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Conlough tomó asiento frente a mí mientras los otros permanecían de pie.

– Mire -dijo-, podemos aclararlo todo aquí y ahora si no se anda por las ramas. De lo contrario… -dirigió una mirada elocuente a Hansen- esto podría ponerse feo.

Debería haber solicitado la presencia de un abogado, pero eso habría implicado una visita inmediata a la comisaría de Scarborough, o quizás a Gray o incluso a Augusta. La presencia de un abogado habría implicado horas en una celda o en una sala de interrogatorios, y no sabía hasta qué punto me encontraba en condiciones de afrontarlo. Tarde o temprano necesitaría un abogado, pero de momento estaba en mi casa, sentado a la mesa de la cocina, y no iba a marcharme de allí a menos que fuese absolutamente inevitable.

– Anoche Frank Merrick entró aquí, en casa, por la fuerza -dije-. Me esposó a la cama. -Les enseñé las señales en las muñecas-. Luego me amordazó, me tapó los ojos y se llevó mi pistola. No sé cuánto tiempo me dejó así. Cuando regresó, me dijo que había hecho algo que no debería haber hecho y después me durmió con cloroformo. Cuando he recuperado el conocimiento, me había quitado las esposas y la cinta adhesiva de la boca. Él ya no estaba. Creo que aún tiene mi pistola.

Hansen se reclinó contra la encimera de la cocina. Tenía los brazos cruzados.

– Menuda historia -dijo.

– ¿Qué pistola se llevó? -preguntó Conlough.

– Una Smith & Wesson, diez milímetros.

– ¿Con qué munición?

– Cor-Bon. Ciento ochenta gramos.

– Eso es poca cosa para una diez milímetros -observó Hansen-. ¿Acaso le preocupa que se agriete el armazón?

Moví la cabeza en un gesto de incredulidad.

– ¿Es una broma o qué? ¿A qué viene eso ahora?

Hansen se encogió de hombros.

– Era sólo por preguntar.

– Es un mito personal mío. ¿Contento?

No contestó.

– ¿Tiene la caja de munición de las Cor-Bon? -preguntó entonces Conlough.

Sabía adónde quería ir a parar con aquello. Supongo que lo supe en cuanto vi a los tres inspectores ante mi puerta y, de no haber estado mareado, casi podría haber admirado la circularidad de lo que, sospechaba, había hecho Merrick. Había utilizado el arma contra alguien, pero se la había quedado. Si se recuperaba la bala, podría compararse con la caja de munición en mi haber. Era un reflejo exacto de la manera en que lo habían relacionado a él con el asesinato de Barton Riddick en Virginia. Puede que se hubiera desacreditado el análisis balístico, pero, tal y como él había prometido, se las había ingeniado para meterme en un buen lío. Fue la pequeña broma de Merrick a mi costa. No sabía cómo habían llegado hasta mí tan pronto, pero sospechaba que eso también era obra de Merrick.

– Voy a tener que llamar a un abogado -dije-. No pienso contestar a más preguntas.

– ¿Tiene algo que esconder? -preguntó Hansen. Intentó sonreír, pero era una mueca desagradable, como una grieta en mármol viejo-. ¿A qué viene tanta preocupación por el abogado? Relájese. Sólo estamos hablando.

– ¿Ah, sí? ¿Eso estamos haciendo? Si a ustedes les da igual, a mí no me interesa mucho su conversación.

Miré a Conlough. Se encogió de hombros.

– Pues tendrá que ser con abogado -dijo.

– ¿Estoy detenido? -pregunté.

– Todavía no -respondió Hansen-. Pero podemos tomar ese camino si usted quiere. Así que elija: ¿lo detenemos o conversamos?

Me lanzó una mirada de policía, marcada por una falsa sonrisa y la certidumbre de que lo tenía todo bajo control.

– Creo que no nos conocemos -dije-. Seguro que le recordaría, sólo por tener la certeza de que el placer no iba a repetirse.

Conlough carraspeó tapándose la boca con la mano y se volvió hacia la pared. Hansen no cambió de expresión.

– Soy un recién llegado -comentó Hansen-. Sin embargo, ya he rondado lo mío, he trabajado en grandes ciudades…, igual que usted, supongo, así que a mí su reputación me la trae floja. Quizás aquí en el norte, con sus batallitas y sangre en las manos, lo tienen por un fuera de serie, pero a mí no me gusta la gente que se toma la justicia por su mano. Representa un fallo del sistema, un defecto de funcionamiento. En su caso, me propongo reparar ese defecto. Esto es el primer paso.

