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– Ha dicho «en su mayoría».

– ¿Eh?

– Ha dicho que «en su mayoría» le llegan de Boston. ¿De dónde más?

Ricky buscó una posible mentira, pero el cerebro no le respondía. El dolor en el brazo se le adormecía un poco, pero también la mente. Se sintió mareado y se preguntó si iba a desmayarse.

– A veces otra gente me traía material -dijo-. Ahora ya no tanto.

– ¿Quiénes?

– Hombres. Un hombre, quiero decir. Había un tipo, me traía material bastante bueno. Vídeos. De eso hace mucho tiempo. Años.

Ricky mentía por omisión. Curiosamente, el dolor en el brazo lo ayudaba a mantener la cabeza clara porque lo obligaba a tomar conciencia de la posibilidad de sufrir más dolor si no jugaba bien sus cartas. Era cierto que aquel hombre le había proporcionado material -sin duda filmaciones domésticas, aunque de una calidad muy por encima de la media, a pesar de que los movimientos de cámara eran un tanto estáticos-, pero había sido más bien un gesto de buena voluntad. Fue uno de los primeros que se dirigieron a Ricky con la intención de alquilar a un niño durante unas horas, que se había dirigido a él por el contacto de un conocido común de esa parte del estado, un hombre de cierta notoriedad entre personas con tales inclinaciones. Los caballeros de Boston le habían dicho que ocurriría, y así había sido.

– ¿Cómo se llamaba?

– No me dio su nombre, y yo no se lo pregunté. Me limité a pagarle. Era un buen material.

Más medias verdades, más mentiras, pero Ricky confiaba en sus aptitudes. No era tonto ni mucho menos, y él lo sabía.

– ¿No temió que pudiera ser un poli?

– No era un poli. Eso saltaba a la vista.

Moqueaba, las secreciones de la nariz se mezclaban con las lágrimas.

– ¿De dónde vino?

– No lo sé. De algún sitio en el norte.

El hombre observaba a Ricky atentamente, y se dio cuenta de cómo movía los ojos cuando mentía. Dave Glovsky, el Adivinador, casi se habría enorgullecido de él en ese momento.

– ¿Alguna vez ha oído hablar de un lugar llamado Galaad?

Otra vez el signo revelador, el cuerpo delatando la dificultad que sentía el cerebro al camuflar la mentira.

– No, nunca, salvo cuando era pequeño, en catequesis.

El hombre permaneció un momento en silencio. Ricky se preguntó si se había excedido en sus mentiras.

– ¿Tiene una lista de las personas que pagan por todo esto?

Ricky negó con la cabeza.

– Todo va por tarjeta de crédito. Los hombres de Boston se ocupan de eso. Sólo tengo direcciones de correo electrónico.

– ¿Y quiénes son esos hombres de Boston?

– Son europeos del Este, rusos. Sólo conozco los nombres de pila. Tengo unos números a los que telefonear si surge algún problema.

Ricky lanzó un juramento. Pensó que había cometido un error al decir a su agresor una vez más que habría repercusiones por hacerle daño, que desde luego tenía a quien llamar si la operación se veía amenazada. Ricky no quería recordarle a aquel hombre que tal vez no le conviniera dejarlo vivo. El hombre pareció entender la inquietud de Ricky.

– No se preocupe -dijo-. Es lógico que usted llame por esto, lo sé. Ya suponía que se enterarían de una manera u otra, ajá. No me molesta en absoluto. Que vengan. Ya puede quitar eso de la pantalla.

Ricky tragó saliva. Agradecido, cerró los ojos por un instante. Se volvió hacia la pantalla y empezó a retirar las imágenes. Separó los labios.

– Gra…

La bala abrió un enorme orificio en la parte posterior de la cabeza de Ricky, y otro mayor, de salida, en la cara. Hizo añicos la pantalla, y algo en el monitor reventó con un estallido apagado y empezó a despedir un humo acre. La sangre siseó y burbujeó en los circuitos que habían quedado a la vista. El casquillo expulsado había rebotado contra un archivador y caído cerca de la silla de Ricky. La posición era casi demasiado buena, así que el visitante, golpeándolo con un lado del zapato, lo lanzó hacia la papelera. Como había dejado huellas de sus botas en el linóleo, buscó un trapo en un armario, lo puso en el suelo y borró las señales arrastrándolo con el pie derecho. Cuando se aseguró de que todo estaba limpio, entreabrió la puerta y aguzó el oído. Aunque la detonación había sido muy estridente, las dos caravanas contiguas a la de Demarcian seguían a oscuras, y en otras vio el resplandor de los televisores, incluso oyó lo que daban, de tan alto como tenían el volumen. Salió de la caravana, cerró la puerta y desapareció en la noche. Se detuvo tan sólo en una gasolinera del camino para comunicar que se había oído un disparo en Pinar la Tranquilidad y había alcanzado a ver lo que parecía un Mustang antiguo marcharse a toda velocidad del lugar de los hechos.

