Price se disculpó para ir al lavabo antes de sentarnos a hablar con Kellog. Joe Long y yo nos quedamos solos. Woodbury se mantuvo a distancia, conformándose con mirar el suelo y las paredes.
– Hacía tiempo que no lo veíamos por aquí -dijo Long-. ¿Cuánto ha pasado? ¿Tres años, cuatro?
– Casi parece lamentarlo.
– Sí, casi. -Long se arregló la corbata y se sacudió con cuidado unas hebras que habían tenido la osadía de adherirse a él-. ¿Se ha enterado de cómo acabó el predicador Faulkner? -preguntó-. Según dicen, desapareció sin más.
– Eso cuentan.
Cuando terminó con la corbata, me examinó desde detrás de las gafas, acariciándose el bigote pensativamente.
– Resulta extraño que no volviera a aparecer -prosiguió-. No es fácil que un hombre así se esfume sin más, con tanta gente buscándolo. Uno acaba preguntándose si no será que buscan en la dirección equivocada. Arriba, por así decirlo, en lugar de abajo. En la superficie en lugar de bajo tierra.
– Supongo que nunca lo sabremos -respondí.
– Supongo que no. Y mejor así, probablemente. Por más que el predicador no fuera una gran pérdida, la ley es la ley. Un hombre podría acabar entre rejas por algo así, y no es buen sitio. Si Long esperaba que me derrumbara y confesara, lo defraudé.
– Ya, no lo ha sido para Andy Kellog, por lo que he podido saber -dije-. Parece que tiene problemas de adaptación.
– Andy Kellog tiene muchos problemas. Algunos se los busca él solo.
– Es inevitable rociarlo con gas mostaza en plena noche y atarlo desnudo a una silla, claro. Creo que aquí alguien erró la vocación. Hay que ver, gastamos el dinero del contribuyente mandando a chicos malos en avión a Egipto y Arabia Saudí para reblandecerlos cuando bastaría con meterlos en un autobús y enviarlos aquí.
Por primera vez se percibió un asomo de emoción en el rostro de Long.
– Se usa como forma de contención -explicó-, no de tortura.
Lo dijo en un susurro, casi como si no diera crédito suficiente a sus propias palabras para pronunciarlas en voz alta.
– Es tortura si enloquece a un hombre -afirmé.
Long abrió la boca para decir algo, pero Aimee Price reapareció antes de que pudiera hablar.
– Bueno -dijo ella-. Vayamos a verlo.
Woodbury abrió la puerta frente a nosotros y entramos en una sala dividida en dos por una gruesa mampara de plexiglás. Una serie de compartimentos, cada uno con su propio sistema de megafonía, permitía cierto grado de intimidad a los visitantes, aunque esa mañana era innecesario. Al otro lado del cristal había sólo un preso, con dos celadores de rostro impenetrable detrás de él. Llevaba un mono naranja y las manos y los pies inmovilizados con grilletes, sujetos a la vez al cuello. Era más bajo que yo, y a diferencia de muchos reclusos no parecía haber ganado peso por la dieta y la falta de ejercicio. De hecho, el mono le venía grande, las mangas le colgaban casi hasta los segundos nudillos de las manos. Estaba pálido y tenía el pelo negro y ralo, cortado de manera desigual, con el flequillo en pendiente de izquierda a derecha, y los ojos muy hundidos en el cráneo, oscurecidos por una frente estrecha pero protuberante. A causa de diversas fracturas mal soldadas, la nariz le había quedado torcida. Tenía la boca pequeña y los labios muy finos. Le temblaba la mandíbula sin cesar, como si estuviera al borde del llanto. Cuando vio a Aimee, desplegó una amplia sonrisa. Le faltaba un incisivo. Los otros los tenía grises por el sarro.
Se sentó cuando nos sentamos nosotros y se inclinó ante el micrófono.
– ¿Qué tal, señorita Price? -preguntó.
– Bien, Andy. ¿Y tú?
Asintió repetidamente con la cabeza, pero no dijo nada, como si ella siguiera hablando y él escuchando. De cerca, vi magulladuras debajo del ojo izquierdo y encima del pómulo izquierdo. Tenía una cicatriz en la oreja derecha y en la entrada del canal auditivo se mezclaban la sangre seca y el cerumen.
– Voy tirando -contestó al fin.