– No es de buena educación faltarle el respeto a un hombre en su propia casa -dije.

– Por eso ahora vamos a marcharnos todos, para que pueda seguir faltándote el respeto en otra parte.

Haciendo una seña con los dedos, me indicó que me levantara. Todo en su actitud hacia mí rezumaba puro desprecio, y de momento yo no podía hacer nada más que tragármelo. Si me excedía en la reacción, perdería los estribos, y no quería darle a Hansen la satisfacción de esposarme.

Cabeceé y me puse en pie. A continuación me calcé unas zapatillas deportivas que siempre dejaba junto a la puerta de la cocina.

– Vamos, pues -dije.

– Apóyese primero contra esa pared, si no le importa -ordenó Hansen.

– Debe de estar de broma -contesté.

– Sí, soy todo un bromista -repuso Hansen-. Eso es algo que tenemos en común. Ya sabe lo que tiene que hacer.

Separé las piernas y apoyé las manos abiertas en la pared mientras Hansen me cacheaba. Una vez convencido de que no escondía un arsenal, retrocedió y salí tras él, seguido por Conlough y Frederickson. Fuera, Ben Ronson ya me había abierto la puerta trasera del coche patrulla. Oí los ladridos de un perro. Walter corría por el campo que separaba mi propiedad de la de los Johnson. Bob Johnson iba detrás de Walter, pero vi preocupación en su rostro. Cuando el perro se acercó, noté que los policías se ponían tensos. Ronson se llevó la mano a la pistola otra vez.

– Tranquilos -dije-. No hace nada.

Walter percibió que los hombres en el jardín no le tenían el menor aprecio. Se detuvo en un hueco entre los árboles que daban al jardín delantero y emitió un ladrido vacilante antes de acercarse despacio hacia mí, meneando el rabo suavemente pero con las orejas gachas. Miré a Conlough, y él me dio permiso con un gesto. Me aproximé a Walter y le acaricié la cabeza.

– Tienes que quedarte con Bob y Shirley, perrito -dije. Apretó la cabeza contra mi pecho y cerró los ojos. Bob había llegado donde estaba Walter momentos antes. De sobra sabía que no tenía sentido preguntar si todo estaba en orden. Agarré a Walter por el collar y lo arrastré hacia Bob. Hansen no me quitó ojo.

– ¿Puedes quedártelo unas horas? -pregunté.

– Ningún problema -contestó. Era un hombre menudo y vital, con la mirada alerta detrás de las gafas. Bajé la vista hacia el perro, y mientras le daba unas palmadas, pedí a Bob en voz baja que telefoneara al Black Point Inn. Le di el número de la habitación donde se alojaban Ángel y Louis y le dije que los informara de que un tal Merrick me había hecho una visita.

– Por supuesto. ¿Puedo hacer algo más por ti?

Eché un vistazo a los cuatro policías.

– La verdad, Bob, es que creo que no.

Dicho esto, regresé al coche patrulla y me senté en el asiento trasero, y Ronson me llevó a la comisaría de Scarborough.

25

Me dejaron en la sala de interrogatorios de la comisaría de Scarborough mientras esperábamos a Aimee Price, y una vez más sentí que iba tras los pasos de Merrick. Hansen pretendía llevarme a Gray, pero Wallace MacArthur, que apareció en cuanto supo que me estaban interrogando, intervino en mi favor. Lo oí defenderme al otro lado de la puerta, instando a Hansen a mantener a raya a los perrazos durante un rato. Sentí una inexpresable gratitud hacia él, no tanto por ahorrarme el desagradable paseo hasta Gray con Hansen, sino por estar dispuesto a salir a la palestra cuando él mismo debía de albergar sus dudas.

Nada había cambiado en la sala desde que Merrick ocupó aquel asiento. Incluso los trazos infantiles en la pizarra eran los mismos. No me esposaron, y Conlough me trajo una taza de café y un donut rancio. Aún me dolía la cabeza, pero poco a poco tomé conciencia de que probablemente había hablado demasiado en casa. Ignoraba aún qué había hecho Merrick, pero tenía la certeza casi absoluta de que alguien había muerto por ello. Mientras tanto, me daba cuenta de que había admitido a todos los efectos que se había empleado mi pistola para cometer un crimen. Si Hansen decidía jugar fuerte y presentar cargos contra mí, acabaría entre rejas con escasas posibilidades de conseguir la libertad bajo fianza. En el mejor de los casos, podía retenerme durante días y dejar a Merrick las manos libres para causar estragos con la Smith 10.