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– No hay alarma -dijo-, o al menos yo no la he visto.

Era lógico. Quienquiera que utilizase aquella casa, ya fuese Merrick o la persona que lo financiaba, no desearía proporcionar a la policía una excusa para dejarse caer por allí cuando estuviese vacía. Además, el número de robos en la zona seguramente podía contarse con los pulgares de una mano.

Nos aproximamos más a la casa. Vi que el tejado de pizarra había sido reparado en fecha reciente, quizás en los últimos dos años, pero la pintura exterior estaba resquebrajada y dañada aquí y allá. La maleza había invadido buena parte del jardín, pero no hacía mucho que se había cubierto de grava el camino de acceso, y disponía de un espacio sin hierba para estacionar uno o dos coches. El garaje, a un lado de la casa, tenía una cerradura nueva en la puerta. El edificio no había sido repintado, pero tampoco parecía necesitar urgentemente alguna reparación. En otras palabras, habían hecho todo lo que se requería para mantener la propiedad habitable, pero no más. Nada llamaba la atención, nada atraía segundas miradas. Era anodina como sólo puede serlo algo que se pretende que pase inadvertido.

Examinamos la casa una vez más, evitando la grava y sin salirnos de la hierba a fin de amortiguar el ruido de nuestras pisadas, pero dentro no se advertía la menor señal de presencia alguna. Ángel tardó unos minutos en abrir la puerta de atrás con ayuda de una ganzúa, lo que nos permitió entrar en una cocina pequeña con estantes y armarios vacíos y un frigorífico cuya única función era añadir en apariencia un reconfortante zumbido a la casa, por lo demás silenciosa. El cubo de la basura reveló los restos de un pollo asado y una botella de agua vacía. A juzgar por el olor, el pollo llevaba allí un tiempo. Había asimismo un paquete arrugado de tabaco American Spirit, la marca de Merrick.

Salimos al pasillo. Ante nosotros vimos la puerta de entrada. A la izquierda había un dormitorio pequeño sin más muebles que un gastado sofá cama y una mesita. El borde de una sábana de color hueso asomaba de las entrañas del sofá, como único destello de claridad en aquella penumbra. Junto al dormitorio se hallaba la principal zona de estar, sin un solo mueble. Estanterías empotradas ocupaban los huecos a ambos lados de la chimenea apagada, pero el único libro presente era una raída Biblia encuadernada en piel. La cogí y la hojeé; que yo viera, no contenía marcas ni anotaciones, ni nombre en el frontispicio indicando la identidad del dueño.

Ángel y Louis habían pasado a las habitaciones de la derecha: un cuarto de baño, que en otro tiempo quizá cumplió la función de segundo dormitorio, ahora también vacío excepto por los caparazones de insectos atrapados en los restos de las telarañas del verano anterior igual que los adornos de un árbol de Navidad que no se retiran pasada la fecha; y un comedor identificable como tal por las marcas de una mesa y unas sillas en el polvo, único indicio de su antiguo cometido, como si los muebles hubiesen desaparecido sin intervención humana, esfumándose en el aire como el humo.

– Mirad -dijo Ángel desde el pasillo.

Enfocaba con la linterna una trampilla en el suelo cerca de una pared lateral de la casa. Un cerrojo impedía el paso, pero no por mucho tiempo. Ángel se ocupó de la cerradura y luego levantó la trampilla mediante una argolla de latón engastada en la madera. Apareció un tramo de escalera que se perdía de vista en la oscuridad. Ángel, aún agachado, me miró como si yo fuera el culpable.

– ¿Por qué tiene que estar todo bajo tierra? -susurró.

– ¿Por qué hablas en susurros? -contesté.

– Mierda -dijo Ángel en voz alta-. Nada me saca más de quicio que hablar así.

Louis y yo nos arrodillamos a su lado.

– ¿Hueles eso? -preguntó Louis.

Olfateé. Abajo el aire tenía un olor parecido al de los restos del pollo en el cubo de la basura, pero era un tufillo muy ligero, como si algo se hubiese descompuesto allí y lo hubiesen sacado hacía mucho tiempo, y sólo quedara el recuerdo de su podredumbre atrapado en la quietud.

