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Pero estos objetos, pese a que todo en ellos inducía a pensar que en algún momento sus dueños los habían guardado como tesoros, eran simples distracciones. Fue el espejo lo que en realidad atrajo mi atención. La superficie reflectante estaba muy dañada, por efecto del fuego o de alguna otra fuente de calor intenso, hasta el punto de que en el centro asomaba el dorso de madera. El cristal se había combado, y en los bordes presentaba manchas parduzcas y negras, aunque no se había resquebrajado y la madera, detrás, no estaba chamuscada. El calor aplicado para causar semejantes daños era tal que el espejo simplemente se había fundido, y sin embargo el tablero que había de fondo había quedado indemne.

Tendí la mano para tocarlo, pero me detuve. Yo había visto antes ese espejo, y de pronto supe quién manipulaba a Frank Merrick. Se me encogió el estómago y me sobrevino una náusea repentina. Puede que incluso hablase, pero las palabras no debieron de tener sentido. Una sucesión de imágenes desfiló atropelladamente por mi cabeza, recuerdos de una casa.

«Esto no es una casa. Esto es un hogar.»

Símbolos en una pared de una vivienda abandonada mucho tiempo atrás, revelados sólo cuando el papel empezó a desprenderse y a colgar en el pasillo como grandes lenguas. Un hombre con un abrigo raído, el pantalón manchado y la suela de uno de los zapatos casi suelta, exigiendo el pago de una deuda contraída por otra persona a quien se creía muerta desde hacía mucho tiempo.

«Éste es un mundo viejo y perverso.»

Y un espejo pequeño y dorado, sostenido por aquel hombre con los dedos amarillentos a causa de la nicotina, y en él la imagen reflejada de una figura gritando, que habría podido ser yo o habría podido ser otro.

«Estaba condenado, y su alma se ha perdido…»

Ángel apareció a mi lado, mirando los objetos del armario con cara de incomprensión.

– ¿Qué es? -preguntó.

– Una colección -contesté.

Se acercó e hizo ademán de coger el coche de juguete. Levanté la mano.

– No lo toques. No toques nada. Tenemos que salir de aquí. Ahora mismo.

Y entonces vio el espejo. -¿Qué le pasó a…?

– Es de la casa Grady -dije.

Retrocedió espantado, y luego miró por encima del hombro esperando ver salir de pronto de su escondrijo al hombre que había llevado allí el espejo, como una de las arañas que hibernaban en las habitaciones de arriba alertada por la llegada de los primeros insectos de primavera.

– No es posible que hables en serio, joder -protestó Ángel-. ¿Por qué contigo nunca hay nada normal?

Cerré las puertas del armario, sintiendo aún la vibración de la llave en la cerradura cuando la hice girar, y confiné de nuevo la colección. Salimos del sótano, corrimos el pasador y volvimos a colocar el candado. Acto seguido nos marchamos de aquel lugar. No dejamos ninguna señal de nuestra intrusión, y mientras Ángel cerraba la puerta de atrás, la casa pareció quedar tal como estaba cuando llegamos.

Pero tuve la sensación de que todo era en vano.

Él sabría que habíamos estado allí.

El Coleccionista lo sabría y vendría.

21

En el camino de regreso a Scarborough apenas hablamos. Tanto Ángel como Louis habían estado en la casa Grady. Sabían lo que había sucedido allí, y sabían cuál había sido su final.

John Grady era un asesino de niños, y su casa, en Maine, había quedado vacía durante muchos años después de muerto. Ahora que lo pienso, quizá «vacía» no fuera la palabra correcta. «Latente» habría sido más apropiada, pues algo había permanecido en la casa Grady, algún vestigio del individuo que le había dado su nombre. Al menos eso me pareció a mí, aunque bien podrían haber sido fácilmente sombras y vapores, los miasmas de su historia, y la evocación de las vidas perdidas allí mezclándose para crear fantasmas en mi cerebro.

