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La presión en la frente cesó cuando Merrick apartó el cañón. Cuando volví a abrir los ojos, me entraron en ellos gotas de sudor. De algún modo encontré en la boca humedad suficiente para permitirme hablar una vez más.

– ¿Cómo has entrado aquí? -pregunté.

– Por la puerta, como cualquier persona normal.

– La casa tiene alarma.

– ¿Ah, sí? -Parecía sorprendido-. Entonces te conviene hacerla revisar, supongo.

Metió la mano izquierda en la cartera a sus pies. Sacó otras esposas y me las lanzó. Me cayeron en el pecho.

– Ponte una de estas pulseras en la muñeca izquierda, luego levanta la mano y apóyala en el pilar de la cama del otro lado. Hazlo despacio, ahora. Como te has despertado tan de repente, no he tenido tiempo de probar el tirón del gatillo de esta preciosidad, y no sé exactamente cuánta presión se requiere para disparar. La bala de un arma así causaría verdaderos destrozos, aunque apuntara bien y te matara en el acto. Pero si me irritas…, en fin, a saber qué pasaría. Conocí a un hombre que recibió un balazo de una calibre veintidós en la parte alta del cráneo, justo aquí. -Se señaló el lóbulo frontal por encima del ojo derecho-. He de reconocer que no sé qué efecto causó allí dentro. Supongo que debió de sacudirlo todo un poco. Es lo que tienen esas cabronzuelas. Y sin embargo no lo mató, lo dejó mudo, paralizado. Joder, no podía ni parpadear. Tuvieron que pagar a alguien para echarle gotas en los ojos porque se le secaban.

Me miró por un momento, como si yo ya me hubiera convertid en ese hombre.

– Al final -prosiguió-, regresé y rematé la faena. Me compadecí de él, porque no era justo dejarlo así. Miré aquellos ojos que no parpadeaban, y te juro que algo de lo que había sido aquel hombre seguía allí vivo. Estaba atrapado en ese cuerpo por culpa de lo que yo le había hecho, pero lo liberé. Le di la libertad. Supongo que eso podría considerarse compasión, ¿no? No te prometo que vaya a ser igual de considerado contigo, así que mucho cuidado al ponerte las esposas.

Obedecí, ladeándome con dificultad sobre la cama para poder cerrar la esposa en torno a la muñeca izquierda con la mano derecha inmovilizada. A continuación apoyé la mano izquierda contra el poste del lado opuesto. Merrick rodeó la cama sin dejar de encañonarme y con el dedo en el gatillo. Noté la sábana empapada de sudor bajo la espalda.

– Se te ve asustado, amigo mío -me susurró al oído. Me apartó el pelo de la frente con la mano izquierda-. Estás sudando como un filete en la parrilla.

Volví la cara bruscamente. Con o sin pistola, no quería que me tocara de esa manera. Sonrió y se alejó de mí.

– De momento puedes respirar tranquilo. Contéstame como es debido y quizá vuelvas a ver otra puesta de sol. Yo no hago daño a nadie, tampoco a los animales, a menos que deba hacerlo.

– No me lo creo.

Se puso tenso, como si en algún lugar un titiritero invisible hubiese dado de pronto un tirón a los hilos. Acto seguido apartó las. sábanas y dejó mi cuerpo desnudo ante él.

– Creo que te conviene medir tus palabras -dijo-. No me parece muy inteligente que un hombre con la polla al aire se las dé de listo delante de alguien que puede hacerle daño si quiere.

Por absurdo que pareciera, sin aquella fina tela de algodón encima me sentí más vulnerable que antes. Vulnerable y humillado.

– ¿Qué quieres?

– Hablar.

– Eso habrías podido hacerlo a la luz del día. No tenías por qué entrar en mi casa por la fuerza.

– Eres un hombre excitable. Me preocupaba que tuvieras una reacción desproporcionada. Está, además, el detalle de que la última vez que quedamos me la jugaste y acabé con la rodilla de un policía en la espalda. Podríamos decir que ésa te la debo.