A Frank Merrick no le gustaba que nadie se interpusiera en su camino, pero sentía cierto respeto por el detective privado. Además, matarlo ocasionaría más problemas de los que resolvería, pero matar a otro con la pistola del detective le crearía a éste problemas más que suficientes para tenerlo ocupado, y sólo unos pocos a Merrick.

Porque Merrick sabía que a esas alturas se había quedado totalmente solo. No le importaba. Se había cansado del viejo abogado y de sus meticulosas preguntas un tiempo antes, y Eldritch había dejado claro cuando se presentó en Portland después de la detención de Merrick que su relación profesional había terminado. Los comentarios del detective privado acerca de las motivaciones de Eldritch, más concretamente acerca de quienquiera que hubiese ordenado al abogado ayudar a Merrick, no habían hecho más que exacerbar sus propias dudas. Era hora de poner fin a aquello. Todavía le quedaba algún que otro asunto por resolver, pero luego se iría al noroeste. Tendría que haber ido allí mucho antes, pero había albergado la certeza de que encontraría algunas de las respuestas que buscaba en aquella pequeña ciudad costera. Pero ya no estaba tan seguro, y Galaad lo llamaba.

Merrick cogió la cinta adhesiva y pegó la pistola del detective bajo el asiento del conductor. Le había gustado sentir su peso en la mano. Hacía mucho tiempo que no disparaba una pistola, y más aún con ira. Ahora había vuelto a saborearlo. Había evitado llevar armas por si la policía iba a por él. No quería volver a la cárcel. Pero había llegado el momento de actuar, y la pistola del detective era idónea para el trabajo que tenía que hacer.

– Tranquila, cariño -susurró Merrick al alejarse de las luces de la gasolinera y dirigirse de nuevo hacia el este-. No tardaré. Papi ya llega.

24

Perdí la noción del tiempo. Las horas se convirtieron en minutos y los minutos en horas. Me escocía la piel por el roce de la arpillera, y la sensación de asfixia inminente nunca me abandonaba. Algún que otro susurro me llegaba de entre las sombras, a veces de cerca y a veces de lejos. En una o dos ocasiones empecé a adormecerme, pero la cinta en la boca me dificultaba la respiración y casi tan pronto como me dormía volvía a despertarme, respirando entrecortadamente por la nariz como un purasangre después de una larga carrera, con el ritmo cardiaco acelerado, apartando la cabeza de la almohada en un esfuerzo por aspirar más oxígeno. Dos veces tuve la impresión de que algo me había tocado el cuello antes de despertar, y el roce fue tan frío que me ardió la piel. En ambos casos intenté quitarme la arpillera, pero Merrick la había sujetado bien. Cuando oí el ruido de la puerta de entrada al abrirse y cerrarse, seguido de unos pasos sonoros e intencionados escalera arriba, me hallaba en un estado de total desorientación, pero incluso con los sentidos alterados percibí que las presencias retrocedían, alejándose de mí al aproximarse el desconocido.

Alguien entró en la habitación. Sentí cerca un calor corporal y me llegó el olor de Merrick. Noté sus dedos en la cinta en torno a mi cuello, y luego me quitó el saco y por fin pude ver otra vez. Pequeños soles blancos estallaron en mi campo visual, de modo que por un momento no distinguí las facciones de Merrick. Su rostro era un semblante en blanco donde yo podía pegar el demonio que quisiera, construir una imagen de todo aquello que temía. Entonces empezaron a desvanecerse los puntos ante mis ojos, y de nuevo lo vi claramente. Parecía preocupado e incómodo, ya no se le veía tan seguro como cuando yo lo había encontrado junto a mi cama al despertar, y desviaba la mirada hacia los rincones más oscuros de la habitación. Advertí que ya no se quedaba de espaldas a la puerta. En lugar de eso procuraba no perderla de vista, como si temiera ofrecer una posición vulnerable a un posible ataque por la espalda.