Pero yo no era el único que sospechaba que algo se había refugiado en la casa Grady. También se presentó allí el Coleccionista, un hombre harapiento con las uñas amarillentas, que pidió permiso para llevarse sólo un recuerdo de la casa: un espejo, y nada más. Aparentemente no quería, o no podía, entrar él mismo en la casa, y yo creía que al menos un hombre, un matón de medio pelo llamado Chris Tierney, había muerto a manos del Coleccionista por osar interponerse en el camino de ese extraño y siniestro individuo. Pero no era yo quien podía dar el permiso que solicitaba el Coleccionista, y cuando vio que no recibiría lo que quería, se lo llevó de todos modos tras dejarme ensangrentado en el suelo.

Y lo último que vi mientras yacía allí, con el cráneo ardiendo de dolor por la fuerza del golpe del Coleccionista, fue la imagen de John Grady atrapada detrás del cristal del espejo que se llevaba el Coleccionista, lanzando gritos de impotencia mientras por fin la justicia iba por él.

Ahora, ese mismo espejo, chamuscado y deformado, descansaba bajo una casa abandonada, reflejando un conjunto de objetos inconexos, prendas de otras vidas, de la justicia administrada por aquel personaje demacrado. En otro tiempo había firmado al menos una vez con el nombre de «Kushiel»: una muestra de humor negro, ya que éste era el nombre del carcelero del infierno, pero igualmente una insinuación sobre su naturaleza, o lo que él consideraba su naturaleza. Yo tenía la certeza de que cada uno de los objetos en ese viejo armario representaba una vida arrebatada, una deuda pagada de un modo u otro. Recordé el hedor que flotaba sobre el hoyo del sótano. Debía hacer la llamada, pensé. Debía mandar allí a la policía. Pero ¿qué podía decir? ¿Que había percibido el olor de la sangre y sin embargo no se veía sangre? ¿Que había un armario lleno de chatarra en el sótano, sin nada más que un nombre de pila aquí, una fecha allá, que permitiera relacionar cada objeto con su dueño original?

«¿Y usted qué hacía en el sótano, caballero? Ya sabe que el allanamiento de morada es delito, ¿no?»

Y había que tener en cuenta otra cosa. En el pasado me había cruzado con individuos tan peligrosos como el Coleccionista. Su naturaleza, que sólo en parte podía empezar a explicarme o a entender, estaba corrompida y eran capaces de una gran maldad. Pero el Coleccionista era distinto. Su motivación no era el deseo de infligir dolor. Al parecer ocupaba un espacio más allá de la moralidad convencional, comprometido en una labor en la que no había tiempo para conceptos como procedimiento adecuado o ley o misericordia. En su mente, aquellos a quienes buscaba ya habían sido juzgados. Se limitaba a ejecutar la sentencia. Era como un cirujano que extirpaba excrecencias cancerosas del organismo, extrayéndolas con precisión y arrojando las partes enfermas al fuego.

Ahora manipulaba a Merrick, utilizándolo para atraer de entre las sombras a individuos desconocidos de modo que se revelaran ante él. Merrick había estado en la casa, aunque sólo por un tiempo: el paquete de tabaco desechado y el pollo podrido lo indicaban. El Coleccionista también fumaba, pero sus gustos eran un poco más exóticos que American Spirit. Por mediación de Eldritch había proporcionado a Merrick un coche, también fondos, quizás, y un lugar donde alojarse, una base desde la que actuar pero seguramente con una orden adjunta estipulando que no debía entrar en ninguna parte cerrada de la casa. Incluso si Merrick hubiese desobedecido y bajado al sótano, ¿habrían significado algo para él aquellos objetos? Le habrían parecido sólo un revoltijo, una extravagante amalgama de cosas dispares contenidas en un armario antiguo que vibraba al tacto, escondido en un rincón de un sótano con un ligero tufo a viejo y podrido.