– ¿Has tenido algún problema?
– Ajá. He estado tomando la medicación, como usted me pidió, y les digo a los celadores que no me encuentro bien.
– ¿Te hacen caso?
Tragó saliva y pareció a punto de mirar por encima del hombro a los hombres a sus espaldas. Aimee advirtió el ademán y se dirigió a los dos celadores.
– ¿Podrían dejarnos un poco de espacio, por favor? -preguntó.
Los celadores pidieron permiso a Long con la mirada. Éste asintió y se retiraron hasta quedar fuera del alcance de nuestra vista.
– Algunos sí, los buenos -continuó Kellog. Señaló respetuosamente a Long-. El señor jefe, él sí me escucha cuando consigo verlo. Pero los otros van por mí. Procuro no cruzarme en su camino, pero a veces me irritan, ¿sabe? Provocan que me enfade y entonces tengo problemas.
Me lanzó una mirada. Era la tercera o cuarta vez que lo hacía, sin darme apenas tiempo para que yo pudiera sostenérsela, pero asintiendo cada vez para dar a entender que reconocía mi presencia. Una vez concluidos los prolegómenos, Aimee nos presentó.
– Andy, éste es el señor Parker. Es detective privado. Le gustaría hablar contigo de ciertas cosas, si no te importa.
– No me importa en absoluto -contestó Kellog-. Encantado de conocerlo.
Una vez hecha la presentación no tuvo inconveniente en mirarme a los ojos. Había algo de infantil en él. No dudé que podía ser una persona difícil, incluso peligrosa en circunstancias poco propicias, pero costaba comprender cómo alguien podía conocer a Andy Kellog, leer su historial y examinar los informes de los especialistas, y no llegar a la conclusión de que aquél era un joven con graves problemas no creados por él, un individuo que nunca se integraría realmente en ningún sitio, pero que, aun así, no merecía acabar en una celda, o peor todavía, atado desnudo a una silla en una gélida sala porque nadie se había molestado en comprobar si tomaba la medicación adecuada.
Me acerqué más al cristal. Deseaba preguntar a Kellog por Daniel Clay, y por lo que le había ocurrido en el bosque cerca de Bingham, pero sabía que le costaría hablar de eso, y siempre cabía la posibilidad de que se cerrara por completo o perdiera el control, y en tal caso, no tendría ocasión de preguntarle nada más. Decidí empezar por Merrick, y remontarnos luego poco a poco al tema de los abusos.
– He conocido a un amigo tuyo -dije-. Se llama Frank Merrick. ¿Te acuerdas de él?
Kellog asintió con vehemencia. Sonrió, enseñando otra vez sus dientes grises. No los conservaría por mucho tiempo. Tenía las encías violáceas e infectadas.
– Frank me caía bien. Cuidaba de mí. ¿Vendrá a visitarme?
– No lo sé, Andy. Dudo que quiera volver aquí, ¿lo entiendes?
Se le ensombreció el rostro.
– Supongo que tiene usted razón. Cuando yo salga de aquí, tampoco pienso volver, nunca jamás.
Se pellizcó las manos, arrancándose una costra, y la herida empezó a sangrar.
– ¿Cómo cuidaba Frank de ti, Andy?
– Daba miedo. A mí no me asustaba…, bueno, quizás al principio sí, pero después no…, aunque a los demás sí que los asustaba. Se metían conmigo, pero entonces aparecía Frank y paraban. Sabía cómo convencerlos, incluso en Max. -De nuevo se dibujó una amplia sonrisa en sus labios-. A algunos les hizo mucho daño.
– ¿Alguna vez te explicó por qué te cuidaba?
Kellog se mostró confuso.
– ¿Por qué? Porque era mi amigo, por eso. Yo le caía bien. No quería que me pasara nada malo.
Mientras yo lo miraba, la sangre empezó a subirle al rostro, y con una incómoda sensación me acordé de Merrick, como si algún rasgo de él se hubiese trasladado a aquel joven mientras cumplían condena juntos. Vi que cerraba los puños. Unos peculiares chasquidos surgieron de su boca y caí en la cuenta de que estaba sorbiéndose uno de los dientes sueltos de manera que la cavidad se llenaba de saliva y volvía a vaciarse, produciendo un rítmico tictac como el de una bomba de relojería a punto de estallar.