Ricky se apartó de la ventana y observó la puerta cerrada. Podía abrirla, supuso, pero en apariencia ya no había razón para hacerlo. Quienquiera que se hubiese acercado a la puerta ya no estaba. Se pellizcó el labio y volvió a su ordenador. Acababa de empezar a verificar parte del código cuando llamaron de nuevo, esta vez a la ventana a la que se había acercado. Ricky lanzó un juramento y miró una vez más hacia la noche. Ahora se distinguía una silueta ante su puerta, era un hombre, bajo y robusto, con un tupé de pelo negro que resplandecía impregnado de brillantina.
– ¿Qué quiere? -preguntó Ricky.
Con una señal de la cabeza, el hombre indicó a Ricky que se acercara a la puerta.
– Joder -exclamó Ricky.
El hombre no tenía ni remotamente aspecto de policía. De hecho, se parecía más a uno de los caballeros de Boston, que solían presentarse de improviso a horas intempestivas. No obstante, toda cautela era poca por lo que se refería a esos asuntos. Ricky regresó a su ordenador e introdujo una serie de instrucciones. De inmediato empezaron a cerrarse ventanas y a activarse cortafuegos, se codificaron las imágenes y una desconcertante serie de rastros falsos entró en funcionamiento para que cualquiera que intentara acceder al material de su ordenador se encontrara enseguida en un laberinto de códigos inútiles y archivos de interfaz. Si insistían, el ordenador se colapsaba literalmente. Ricky sabía demasiado de informática para pensar que el material en su ordenador era del todo inaccesible, pero suponía que se requeriría a un equipo de expertos trabajando durante meses para empezar siquiera a recuperar algo digno de ulteriores investigaciones.
Se apartó del escritorio y se acercó a la puerta. No tenía miedo. Gozaba de la protección de Boston. Eso era algo que ya se sabía desde hacía tiempo. No tenía nada que temer.
El hombre ante la puerta lucía vaqueros oscuros, una camisa de poliéster azul que se le tensaba contra el cuerpo y una cazadora negra de cuero gastado. Tenía la cabeza un poco demasiado grande para el resto del cuerpo, pero a la vez producía la inquietante sensación de haber sido comprimida en algún momento, como si se la hubieran colocado en un torno con la barbilla en la base y la coronilla en lo alto. Ricky pensó que parecía un matón, y eso, curiosamente, lo indujo a bajar la guardia. Los únicos matones con quienes trataba procedían de Boston. Si el hombre ante la puerta parecía un matón, tenía que ser de Boston.
– Me gusta esta caravana -comentó el hombre.
Ricky, confuso, contrajo el rostro.
– ¿No hablará en serio? -preguntó.
El hombre apuntó a Ricky con un arma enorme. Llevaba guantes. Ricky no lo sabía, pero la pistola era una Smith 10 diseñada para uso exclusivo del FBI. Era un arma poco común en un particular. Si bien Ricky eso no lo sabía, el hombre que la empuñaba sí que estaba enterado. De hecho, por eso había decidido tomarla prestada esa noche unas horas antes.
– ¿Quién es usted? -preguntó Ricky.
– Soy el dedo que decanta la balanza -contestó el hombre-. Atrás.
Ricky obedeció.
– No le conviene hacer nada de lo que vaya a arrepentirse -advirtió Ricky mientras el individuo entraba en la caravana y cerraba la puerta a sus espaldas-. Hay hombres en Boston a quienes esto no va a gustarles.
– En Boston, ¿eh? -dijo el hombre.
– Sí.
– ¿Y cree usted que esos hombres de Boston van a llegar aquí más deprisa que una bala?
Ricky se detuvo a pensar en la pregunta.
– Supongo que no.
– Pues, en ese caso -dijo el hombre-, me temo que no le serán de gran utilidad, no, señor. -Se fijó en el ordenador y en el despliegue de hardware-. Imponente.
– ¿Entiende de informática? -preguntó Ricky.
– No mucho -respondió el hombre-. Me llegó demasiado tarde. ¿Guarda fotos ahí?
Ricky tragó saliva.