Bajé yo primero, seguido de Ángel. Louis se quedó arriba por si alguien se acercaba a la casa. A primera vista, el sótano parecía aún más vacío que el resto de las habitaciones. No había herramientas en las paredes, ni bancos donde trabajar, ni cajas almacenadas, ni reliquias desechadas de antiguas vidas descansando olvidadas bajo la casa. En lugar de eso contenía sólo una escoba, apoyada contra una pared, y un hoyo en el suelo de tierra ante nosotros, quizá de un metro y medio de diámetro y uno ochenta de profundidad. Tenía los lados revestidos de ladrillo y el fondo cubierto de esquirlas de pizarra rota.

– Parece un antiguo pozo -comentó Ángel.

– ¿Quién va a construir una casa encima de un pozo?

Husmeó el aire.

– El olor viene de ahí abajo. Podría haber algo enterrado debajo de las piedras.

Cogí la escoba y se la di. Se agachó y hurgó entre los fragmentos de pizarra, pero saltaba a la vista que tenían sólo unos centímetros de profundidad. Debajo había hormigón macizo.

– Mmm -dijo-. ¡Qué raro!

Pero yo ya no escuchaba, porque había descubierto que el sótano no estaba tan vacío como parecía en un principio. Detrás de la escalera, en un rincón, casi invisible entre las sombras, vi un enorme armario de roble, de madera vieja y muy oscura, casi negra. Lo iluminé con la linterna y advertí la recargada ornamentación, un relieve en filigrana de hojas y enredaderas, hasta el punto de que, más que un mueble labrado por un hombre, parecía parte de la propia naturaleza, petrificada en su actual forma. Los tiradores de las puertas eran de cristal tallado y en el ojo de la cerradura brillaba una pequeña llave de latón. Enfoqué con el haz de luz las paredes del sótano, intentando entender cómo habían conseguido bajar el armario hasta allí. La trampilla y la escalera eran demasiado estrechas. En algún momento del pasado tal vez hubo puertas de acceso al sótano desde el jardín, pero no alcanzaba a imaginar dónde podían haber estado. Eso creaba la inquietante sensación de que, por algún motivo, el sótano se había construido en torno a aquel viejo mueble de roble oscuro, sin más finalidad que proporcionarle un lugar sombrío y silencioso donde descansar.

Alargué la mano hacia la llave. Pareció vibrar ligeramente entre mis dedos. Apoyé la mano en la madera. También temblaba. El movimiento parecía provenir no sólo del propio armario sino también del suelo bajo mis pies, como si debajo de la casa, a gran profundidad, una máquina enorme rechinara y palpitara con un fin desconocido.

– ¿Sientes eso? -pregunté, pero Ángel estaba cerca y a la vez era una mota a lo lejos, como si el espacio y el tiempo se hubieran distorsionado momentáneamente. Lo vi examinar el hoyo en el suelo del sótano, tanteando todavía los fragmentos de pizarra en busca de alguna pista sobre el origen de aquel olor, pero cuando hablé pareció no oírme e incluso a mí me sonó débil mi voz. Hice girar la llave. Se oyó un sonoro chasquido en la cerradura, demasiado sonoro para un mecanismo tan pequeño. Agarré un pomo con cada mano y tiré: las puertas se abrieron en silencio y sin oponer resistencia hasta revelar el contenido.

Algo se movió dentro. Asustado, retrocedí de un salto y casi tropecé. Levanté la pistola, sosteniendo la linterna en alto y apartada del arma, y por un momento el reflejo de la luz me cegó.

Tenía ante mí mi propia imagen, deformada y ennegrecida. Un pequeño espejo dorado colgaba en el fondo del armario. Debajo había compartimentos para zapatos y ropa interior, todos integrados en el armazón del armario y todos vacíos, y separaba las dos secciones una tabla de madera horizontal, que quedaba casi oculta por un conjunto de objetos en apariencia inconexos: unos pendientes de plata, con piedras rojas engastadas; una alianza nupcial de oro, con una fecha grabada en el interior («18 de mayo de 1969»); un coche de juguete, estropeado, probablemente de los años cincuenta, con la pintura roja casi totalmente desprendida del todo; un desvaído retrato de una mujer en un guardapelo de poca monta; un pequeño trofeo de un campeonato de bolos sin fecha ni el nombre del ganador; un libro de poemas infantiles encuadernado en tela y abierto por la portadilla, en la que se leía «Para Emily, con cariño de mamá y papá, Navidad de 1955», escrito con una letra tosca y entrecortada; una aguja de corbata; un viejo single de Carl Perkins, con su autógrafo en el propio disco; un collar de oro, con la cadena rota como si se lo hubieran arrancado de un tirón a quien lo llevara puesto, y una cartera, vacía salvo por una fotografía de una joven luciendo el birrete y la toga de recién graduada.