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papá, no pasa nada, estoy aquí.

Pero sí pasaba, porque ella se acercaba: la otra, la primera esposa, o algo parecido a ella.

calla.

No. Alejaos de mí. Por favor, por favor, dejadme en paz.

calla.

No.

Y entonces mi hija guardó silencio, y oí la voz de la otra.

calla, porque estamos aquí.

23

Ricky Demarcian era, desde cualquier punto de vista, un perdedor. Vivía en una caravana de doble ancho y, durante los primeros años que pasó allí, se congelaba en invierno y se asaba a fuego lento en verano, cociéndose en sus propios jugos al tiempo que todos los rincones se llenaban de hedor a humedad y mugre y ropa sin lavar. En su día, la caravana era gris, pero los elementos, sumados a la ineptitud de Ricky para pintar, le habían pasado factura comiéndose el color de modo que ahora era de un azul sucio y desvaído, como el de una criatura moribunda en el fondo de un mar contaminado.

La caravana estaba en el extremo norte de un cámping de caravanas llamado Pinar la Tranquilidad, cosa que era publicidad engañosa ya que no había un solo pino a la vista -lo cual, en el majestuoso estado de Maine, no era una hazaña pequeña- y el lugar era casi tan tranquilo como un hormiguero sumergido en cafeína. Se hallaba en una hondonada entre pendientes cubiertas de matorrales, como si el propio cámping estuviera hundiéndose poco a poco en la tierra, arrastrado por el peso de la decepción, la frustración y la envidia, que eran la carga que sobrellevaban sus residentes.

El cámping Pinar la Tranquilidad estaba lleno de fracasados, muchos de ellos, curiosamente, mujeres: brujas malévolas y soeces que aún vestían igual y lucían el mismo aspecto que en los años ochenta, todas con sus vaqueros lavados a la piedra y sus rizos afro, presas fáciles y a la vez cazadoras en los bares de South Portland, Old Orchard y Scarborough, siempre en busca de hombres despreciables con dinero que gastar, o moles musculosas en camiseta de maltratador de esposas cuyo odio a las mujeres daba a sus parejas temporales un respiro a su propio autodesprecio. Algunas tenían hijos, y, entre éstos, los varones iban camino de convertirse en hombres como los que compartían las camas de sus madres, y a quienes despreciaban sin saber lo cerca que estaban de seguir sus pasos. Las niñas, por su parte, intentaban escapar de sus circunstancias familiares y sus aborrecidas madres creando sus propias familias, condenándose así a acabar siendo como esas mujeres a quienes menos deseaban emular.

Entre los residentes del Pinar también había hombres, pero eran en su mayoría tal como Ricky fue en otro tiempo: hombres echados a perder que se lamentaban de sus vidas echadas a perder; algunos vivían de subsidios y otros trabajaban, aunque sus empleos tenían que ver sobre todo con destripar o cortar, y el olor a pescado podrido y a piel de pollo era una especie de identificador universal de los residentes del cámping.

