.

– Su cliente pasó diez años en la cárcel por intento de asesinato, señor Eldritch -recordó la juez.

– Por agresión con agravantes, su señoría -corrigió el joven ayudante de Eldritch.

La juez Hight lo fulminó con una mirada tan severa que al abogado pareció chamuscársele el pelo.

– Con el debido respeto, su señoría, no sé hasta qué punto eso guarda relación con el asunto expuesto ante este tribunal -intervino Eldritch, procurando aplacar a la juez sólo mediante su tono-. Mi cliente cumplió su condena por ese delito. Ahora es otro hombre, escarmentado por sus experiencias.

La juez Hight lanzó a Eldritch una mirada que habría reducido a carne carbonizada a un hombre con menos temple. Eldritch se limitó a balancearse, como si una suave brisa agitase por un momento su frágil cuerpo.

– Conocerá el escarmiento de la máxima pena prevista por la ley si vuelve a presentarse ante este tribunal por algo relacionado con el asunto que nos incumbe -advirtió la juez-. ¿Está claro, abogado?

– Claro como la luz del día -afirmó Eldritch-. Su señoría es tan razonable como sabia.

La juez Hight dudó si sancionarlo por desacato a causa del sarcasmo, pero desistió.

– Salgan de mi sala ahora mismo -ordenó.

Eran poco más de las diez, todavía temprano. Merrick quedaría en libertad a las once, tan pronto como se cumplimentase el trámite. Cuando le permitieron abandonar la celda de retención del condado de Cumberland, yo lo esperaba y le entregué la orden judicial que le prohibía todo contacto con Rebecca Clay so pena de encarcelamiento y/o multa. La cogió, la leyó con detenimiento y se la guardó en el bolsillo de la chaqueta. Se lo veía desaliñado y exhausto, como cualquiera después de un par de noches en una celda.

– Ha sido una bajeza por tu parte -dijo.

– ¿Te refieres a echarte encima a la policía? Estabas aterrorizando a una mujer. Eso también parece una bajeza. Te conviene reconsiderar tu sistema de valores. No los tienes muy claros.

Puede que me oyera, pero en realidad no prestaba atención. Ni siquiera me miraba. Mantenía la vista fija en algún lugar por encima de mi hombro derecho, para darme a entender que yo ni siquiera era digno de contacto visual.

– Los hombres deberían tratarse como hombres -prosiguió, y su cara enrojeció como si estuviese en ebullición-. Me echaste a los perros cuando yo sólo quería hablar. Tú y esa señoritinga…, no tenéis sentido del honor, ninguno de los dos.

– Te invito a desayunar -propuse-. Quizás así podamos aclarar las cosas.

Merrick rechazó el ofrecimiento con un gesto.

– Guárdate tu desayuno y tu charla. Contigo la hora de hablar ya ha pasado.

– Puede que no me creas, pero en cierto modo te entiendo -dije-.

Quieres averiguar qué fue de tu hija. Sé lo que se siente. Si puedo ayudarte, lo haré, pero la manera de conseguirlo no es asustar a Rebecca Clay. Si vuelves a acercarte a ella, te detendrán y te meterán otra vez entre rejas, con suerte en el centro de retención del condado de Cumberland y, en el peor de los casos, en Warren. Eso implicaría perder un año más de vida, un año más sin avanzar un solo paso en tu empeño por averiguar la verdad sobre la desaparición de tu hija.

Merrick me miró por primera vez desde que empezamos a hablar.

– He acabado con esa Clay -afirmó-, pero no contigo. Te daré un consejo a cambio del que acabas de darme: mantente al margen, y quizá me apiade de ti la próxima vez que se crucen nuestros caminos.

Dicho esto me apartó y se encaminó hacia la estación de autobús. Con los hombros ligeramente encorvados y los vaqueros sucios después de días en la cárcel, parecía más pequeño que antes. Una vez más, me compadecí de él. Pese a todo lo que sabía de él, y todo lo que se sospechaba que había hecho, era un padre que buscaba a su hija perdida. Quizás era lo único que le quedaba, pero yo sabía bien el daño que podía causar esa clase de obsesión. Lo sabía porque yo mismo la había padecido. Puede que Rebecca Clay estuviera a salvo de él, al menos de momento, pero Merrick no cejaría. Seguiría buscando hasta conocer la verdad, o hasta que alguien lo obligara a desistir. En cualquier caso, aquello sólo podía acabar con una muerte.

Telefoneé a Rebecca y le dije que muy posiblemente Merrick no la molestaría más por un tiempo, pero no había garantías.

– Lo entiendo -contestó-. En cualquier caso, ya no quiero hombres frente a mi casa. No puedo vivir así. ¿Les dará las gracias de mi parte y me mandará la factura?

– Una última cosa, señorita Clay -dije-. Si le dieran la opción, ¿querría encontrar a su padre?

Se paró a pensar.

– Esté donde esté, lo eligió él -respondió en voz baja-. Ya se lo he dicho: a veces pienso en Jim Poole. Se fue y ya no volvió. Me gusta creer que no sé si se fue por mí, si se esfumó porque le pedí que buscara a mi padre, o si le pasó algo, algo igual de malo. Pero cuando no puedo dormir, cuando estoy sola en mi habitación a oscuras, tendida en la cama, sé que la culpa fue mía. A la luz del día puedo convencerme de lo contrario, pero sé la verdad. A usted no lo conozco, señor Parker. Le pedí que me ayudara y lo ha hecho, y yo le pagaré por el tiempo y los esfuerzos que me ha dedicado, pero no nos conocemos.