Se pasó ágilmente la pistola a la mano izquierda y al instante se arrodilló sobre mis piernas y me asestó un violento puñetazo en el riñón. Con el cuerpo inmovilizado y rígido, me fue imposible encogerme para absorber el dolor, que recorrió tumultuosamente todo mi organismo, y me provocó un burbujeo de náuseas en la garganta.

Dejé de sentir el peso sobre mis piernas. Merrick alcanzó un vaso de agua de la mesilla, bebió y me echó el resto a la cara.

– Ésta es una lección que no deberías haberme obligado a darte, pero en todo caso no está de más recordártela. Pon furioso a un hombre y, ajá, lo lógico es esperar que se vuelva contra ti, sí, señor, eso es lo lógico.

Volvió a su silla y se sentó. Luego, en un gesto casi tierno, me tapó cuidadosamente con la sábana.

– Yo sólo quería hablar con esa mujer -explicó-. Luego ella te llamó a ti y tú empezaste a entrometerte en cosas que no eran asunto tuyo.

Recuperé la voz. Surgió de mí despacio, como un animal asustado que sale de la madriguera para tantear el aire en busca de amenazas.

– Estaba asustada. Por lo visto tenía buenas razones para estarlo.

– Yo no hago daño a las mujeres. Ya te lo dije.

Lo dejé correr. No quería volver a enfurecerlo.

– Ella no sabía de qué le hablabas. Cree que su padre está muerto.

– Eso dice.

– ¿Crees que miente? -pregunté.

– Sabe más de lo que dice, eso es lo que creo. Tengo un asunto pendiente con el señor Daniel Clay, ajá. No desistiré hasta que lo vea ante mí, vivo o muerto. Quiero resarcirme. Tengo derecho a ello, sí, señor, claro que lo tengo.

Asintió una vez con un gesto amplio, como si acabara de compartir conmigo un pensamiento muy profundo. Incluso su manera de hablar y actuar había cambiado un poco, volviéndose más frecuentes y acusados los «ajá» y los «sí, señor». Eran tics, y en ese momento me di cuenta de que Merrick no sólo estaba escapando al control de Eldritch y el Coleccionista, sino también de sí mismo.

– Están utilizándote -dije-. Otros se aprovechan de tu dolor y tu ira.

– Ya me han utilizado antes. Todo se reduce a entender que es as y a recibir el correspondiente pago por ello.

– ¿Y aquí cuál es el pago? ¿Dinero?

– Información.

Bajó el cañón de la pistola hasta apuntarlo hacia el suelo. Pareció recorrerlo una oleada de cansancio, que rompió en su rostro y alteró sus facciones dejando a su paso recuerdos confusos que se retorcían y enroscaban. Se hundió los dedos en las comisuras de los ojos y luego se los pasó por la cara. Por un momento lo vi viejo y frágil.

– Información acerca de tu hija -dije-. ¿Qué te dio el abogado? ¿Nombres?

– Es posible. Nadie más me ofreció ayuda. A nadie más le importó un carajo mi hija. ¿Te imaginas lo que fue para mí estar encerrado en aquella cárcel sabiendo que algo le había ocurrido a mi niña, sabiendo que no podía hacer nada para encontrarla, para ayudarla? Vino a la cárcel un asistente social y me comunicó que mi hija había desaparecido. Eso ya era malo de por sí, pero cuando me di cuenta de lo que le habían hecho, fue aún peor. Ella había desaparecido, y yo sabía que estaba metida en un grave apuro. ¿Tienes idea de los efectos que eso puede tener en un hombre? Te lo juro, estuve a punto de venirme abajo, pero no me lo permití. Así no le serviría de nada a ella, no, señor, de nada. Por lo tanto, dejé pasar el tiempo y esperé la ocasión. Mantuve la entereza por ella y no me rompí.