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– No era marica -dijo Kellog levantando un poco la voz-. Si es eso lo que insinúa, le aseguro que no es verdad. No era un sarasa. Yo tampoco. Porque si es eso lo que quiere decir…

Con el rabillo del ojo vi que Long dirigía un gesto a los celadores con la mano derecha, y éstos aparecieron rápidamente detrás de Kellog.

– Tranquilo, Andy -terció Aimee-. Nadie ha insinuado eso ni nada parecido.

Kellog temblaba un poco mientras intentaba contener la ira.

– Bueno, no lo era, y punto. No me tocó jamás. Era mi amigo.

– Lo entiendo, Andy -aseguré-. Perdona. No era mi intención dar a entender otra cosa. Lo que quería preguntarte es si alguna vez, por lo que él decía, pensaste que podíais tener algo en común. ¿Te mencionó alguna vez a su hija?

Kellog empezó a tranquilizarse, pero en su mirada había aflorado un brillo de hostilidad y recelo. Yo sabía que no sería fácil recuperar su confianza.

– Sí, alguna vez.

– Fue después de empezar a cuidar de ti, ¿no?

– Así es.

– Su hija era paciente del doctor Clay, ¿verdad? Igual que tú.

– Sí. Desapareció cuando Frank estaba en la cárcel.

– ¿Te contó Frank alguna vez qué pensaba que podía haberle ocurrido?

Kellog negó con la cabeza.

– No le gustaba hablar de ella. Se ponía triste.

– ¿Te preguntó qué te pasó a ti en el norte?

Kellog tragó saliva con dificultad y desvió la vista. Los chasquidos comenzaron de nuevo, pero esta vez sin ira.

– Sí -contestó en voz baja. Un sí rotundo.

En ese momento aparentó aún menos edad, como si al plantear yo el asunto de los abusos lo hubiera impulsado físicamente de regreso a la infancia. Distendió las facciones y contrajo las pupilas. Todo él pareció encogerse, encorvando los hombros, abriendo las manos en un gesto inconsciente de súplica. El adulto atormentado se desvaneció y dejó allí al fantasma de un niño. No necesitaba preguntarle qué le habían hecho. Se reflejó en su semblante con temblores y muecas y contracciones, la representación mímica del recuerdo de su dolor y su humillación.

– Quería saber qué vi, qué recordaba -explicó casi en un susurro. -¿Y qué le contaste?

– Le conté lo que me hicieron -se limitó a decir-. Me preguntó si les había visto la cara o había oído algún nombre, pero llevaban máscaras y nunca se llamaban por el nombre. -Me miró a la cara-. Parecían pájaros. Todos distintos. Había un águila y un cuervo. Una paloma. Un gallo. -Se estremeció-. Todos distintos -repitió-. Siempre las llevaban puestas y nunca se las quitaban.

– ¿Recuerdas algo del lugar donde ocurrió?

– Estaba a oscuras. Me metían en el maletero de un coche, me ataban los brazos y las piernas, me tapaban la cabeza con una bolsa. Íbamos un rato en coche y luego me sacaban. Cuando me quitaban la bolsa, estaba en una habitación. Había ventanas, pero cubiertas. Había una estufa de propano, y faroles. Yo intentaba cerrar los ojos. Sabía lo que vendría a continuación. Lo sabía porque ya había pasado por ello antes. Era como si fuera a pasarme siempre, y como si nunca fuera a parar.

Parpadeó un par de veces y luego cerró los ojos como si lo reviviera todo.

– Andy -susurré.

Mantuvo los ojos cerrados, pero asintió para indicarme que me había oído.

– ¿Cuántas veces ocurrió?

– Dejé de contar después de la tercera.

– ¿Por qué no se lo dijiste a nadie?

– Me amenazaron con matarme y con coger luego a Michelle y hacérselo a ella. Uno dijo que le daba igual hacérselo a una niña que a un niño, que simplemente era distinto, sólo eso. Yo apreciaba a Michelle. No quería que le pasara nada malo. Como a mí ya me lo habían hecho, sabía qué me esperaba. Aprendí a apartarlo de mi cabeza. Mientras estaba allí pensaba en otras cosas. Imaginaba que estaba en otro sitio, que no era yo. A veces volaba por encima de un bosque y miraba hacia abajo y veía a toda la gente, y encontraba a Michelle y me acercaba a ella y jugábamos al lado del río. Yo podía hacerlo, pero Michelle no habría sido capaz. Habría estado con ellos allí, todo el tiempo.

