Выбрать главу

Era una mujer guapa, al menos para lo que corría por el cámping, y no sentía el menor deseo de abandonar su oficio, razonablemente lucrativo, para irse a limpiar en un matadero de pollos con una manguera junto a Ricky Demarcian. Así que Ricky, que estaba al corriente de la situación de Lila Mae, y que era aficionado a navegar por la red en busca de material sexual de diversas tendencias, y que además poseía una envidiable comprensión de los misterios de las páginas web y su diseño, le sugirió a Lila una noche, ante una cerveza, que acaso le interesase un medio alternativo de anunciar su mercancía. Regresaron a la caravana de Ricky, y éste le enseñó a qué se refería exactamente, pero antes Lila Mae abrió todas las ventanas y empapó un pañuelo en perfume para acercárselo discretamente a la nariz. Quedó tan impresionada por lo que vio que accedió de inmediato a que Ricky le diseñara algo parecido, con la vaga promesa de que si él decidía bañarse alguna vez como Dios manda, tal vez considerase ofrecerle un descuento por sus servicios en su siguiente cumpleaños.

Así que Lila Mae fue la primera, pero muy pronto otras mujeres se pusieron en contacto con Ricky a través de ella, y él las colocó a todas en una página web, con detalles de los servicios ofrecidos, el precio, e incluso books de las mujeres en cuestión cuando ellas estaban dispuestas y, más importante aún, eran lo bastante presentables para no ahuyentar a los clientes si se revelaban los misterios de sus formas femeninas. Por desgracia, Ricky tuvo tal éxito que su actividad atrajo la atención de unos cuantos individuos muy descontentas, los cuales descubrieron que su posición de chulos de poca monta se veía socavada por Ricky, ya que mujeres que de lo contrario habrían requerido la protección ofrecida por dichos individuos, actuaban en cambio por cuenta propia.

Durante un tiempo todo inducía a pensar que Ricky se exponía a perder el uso de otras extremidades, pero un día ciertos caballeros originarios de Europa del Este con contactos en Boston acudieron a él y le propusieron un trato. Los caballeros en cuestión sentían cierta curiosidad por el carácter emprendedor de Ricky y las mujeres por cuyos intereses él velaba. Dos de ellos viajaron hasta Maine para hablar con él, y pronto llegaron a un acuerdo que conllevó un cambio en las prácticas comerciales de Ricky y, en recompensa, la seguridad de que conservaría el uso de su único brazo ileso y recibiría protección ante aquellos que, de lo contrario, tal vez le manifestasen su disconformidad por medios físicos. Los caballeros regresaron posteriormente, esa vez con la intención de pedir a Ricky que diseñara una página web análoga para las mujeres a su cargo, así como para ciertas opciones más…, más «especializadas» que ellos se hallaban en situación de ofrecer. De pronto Ricky estaba muy ocupado, y operaba con material que las fuerzas del orden no tendían a ver con muy buenos ojos, ya que parte de él involucraba claramente a niños.

Al final, Ricky se convirtió en intermediario, y cruzó la frontera entre, por un lado, trabajar con imágenes de mujeres y, en algunos casos, niños, y por otro, facilitar el objeto de su fascinación a aquellas personas interesadas en una participación más activa. Ricky nunca veía a las mujeres o los niños implicados. Era simplemente el primer punto de contacto. Lo que pasaba después no era asunto suyo. Un hombre menos curtido que él se habría preocupado, incluso puede que hubiese tenido remordimientos de conciencia, pero a Ricky Demarcian le bastaba con pensar en pollos moribundos para erradicar cualquier duda de su mente.

Y en consecuencia, aun cuando pareciera un perdedor por vivir en una caravana dentro de un cámping de nombre poco acertado y a cuyos residentes no les era ajena la pobreza, Ricky se sentía de hecho bastante a gusto en su miseria. Se gastaba el dinero en poner al día su hardware y su software, en DVD y juegos de ordenador, en novelas de ciencia ficción y cómics, y en alguna que otra fulana cuyos detalles estimulaban su fantasía. Y aunque mantenía la caravana tal como estaba para no atraer una atención no deseada por parte de los dueños del camping, de hacienda o de la justicia, incluso se duchaba más a menudo, pues uno de los caballeros de Boston se quejó de que el traje nuevo le había apestado todo el camino de regreso por la Interestatal 95 tras una visita a Ricky, y añadió que si eso volvía a ocurrir, Ricky tendría que aprender a teclear usando un palillo chino acoplado a la frente, porque el caballero de Boston haría valer la amenaza original de romperle a Ricky el otro brazo y metérselo por el culo.

