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No era eso lo que me habían contado en el partido de hockey, pero me constaba que existía cierta tendencia entre los ex reclusos a las interpretaciones sentimentales sobre algunos de aquellos a quienes habían conocido. Además, en un lugar donde la amabilidad brillaba por su ausencia incluso pequeños actos de decencia humana adquirían proporciones monumentales. La verdad, como en todo, residía probablemente en la zona gris entre lo que Bill y Long habían contado. Yo había visto la reacción de Andy Kellog a las preguntas sobre los abusos padecidos. Quizá Merrick consiguió tranquilizarlo a veces, pero no dudaba de que en otras ocasiones fracasó en su intento, y de resultas de ello Andy había padecido.

– En segundo lugar, en cuanto al tatuaje que ha mencionado el chico, es posible que esté buscando a un militar. Suena a alguien que haya estado en el ejército.

– ¿Tiene idea de por dónde podría empezar?

– El detective no soy yo -respondió Long-. Pero si lo fuera, quizá miraría hacia el sur. En Fort Campbell, tal vez. Las tropas aerotransportadas.

Entonces se marchó y su mole se adentró en la prisión propiamente dicha.

– ¿Y eso a qué ha venido? -preguntó Aimee.

No contesté. Fort Campbell, situado justo en la frontera entre Kentucky y Tennessee, albergaba la 101 División Aerotransportada.

Las Águilas Gritadoras.

Nos separamos en el aparcamiento. Di las gracias a Aimee por su ayuda y le pedí que si había algo que yo pudiera hacer por Andy Kellog me lo dijera.

– Ya sabe la respuesta -contestó-. Encuentre a esos hombres, y avíseme cuando lo haga. Recomendaré al peor abogado que conozco.

Intenté esbozar una sonrisa. Se desvaneció entre mi boca y mis ojos. Aimee supo lo que pensaba.

– Frank Merrick -dijo.

– Sí, Merrick.

– Creo que más vale que los encuentre antes que él.

– Podría dejárselos a él sin más -comenté.

– Podría, pero esto no sólo le concierne a él, ni siquiera a Andy. En este caso se tiene que hacer justicia. Alguien debe rendir cuentas en público. Han estado involucrados otros niños. Es necesario encontrar una manera de ayudarlos también a ellos, o ayudar a los adultos en que se han convertido. No podremos hacerlo si Frank Merrick localiza y mata a esos hombres. ¿Conserva mi tarjeta?

La busqué en mi cartera. Allí estaba. La golpeteó con el dedo.

– Si se mete en algún lío, llámeme.

– ¿Y por qué piensa que puedo meterme en un lío?

– Es usted un reincidente, señor Parker -explicó ella mientras subía al coche-. Lo suyo son los líos.

19

Encontré al doctor Robert Christian alterado e incómodo cuando lo visité inesperadamente en su consulta a mi regreso de Warren; aun así, accedió a concederme unos minutos de su tiempo. Al llegar, vi un coche patrulla aparcado enfrente; en el asiento de atrás había un hombre con la cabeza apoyada contra la rejilla que dividía el interior del coche, y por la posición de las manos era obvio que iba esposado. Un policía hablaba con una mujer de más de treinta años que movía sin cesar la cabeza entre los tres puntos de un triángulo formado por el agente, los dos niños sentados en un enorme Nissan 4x4 a su derecha, y el hombre retenido en la parte de atrás del coche patrulla. Agente, niños, hombre. Agente, niños, hombre. Se notaba que había estado llorando. Sus hijos seguían llorando.

– Ha sido un día muy duro -dijo Christian mientras cerraba la puerta de su despacho y se desplomaba en la silla detrás de su mesa-, y todavía no he comido.

– ¿Por culpa de ese tipo de ahí fuera?

– En realidad no puedo hablar de ello -contestó Christian, y de inmediato cedió un poco-. En nuestro trabajo no hay nada fácil, pero entre lo más difícil, y lo que requiere mayor delicadeza, está el momento en que una persona se ve obligada a enfrentarse a las acusaciones que pesan contra ella. Hace un par de días hubo un interrogatorio policial, y hoy la madre y los hijos han llegado aquí para una sesión con nosotros y se han encontrado con el padre, que los esperaba fuera. La gente reacciona cada una de manera distinta a los cargos de abusos: incredulidad, negación, rabia. Pero rara vez tenemos que llamar a la policía. Esto ha sido… un momento especialmente difícil para todos los implicados.

