– ¿Está usted seguro de que no se han producido denuncias parecidas desde la desaparición de Clay?
– ¿Quiere decir denuncias de abusos comparables a esas descripciones? Bueno, estoy tan seguro como es posible estarlo, dada la información disponible. Ésa fue una de las razones por las que las sospechas recayeron en Clay, supongo.
– ¿Podrían haber dejado de cometer abusos esos hombres?
– Lo dudo mucho. Quizás algunos fueron a la cárcel por otros delitos, cosa que explicaría la interrupción de esa práctica, pero aparte de eso, no, no creo que hayan dejado de cometer abusos. Esos hombres son pederastas depredadores. Puede que se haya alterado su pauta de comportamiento, pero sus instintos no habrán desaparecido.
– ¿Y por qué podría haberse alterado su pauta de comportamiento?
– Tal vez ocurriera algo, algo que los asustó o los llevó a tomar conciencia de que el riesgo de atraer la atención era muy alto si seguían cometiendo abusos de esa manera.
– La hija de un tal Frank Merrick dibujó a unos hombres con cabeza de pájaro -dije.
– Y la hija de Merrick sigue desaparecida -apuntó Christian, concluyendo por mí lo que tenía en la cabeza-. Conozco el caso.
– La fecha de la desaparición de Clay coincide más o menos con el periodo en que Lucy Merrick fue vista por última vez -expliqué-. Y usted acaba de decirme que, a partir de ese momento, no hubo más denuncias de abusos a menores perpetrados por hombres con máscaras de pájaro.
– Ninguna que yo sepa -confirmó Christian-. Aunque, como le he dicho, no es fácil localizar a las posibles víctimas. Podría ser que tales abusos siguieran produciéndose sin enterarnos nosotros.
Pero cuantas más vueltas le daba, más sentido le veía. Existía una relación entre la desaparición de Clay y la de Lucy Merrick, y también quizás entre la desaparición de ésta y el hecho de que no se denunciasen más abusos a menores cometidos por hombres con máscaras de pájaro después de eso.
– La muerte de un niño, por ejemplo: ¿habría bastado eso para asustarlos, para disuadirlos de seguir con lo que estaban haciendo? -pregunté.
– Si fue un accidente, sí, es posible -respondió Christian.
– ¿Y si no lo fue?
– Entonces nos encontraríamos ante algo muy distinto: no serían abusos a menores, sino el asesinato de un niño.
Nos quedamos los dos en silencio. Christian hizo unas anotaciones en un cuaderno. Vi que empezaba a oscurecer y que el ángulo de la luz a través de las persianas cambiaba al ponerse el sol. Las sombras semejaban barrotes de una cárcel, y volví a acordarme de Andy Kellog.
– ¿Aún vive Dubus en el estado? -quise saber.
– Tiene una casa cerca de Caratunk. Es un sitio muy aislado. Vive prácticamente preso en su propia casa: lleva un dispositivo de localización por vía satélite en el tobillo, lo medican en un intento de reprimir su impulso sexual, y no tiene acceso a Internet ni a la televisión por cable. Incluso se supervisa su correo, y el registro de llamadas de su línea telefónica está sujeto a control como una de las condiciones de su libertad condicional. Pese a su avanzada edad, sigue siendo un riesgo potencial para los niños. Probablemente sabrá usted que cumplió condena por lo ocurrido en Galaad. Después fue encarcelado en tres ocasiones distintas por, y hablo de memoria, dos cargos de agresión sexual, tres de riesgo de lesiones para un menor, posesión de pornografía infantil y una serie de delitos que se reducían todos a lo mismo. La última vez le cayeron veinte años, conmutados a diez con libertad condicional de por vida para asegurar que viviría bajo un estricto control hasta el final de sus días. De vez en cuando, estudiantes de posgrado o profesionales médicos lo entrevistan. Es un sujeto útil. Es inteligente, y tiene la cabeza lúcida para un hombre de más de ochenta años, y no le importa hablar. No cuenta con muchos más entretenimientos para matar el tiempo, supongo.
– Resulta interesante que se haya quedado tan cerca de Galaad. -Caratunk se hallaba a sólo cincuenta kilómetros al sur de Galaad.