Y fue así como Ricky Demarcian, ya no tan perdedor, se hallaba en su caravana esa noche, tecleando tranquilamente ante su ordenador, con los largos dedos de su mano derecha extendidos sobre las teclas mientras introducía la información requerida para que un usuario con la contraseña adecuada y la debida sucesión de enlaces llegara a un material muy turbio. El sistema conllevaba el uso de ciertas palabras clave conocidas por las personas cuyos gustos abarcaban a los niños, siendo la más habitual «Lolly», que la mayoría de los pederastas reconocían como señal de que su interés sería atendido. Por norma, Ricky asignaba el nombre Lolly a una prostituta corriente, anodina, que de hecho no existía, siendo sus detalles e incluso su aspecto físico una ficción construida a partir de los historiales y los cuerpos de otras mujeres. En cuanto un cliente potencial expresaba interés en Lolly aparecía un cuestionario en la pantalla preguntando por las «edades preferidas», con opciones que oscilaban entre «sesenta o más» hasta «apenas legal». Si se elegía esta última categoría, se enviaba al cliente un mensaje de correo electrónico en apariencia inocuo, esta vez con otra palabra clave -Ricky prefería «hobby» en este punto, otro término conocido por los pederastas-, y así sucesivamente hasta que al final se pedían los datos de la tarjeta de crédito del cliente y empezaba el flujo de imágenes e información de verdad.

A Ricky le gustaba trabajar de noche. Pinar la Tranquilidad a esas horas estaba casi…, en fin, tranquilo, ya que a eso de las tres de la madrugada incluso las parejas mal avenidas y los borrachos vocingleros se habían apaciguado un poco. Sentado en la oscuridad de su casa, iluminado tan sólo por el resplandor de la pantalla, y con las estrellas a veces visibles en el cielo nocturno a través de la claraboya encima de su cabeza, habría podido estar flotando en el espacio, y ése era el gran sueño de Ricky: deslizarse por el firmamento en una nave enorme, sin lastres ni obstáculos, avanzando a la deriva rodeado de belleza y en absoluto silencio.

Ricky ignoraba la edad de los niños en la pantalla ante él, creía que como mucho tendrían doce o trece años; siempre se le había dado mal calcular las edades, salvo cuando se trataba de los muy pequeños, e incluso procuraba no pararse demasiado a mirar esas imágenes, porque había cosas en las que era mejor pensar lo menos posible; pero vigilar los gustos de otros no era asunto suyo. Con la debida sucesión de teclas, una imagen tras otra encontraban el lugar que les correspondía en el gran proyecto de Ricky, encajadas en el universo virtual de sexo y deseo creado por él. Estaba tan absorto en el sonido y el ritmo de lo que hacía que, cuando llamaron a la puerta de su caravana, el golpeteo quedó absorbido por la cacofonía general, y sólo cuando el visitante llamó con más fuerza, Ricky empezó a distinguir el nuevo ruido. Dejó lo que estaba haciendo.

– ¿Quién es? -preguntó.

No hubo respuesta.

Se acercó a la ventana y apartó un ángulo de la cortina. Lloviznaba, y el cristal tenía goterones; a pesar de eso, vio que no había nadie en la puerta.

Ricky no tenía pistola. No le gustaban mucho las armas. No era una persona violenta. De hecho, sus opiniones tendían a la cautela por lo que a las armas se refería. En su opinión, había muchas personas en la calle que no tenían derecho a llevar siquiera un lápiz afilado, por no hablar ya de un arma cargada. Mediante un proceso de lógica viciada, Ricky había establecido una ecuación según la cual arma equivalía a delincuente, y delincuente equivalía a arma. Ricky no se veía a sí mismo como delincuente, y por tanto no tenía arma. Por otra parte, como no tenía arma, no podía en modo alguno ser un delincuente.