Empezó a reunir papeles de su escritorio, apilándolos y metiéndolos en carpetas.

– Así pues, señor Parker, ¿en qué puedo ayudarlo? Me temo que no dispongo de mucho tiempo. Dentro de dos horas tengo una reunión en Augusta con el senador Harkness para hablar del tema de las condenas preceptivas, y no la he preparado tan bien como habría deseado.

James Harkness, senador del estado, era un halcón de derechas partidario de la mano dura prácticamente en todos los asuntos que pasaban por él. En los últimos tiempos se había sumado a las voces que más habían clamado a favor de las condenas preceptivas de veinte años para los condenados por agresiones sexuales graves a un menor, e incluso para quienes se declaraban culpables previo acuerdo con el fiscal.

– ¿Está usted a favor o en contra?

– Al igual que la mayoría de los fiscales, estoy en contra, pero eso para los caballeros como el buen senador es algo así como oponerse a la Navidad.

– ¿Puedo preguntar por qué?

– Muy sencillo: es una concesión a los votantes que hará más mal que bien. Mire, de cada cien denuncias, más o menos la mitad terminará en el sistema judicial. De esas cincuenta se presentarán cargos en cuarenta casos. De esos cuarenta, treinta y cinco terminarán en un pacto, cinco irán a juicio; y de esos cinco, habrá dos condenas y tres absoluciones. Así pues, de las cien denuncias iniciales podemos registrar quizás a treinta o cuarenta agresores sexuales y seguirles el rastro.

»En el caso de las condenas preceptivas, los supuestos agresores no tendrán incentivos por declararse culpables. Les dará lo mismo arriesgarse a ir a juicio, y en general los fiscales prefieren no ir a juicio o no llegar a los tribunales por denuncias de abusos a menos que el caso sea muy sólido. El problema para nosotros, como ya le dije la otra vez que nos vimos, es que puede ser muy difícil proporcionar la clase de prueba necesaria para garantizar una condena en un juzgado de lo penal. Por tanto, si se introduce la condena preceptiva, existen muchas probabilidades de que escape de las redes del sistema un mayor número de agresores. No podremos incluirlos en nuestros registros, y volverán a hacer lo que venían haciendo hasta que alguien vuelva a arrestarlos. Las condenas preceptivas permiten a los políticos mostrarse inflexibles ante la delincuencia, pero en esencia son contraproducentes. Aunque, para serle sincero, me sería más fácil hacérselo entender a un chimpancé que convencer a Harkness.

– A los chimpancés no les preocupa la reelección -dije.

– Yo con los ojos cerrados votaría antes a un chimpancé que a Harkness. Al menos el chimpancé puede evolucionar en un momento dado. En fin, señor Parker, ¿ha hecho algún progreso?

– Alguno. ¿Qué sabe de Galaad?

– Como supongo que no está poniendo a prueba mis conocimientos acerca de trivialidades bíblicas -contestó-, deduzco que se refiere a la comunidad de Galaad y a «los hijos de Galaad».

Me ofreció un resumen de lo sucedido, no muy distinto de lo que yo ya sabía, aunque, en su opinión, la magnitud de los abusos había sido superior a lo que se sospechó en un principio.

– He conocido a algunas de las víctimas y sé de qué hablo. Creo que la mayoría de la gente en Galaad sabía lo que estaba ocurriéndoles a esos niños, y que participaron más hombres de lo que se dijo inicialmente.

»Las familias se desperdigaron después de encontrarse los cadáveres, y ya no se volvió a saber nada de algunas de ellas. Pero a otras se las relacionó con otros casos. Una de las víctimas, la niña cuya declaración llevó a la condena de Mason Dubus, el hombre a quien se consideraba el maestro de ceremonias de los autores de los abusos, hizo lo posible por seguirles el rastro. Dos están en cárceles de otros estados, y los demás han muerto. Dubus es el único que queda vivo, o el único del que tenemos constancia; incluso si han sobrevivido otros que no conocemos, a estas alturas ya son viejos, hombres y mujeres viejos.