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Sabía que Ronald tenía un contacto, un oficial del Servicio Nacional llamado Tom Hyland, que trabajaba con los Veteranos Incapacitados de América, y que había ayudado a Ronald a solicitar una pensión a través de la Administración de Veteranos. Hyland había actuado por poderes en nombre de Ronald cuando éste intentaba abrirse paso por los vericuetos del sistema, y Ronald siempre hablaba de él en los términos más elogiosos. Yo lo había visto una vez, cuando Ronald y él se ponían al día sobre sus respectivas vidas ante una sopa de pescado en el Lobster Shack, junto al parque estatal Two Lights. Ronald me lo había presentado como «hombre honorable», el mayor elogio que yo le había oído conceder a otro ser humano.

En cuanto oficial del Servicio Nacional, Hyland tenía acceso a la hoja de servicios de cualquier veterano que alguna vez hubiese solicitado una pensión por medio de la Administración de Veteranos, incluidos aquellos que hubieran servido en una unidad aerotransportada y tuviesen domicilio en el estado de Maine bien en el momento de alistarse o al reclamar la pensión. A su vez, los Veteranos Incapacitados de América colaboraban con otras organizaciones como los Veteranos del Vietnam de América, la Legión Americana y los Veteranos de Guerras en el Extranjero. Si podía convencer a Ronald para que sondeara a Hyland, y Hyland, a su vez, estaba dispuesto a hacerme un favor, quizá consiguiera una lista de posibles candidatos.

Era casi de noche cuando llegué a la casa de Ronald, me encontré la puerta abierta. Ronald estaba sentado en el salón ante el televisor, rodeado de latas de cerveza, algunas llenas pero en su mayor parte vacías. El televisor reproducía un DVD de un concierto de Hendrix, a muy bajo volumen. El sofá situado frente a él lo ocupaba un hombre en apariencia más joven que Ronald pero infinitamente más desgastado. Para su edad, Ronald Straydeer se conservaba bien, con sólo un asomo de gris en el pelo oscuro y corto, y un cuerpo que aún no delataba los efectos de la avanzada mediana edad gracias al duro ejercicio físico. Era corpulento, pero más grande aún era su amigo, un hombre con barba de tres días y el pelo cayéndole en bucles amarillos y castaños. Además, llevaba un colocón de cuidado. A mí sólo con el olor a hierba que flotaba en el aire ya me daba vueltas la cabeza. Ronald parecía un poco más entero, pero era sólo cuestión de tiempo que sucumbiese a aquellos vapores.

– Hombre -dijo su compinche-, menos mal que no eres poli.

– Sería de ayuda echar el cerrojo -comenté-, o al menos cerrar la puerta. Así les resulta más difícil entrar.

El amigo de Ronald asintió sabiamente.

– Gran verdad -coincidió-. Graaan verdad.

– Éste es mi amigo Stewart -dijo Ronald-. Fui compañero de su padre en el ejército. Stewart aquí presente luchó en la primera del Golfo. Hablábamos de los viejos tiempos.

– Una pasada -dijo Stewart. Entonces levantó su cerveza-. Por los viejos tiempos.

Ronald me ofreció una cerveza, pero no la acepté. Abrió otra Silver Bullet y casi la apuró antes de apartársela de los labios.

– ¿Qué puedo hacer por ti? -preguntó.

– Busco a alguien -contesté-. Es posible que haya estado en el ejército. Lleva un tatuaje de un águila en el brazo derecho y tiene afición por los niños. He pensado que si a ti no te suena de nada, quizá podrías preguntar por ahí o ponerte en contacto con ese amigo tuyo del Servicio Nacional, Hyland. El individuo del que te hablo es un mal bicho, Ronald. Si no, no te lo pediría.

Ronald reflexionó por un momento. Stewart entornó los ojos en un esfuerzo por concentrarse en la conversación.

– Un hombre al que le gustan los niños no andaría pregonándolo por ahí -comentó Ronald-. No recuerdo haber oído hablar de nadie con esas tendencias. El tatuaje del águila reduce un tanto las posibilidades. ¿Cómo sabes que lo tiene?

– Un niño se lo vio en el brazo. El hombre iba enmascarado. El tatuaje es la única pista que tengo de su identidad.

– ¿Ese niño llegó a ver los años?