Antes, Ricky vivía de uno de esos empleos. De resultas de algún contratiempo en el útero materno nació con el brazo izquierdo seco e inútil, los dedos incapaces de moverse o sujetar algo, pero él había aprendido a arreglárselas a pesar de ese brazo tullido, básicamente escondiéndolo y olvidándose de él a ratos, hasta que llegaba ese momento a diario en que la vida le lanzaba una pelota con efecto y le recordaba lo fáciles que serían las cosas si dispusiera de las dos manos para atraparla. Esa tara tampoco contribuía a mejorar sus perspectivas de empleo, aunque lo cierto era que, incluso en el supuesto de tener dos brazos utilizables, su falta de educación, ambición, energía, recursos, sociabilidad, honradez, fiabilidad y humanidad en el sentido más amplio, todo ello sin ningún orden en particular, probablemente lo habrían excluido de cualquier empleo que no acarrease, en suma, destripar y cortar. Así que Ricky empezó en el peldaño más bajo del escalafón en una planta de procesado de pollos que suministraba carne a los restaurantes de comida rápida, limpiando con una manguera la sangre, las plumas y los excrementos de pollo de los suelos. Sus días estaban dominados por el cloqueo aterrorizado; por la crueldad superflua de los hombres en la cadena de producción que, para obtener placer, atormentaban a las aves y añadían un sufrimiento innecesario en los momentos finales rompiéndoles alas y patas; por el silbido de la corriente eléctrica cuando los pollos, colgando cabeza abajo de una cinta transportadora, eran sumergidos brevemente en agua electrificada, etapa del proceso que a veces los aturdía pero muy a menudo no, ya que la agitación de las aves graznando y retorciéndose era tal que sus cabezas ni siquiera rozaban el agua, y por tanto seguían conscientes cuando las máquinas multihoja de sacrificio les rajaban la garganta y se sacudían mientras las desplumaban con agua a altas temperaturas, dejando sus cuerpos humeantes listos para trocearse en bocados de carne que, cruda o cocida, no sabía a nada.

Lo curioso era que Ricky continuaba comiendo pollo, incluso pollo salido de la planta donde antes trabajaba. Todo aquello no lo había alterado más de la cuenta: la crueldad, la despreocupación por la seguridad, ni siquiera el hedor, ya que, la verdad sea dicha, era poco probable que Ricky obtuviese algún premio por su higiene personal, y por tanto sólo era cuestión de acostumbrarse a toda una nueva gama de olores. Aun así, Ricky tuvo que admitir que ser fregasuelos en una central avícola no alcanzaba ni de lejos el listón de lo que se consideraba una vida de éxito y realización, y por consiguiente siguió buscando una forma de ganarse la vida menos ignominiosa. La descubrió con los ordenadores, ya que Ricky tenía un talento natural para las máquinas, un talento que si se lo hubieran reconocido y cultivado a una edad más temprana, acaso lo hubiera convertido en un hombre muy rico, o eso le gustaba pensar, sin tener en cuenta los muchos fracasos personales que lo habían llevado a su modesta posición actual en el entorno, sin pinos ni tranquilidad, de su vida en el cámping. Empezó con la adquisición de un viejo Macintosh, y luego progresó gracias a clases nocturnas y libros de informática que robaba en las tiendas, hasta que acabó descargándose de Internet manuales técnicos y devorándolos de una sentada, de tal forma que el desorden que lo rodeaba en su existencia diaria contrastaba con las líneas limpias y los diagramas ordenados que cobraban forma en su mente.

Casi ninguno de sus vecinos lo sabía, pero Ricky Demarcian era probablemente el residente más rico del cámping, hasta el punto de que podría haberse trasladado a un lugar de residencia más agradable sin mayor problema. La relativa riqueza de Ricky se debía en no poca medida a su facilidad para promocionar la clase de actividades para las que Internet parecía hecho a medida, a saber, todo aquello que implicaba la venta de diversos servicios sexuales, y como Pinar la Tranquilidad le había proporcionado casualmente el punto de arranque en el negocio, la gratitud lo había imbuido de un apego al lugar que le impedía marcharse.

Había una mujer, Lila Mae, que recibía en su caravana a hombres por dinero. Se anunciaba en uno de los periódicos gratuitos de la zona, pero la habían detenido y multado repetidas veces a pesar de la astucia con que intentaba despistar a la policía de la Brigada Antivicio, no usando su verdadero nombre ni dando su dirección hasta que el cliente se acercaba a las inmediaciones de su zona de actividad. Su nombre acabó apareciendo en la prensa, y eso para ella fue muy embarazoso, porque en sitios como Pinar la Tranquilidad, quizá más que en un medio de mayor nivel, todo el mundo necesitaba a alguien a quien mirar por encima del hombro, y una puta en una caravana cumplía perfectamente esa función entre los vecinos de Lila Mae.