Me recliné. Se había sacrificado por otra niña. Ya me lo había contado Aimee, pero oírlo de labios del propio Kellog era muy distinto. No se jactaba de su sacrificio, lo había hecho por amor a una niña más pequeña, y le había salido de manera natural. Una vez más tuve la impresión de que Kellog era un niño atrapado en el cuerpo de un hombre, una criatura cuyo desarrollo se había interrumpido casi por completo, detenido por lo que le habían hecho. A mi lado, Aimee guardaba silencio, con los labios tan apretados que habían perdido el color. Ya debía de haberlo oído antes, pensé, pero uno nunca se acostumbra a escuchar cosas así.

– Pero al final lo averiguaron -dije-. La gente se enteró de lo que te estaba pasando.

– Me enfadé. No pude evitarlo. Me llevaron al médico. Me examinó. Intenté impedirlo. No quería que fueran a por Michelle. Entonces el médico me hizo preguntas. Mentí, por Michelle, pero el médico me tendió trampas y me equivoqué en algunas respuestas. Me llevaron al doctor Clay, pero yo ya no quería hablar con él. No quería hablar con nadie, así que callé. Volvieron a llevarme al centro, pero cuando me hice mayor tuvieron que dejarme ir. Frecuenté malas compañías, hice alguna cosa mala y me metieron en el Castillo.

El Castillo era como llamaban al viejo reformatorio de Maine en South Portland, un correccional para jóvenes problemáticos construido a mediados del siglo XIX. Acabaron cerrándolo, pero no fue una gran pérdida. Antes de la construcción de las nuevas instalaciones para jóvenes en South Portland y Charleston, el índice de reincidencia de reclusos jóvenes había sido del cincuenta por ciento. Ahora se había reducido al diez o quince por ciento, en gran medida porque las instituciones se centraban menos en el encarcelamiento y el castigo y más en prestar ayuda a los chicos, algunos hasta de once o doce años, para superar sus problemas. Pero los cambios habían llegado demasiado tarde para Andy. Él era un testimonio andante y parlante de todo lo que podía salir mal en el trato que dispensaba el Estado a los niños problemáticos.

A continuación habló Aimee.

– ¿Puedo enseñarle al señor Parker los dibujos, Andy?

Abrió los ojos. No tenía lágrimas. Dudo mucho que le quedara alguna que derramar.

– Claro.

Aimee abrió su portafolios y extrajo un álbum de cartón. Me lo entregó. Dentro había ocho o nueve dibujos, la mayoría con lápices de colores, un par con acuarelas. Los primeros cuatro o cinco eran muy oscuros, con sombras pintadas de color gris y negro y rojo, y estaban poblados de rudimentarias figuras desnudas con cabeza de ave. Eran los dibujos de los que me había hablado Bill.

Los otros representaban variaciones del mismo paisaje: árboles, tierra yerma, edificios en ruinas. Eran rudimentarios, sin gran talento, pero al mismo tiempo en algunos había puesto sumo cuidado, mientras que otros eran furiosos manchurrones de negro y verde, y aun así reconocibles como versiones del mismo lugar, creadas en arrebatos de ira y dolor. La silueta de un gran campanario de piedra dominaba todos los dibujos. Yo conocía ese paisaje, porque lo había visto representado antes. Era Galaad.

– ¿Por qué has dibujado este lugar, Andy? -pregunté.

– Fue allí donde ocurrió -contestó Kellog-. Allí me llevaron.

– ¿Cómo lo sabes?

– La segunda vez se deslizó la bolsa mientras me llevaban adentro. Yo daba patadas, y casi se me salió de la cabeza. Eso fue lo que vi antes de que volvieran a ponérmela. Vi la iglesia. La pinté para enseñársela a Frank. Después me trasladaron a Max y no me dejaron seguir pintando. Ni siquiera pude llevarme los dibujos. Pedí a la señorita Price que me los guardara.