– ¿Los años?

– Los años de servicio. Si prestó servicio, aunque sólo fuese limpiando letrinas, sin duda añadió los años.

No recordaba que Andy Kellog hubiese mencionado números tatuados debajo del águila. Pensé en pedirle a Aimee Price que se lo consultara.

– ¿Y si no hay años?

– Entonces probablemente no prestó servicio -se limitó a decir Ronald-, y el tatuaje es puro alarde.

– De todos modos, ¿lo preguntarás por ahí?

– Lo haré. Tal vez Tom sepa algo. Es una persona muy seria, pero ya sabes, si hay niños por medio…

Entretanto, Stewart se había levantado e inspeccionaba los estantes de Ronald balanceándose, con un porro recién encendido entre los labios, al son casi inaudible de la música de Hendrix. Encontró una fotografía y se volvió hacia Ronald. Era una instantánea de Ronald de uniforme, en cuclillas al lado de Elsa.

– Eh, Ron, tío, ¿ésta era tu perra? -preguntó Stewart.

Ronald ni siquiera tuvo que darse la vuelta para saber a qué se refería.

– Sí -contestó-. Ésa es Elsa.

– Una perra preciosa. Es una lástima lo que le pasó. -Agitó la fotografía en dirección a mí-. Se le comieron la perra, ¿lo sabías? Se le comieron nada menos que la perra.

– Lo sé -respondí.

– En serio, ¿qué clase de chusma va y se come al perro de un hombre? -Una lágrima asomó en uno de sus ojos y rodó por la mejilla-. Todo junto es una puta vergüenza.

Y lo era.

20

Merrick había declarado a la policía que dormía en su coche casi todas las noches, pero no le creyeron, y yo tampoco. Por eso encargué a Ángel que lo siguiera al salir de la cárcel. Según Ángel, Merrick se había subido a un taxi en la parada de la estación de autobuses; luego había tomado una habitación en un motel al lado de las galerías comerciales Maine y corrido las cortinas, aparentemente para dormir. Sin embargo, no había ni rastro del coche rojo en el motel, y cuando, pasadas seis horas, Merrick seguía sin dar señales de vida, Ángel decidió averiguar qué ocurría. Compró una pizza, la llevó al motel y llamó a la puerta de la habitación de Merrick. Al no recibir respuesta entró por la fuerza y descubrió que Merrick se había ido. En el motel también había un coche patrulla, enviado probablemente por la misma razón que Ángel, pero el agente no había tenido más suerte que él.

– Sabía que era muy posible que lo siguieran -dijo Ángel. Louis y él estaban sentados en mi cocina, y Walter, que había vuelto una vez más de casa de los Johnson, olfateaba los pies de Ángel y le mordisqueaba las puntas de los cordones-. Debía de haber tres o cuatro maneras distintas de salir de allí. Por eso mismo lo eligió.

Aquello no me sorprendió demasiado. Dondequiera que se hubiese escondido Merrick antes de su detención, no era un motel al lado de un centro comercial. Telefoneé a Matt Mayberry para averiguar si había encontrado algo útil.

– He estado muy ocupado, de lo contrario te habría llamado yo mismo -se disculpó Matt cuando por fin conseguí acceder a él. Me explicó que al principio se había concentrado en los asesores tributarios de la ciudad de Portland y alrededores, y que luego había ampliado la búsqueda a cien kilómetros a la redonda-. De momento he encontrado dos propiedades. Una en Saco, pero sigue inmovilizada a causa de un litigio después de casi cuatro años. Por lo visto, el ayuntamiento hizo público un aviso de venta inminente por embargo de las propiedades de un hombre de mediana edad mientras éste estaba en tratamiento por cáncer; luego, sin previo aviso, llevó a cabo la subasta, supuestamente antes de tiempo. Pero no te pierdas el detalle: cuando él se negó a abandonar su casa al ser dado de baja del hospital, le mandaron una unidad del grupo de operaciones especiales para sacarlo de allí a la fuerza. ¡El pobre hombre ni siquiera tenía pelo! ¿Qué demonios os pasa en Maine? Ahora mismo el asunto va camino del Tribunal Supremo, pero avanza al paso de un tortuga artrítica. Tengo copias de la documentación previa al proceso, pero no te serán de gran ayuda.