– Creo que nunca ha salido del estado desde que se instaló allí -dijo Christian-. Cuando lo entrevisté, describió Galaad como una especie de paraíso perdido. Repitió los argumentos habituales uno por uno: que los niños poseían una conciencia sexual mayor de la que les atribuíamos; que otras sociedades y culturas veían desde una óptica más favorable la unión entre niños y adultos; que las relaciones en Galaad eran afectuosas y recíprocas. Oigo variaciones de esos temas continuamente. Sin embargo, con Dubus tuve la sensación de que eran una cortina de humo. Es consciente de lo que es, y le gusta. Nunca existió la menor esperanza de rehabilitarlo. Ahora sólo intentamos tenerlo bajo control y lo utilizamos para ahondar en la naturaleza de los hombres como él. En ese sentido nos ha sido útil.
– ¿Y los bebés muertos?
– De eso culpó a las mujeres, aunque se negó a dar nombres.
– ¿Usted le creyó? -Ni por un momento. Él era la figura masculina dominante en la comunidad. Si él personalmente no empuñó el arma que acabó con la vida de aquellos niños, dio la orden de matarlos. Pero, como le he dicho, eran otros tiempos, y no es necesario remontarse muy atrás en la historia para encontrar anécdotas semejantes de hijos de relaciones adúlteras o incestuosas que mueren de la manera más oportuna.
»Con todo, Dubus tuvo suerte de escapar con vida cuando la gente de Jackman descubrió lo que ocurría allí. Tal vez sospechaban ya algo, pero cuando se encontraron los cadáveres…, en fin, entonces cambió todo. Se demolieron muchos edificios del asentamiento. Sólo quedaron en pie un par, junto con la estructura de una iglesia a medio construir. Incluso es posible que eso ya no exista. No lo sé. Hace mucho que no voy, al menos desde que estudiaba.
Llamaron a la puerta del despacho. Entró la recepcionista con un fajo de mensajes y una taza de café para Christian.
– ¿Cómo podría hablar con Mason Dubus? -pregunté.
Christian tomó un largo trago de café al tiempo que se levantaba dirigiendo ya su atención a otros asuntos más acuciantes, como los senadores agresivos que daban más valor a los votos que a los resultados.
– Puedo telefonear al agente responsable de su libertad condicional -contestó mientras me acompañaba a la puerta-. No creo que haya ningún problema para organizar una visita.
Cuando salí, había desaparecido la policía. También el Nissan, pero lo vi minutos después, cuando regresaba a Scarborough, aparcado frente a una panadería. Por la ventanilla me pareció ver a los niños comer pasteles de colores rosa y amarillo que sacaban de una caja. La mujer, de espaldas a mí, tenía los hombros encorvados, y pensé que quizá lloraba.
Todavía me quedaba una visita por hacer ese día. Había estado pensando en el tatuaje mencionado por Andy Kellog y en la hipótesis de Joe Long: que podía ser indicio de que el individuo había pasado por el ejército, quizá por una división aerotransportada. Sabía por experiencia que era difícil seguir el rastro a esa clase de información. La mayor parte de los expedientes relacionados con las hojas de servicio se guardaban en el Registro Central de Historiales de Saint Louis, Missouri, pero aunque pudiera acceder a esa base de datos, lo que ya de por sí era difícil, no me serviría de nada sin una pista sobre la posible identidad del hombre en cuestión. Con una sospecha concreta, habría podido encontrar a alguien que sacara el expediente 201, pero eso implicaba pedir favores desde fuera, y aún no estaba listo para ello. La Administración de Veteranos también daba información con cuentagotas, y eran pocos los que se arriesgarían a perder una plaza de funcionario con pensión pasando expedientes bajo mano a un investigador.
Ronald Straydeer era un indio penobscot de Oldtown que había servido en el cuerpo K-9 durante la guerra de Vietnam. Vivía cerca de Scarborough Downs, junto a una caravana en forma de proyectil que en su día había ocupado Billy Purdue y en la actualidad hacía las veces de centro de reinserción social para balas perdidas, tarambanas y antiguos compañeros de armas que encontraban el camino hasta la puerta de Ronald. Lo habían licenciado del servicio por invalidez tras resultar herido en el pecho y el brazo izquierdo cuando estalló un neumático justo el día que se marchaba de Vietnam. Nunca supe qué le dolió más: si las heridas recibidas o el hecho de verse obligado a dejar allí a su pastor alemán, Elsa, como «excedente militar». Estaba convencido de que los vietnamitas se habían comido a Elsa. Sospecho que los odiaba más por eso que por haberle disparado una y otra vez cuando llevaba el uniforme.