– No sé de qué me habla.
– Pues yo creo que sí lo sabe. Ahora no le conviene mentirme. Si me miente…, en fin, es muy probable que pierda la paciencia con usted, sí, señor, por supuesto que sí…, y considerando que yo tengo una pistola y usted no, me parece que no es lo mejor para sus intereses. Así que se lo preguntaré otra vez: ¿guarda fotos ahí?
Ricky, tomando conciencia de que un hombre que hacía una pregunta así conocía ya la respuesta, decidió ser franco.
– Es posible. Depende de qué clase de fotos busque.
– Ah, ya sabe usted qué clase. Fotos de chicas, como en las revistas.
Ricky intentó exhalar un suspiro de alivio sin que se notara.
– Claro que tengo fotos de chicas. ¿Quiere que se las enseñe?
El hombre asintió con la cabeza, y Ricky respiró aliviado al ver que el hombre se metía el arma en la cinturilla del pantalón. Se sentó ante el teclado y volvió a activar el equipo. Justo antes de que la pantalla empezara a resplandecer vio que el hombre se acercaba desde atrás, su silueta se reflejaba en la oscuridad. A continuación empezaron a aparecer imágenes, mujeres en distintos grados de desnudez, en variadas posturas, realizando diversos actos.
– Tengo de todo -dijo Ricky aclarando lo obvio.
– ¿Tiene de niños? -preguntó el hombre.
– No -mintió Ricky-. No me dedico a los niños.
El hombre dejó escapar un tibio resoplido de decepción. El aliento le olía a chicle de canela, pero no ocultaba la mezcla de olores que despedía: colonia barata y un hedor que recordaba incómodamente a ciertas áreas de la central avícola.
– ¿Qué le pasa en el brazo? -preguntó.
– Mi madre me trajo así al mundo. Lo tengo inutilizado.
– ¿Todavía lo siente?
– Pues sí, sólo que no me sirve para…
Ricky no acabó la frase. Lo asaltó un furioso y lancinante dolor en la parte superior del brazo. Abrió la boca para gritar, pero el hombre le tapó la cara con la mano derecha ahogando su alarido mientras, con la mano izquierda, hundía una hoja fina y larga en la carne de Ricky, a la vez que hurgaba con ella. Ricky se sacudió en la silla, y los gritos le llenaron la cabeza pero no salieron al aire de la noche más que como gemidos casi inaudibles.
– No me tome por tonto -dijo el hombre-. Ya se lo he advertido una vez. No volveré a decírselo.
Acto seguido extrajo la hoja del brazo de Ricky y le soltó la cara. Ricky arqueó la espalda en la silla e instintivamente se llevó la mano derecha a la herida. Al entrar en contacto se intensificó el dolor y la apartó de inmediato. Lloraba y se avergonzaba de ello.
– Se lo preguntaré una vez más: ¿tiene ahí fotos de niños?
– Sí -contestó Ricky-. Sí. Se las enseñaré. Sólo dígame qué quiere, niños, niñas, más pequeños, mayores. Le enseñaré lo que quiera, pero por favor no vuelva a hacerme daño.
El hombre sacó una fotografía de una cartera de piel negra.
– ¿La reconoce?
Era una niña guapa, de pelo oscuro. Llevaba un vestido rosa con una cinta a juego en el pelo. Sonreía. Le faltaba un diente en la encía superior.
– No -dijo Ricky.
La hoja se acercó de nuevo a su brazo, y Ricky volvió a negar, esta vez casi a gritos.
– ¡No! ¡Le digo que no la conozco! Ahí no aparece. Me acordaría. Se lo juro por Dios. Me acordaría. Tengo buena memoria para estas cosas.
– ¿De dónde ha sacado estas fotos?
– De Boston, en su mayoría. Me las mandan. A veces tengo que escanearlas, pero normalmente me llegan ya en disco. También hay películas. Me llegan en discos o DVD. Yo sólo las cuelgo en las páginas. No he hecho daño a un niño en mi vida. Ni siquiera me gustan esas cosas. Sólo hago lo que me dicen.