Después de permanecer a solas con mis pensamientos durante una hora, se abrió la puerta de la sala de interrogatorios y entró Aimee Price. Vestía falda y chaqueta negras con blusa blanca. El maletín, de piel cara, resplandecía. Toda ella era la viva imagen de la eficacia. A mí, en contraste, se me veía en un estado lamentable, y tal cual me lo dijo.
– ¿Se ha enterado ya de lo que está ocurriendo? -pregunté.
– Sólo sé que investigan un asesinato. Un muerto. Varón. Es evidente que creen que usted puede ayudarlos con ciertos detalles.
– Cómo lo maté, por ejemplo.
– Seguro que se alegra de haber conservado mi tarjeta -dijo.
– Creo que me ha traído mala suerte.
– ¿Quiere decirme cuánta?
Se lo conté todo, desde la llegada de Merrick a la casa hasta el momento en que Ronson me metió en la parte trasera del coche patrulla. No omití ni un solo detalle, salvo el de las voces. Aimee no necesitaba saber nada de eso.
– ¿Cómo puede ser tan tonto? -preguntó cuando acabé-. Hasta un niño sabe que no debe responder a las preguntas de un policía sin un abogado delante.
– Estaba cansado. Me dolía la cabeza. -Me di cuenta de lo patéticas que resultaban mis excusas.
– Bobo. No diga ni una palabra más a menos que se lo indique yo con una señal de la cabeza.
Se dirigió a la puerta y la golpeó con los nudillos para indicar a los policías que podían entrar. Apareció Conlough seguido de Hansen. Ocuparon dos sillas frente a nosotros. Me pregunté cuánta gente debía de amontonarse en torno al monitor fuera de la sala para escuchar las preguntas y las respuestas transmitidas desde la sala, para observar a las cuatro figuras que danzaban una alrededor de la otra sin moverse.
Aimee levantó una mano.
– Antes que nada tienen que explicarnos a qué viene todo esto -dijo.
Conlough miró a Hansen.
– Anoche murió un hombre llamado Ricky Demarcian. Le pegaron un tiro en la cabeza en un cámping de caravanas llamado Pinar la Tranquilidad. Tenemos un testigo que dice haber visto un Mustang como el de su cliente alejarse del lugar de los hechos. Incluso nos dio el número de matrícula.
Podía imaginarme lo que sucedía en ese preciso momento, mientras hablábamos, en el Pinar la Tranquilidad. Allí estaría la unidad de recogida de pruebas del Departamento de Investigación Criminal del estado, junto con la furgoneta blanca del técnico de Scarborough, que tenía las puertas traseras personalizadas con imágenes ampliadas de sus propias huellas digitales. Hombre de una meticulosidad obsesiva, se lo consideraba uno de los mejores especialistas de Maine, y era poco probable que los técnicos de la policía del estado lo disuadieran de colaborar con ellos. El centro de mando móvil rojo y blanco, utilizado conjuntamente con el cuerpo de bomberos, se hallaría también presente. Habría curiosos, mirones, testigos potenciales a los que interrogar, furgonetas de las distintas emisoras locales, todo un circo que convergía en una pequeña caravana de un patético cámping. Obtendrían moldes en el lugar del crimen con la esperanza de que las marcas de las ruedas coincidiesen con los neumáticos de mi Mustang. No encontrarían ninguna equivalente, pero eso daba igual. Podían aducir que acaso el coche estuviese aparcado en la carretera, lejos de la tierra. La imposibilidad de establecer un vínculo con mi coche no demostraría mi inocencia. Entretanto, Hansen probablemente habría puesto en marcha la solicitud de una orden para registrar mi casa, incluido mi garaje, si es que no la tenía ya. Querría el coche, y el arma. En ausencia de esta última, se conformaría con la caja de munición Cor-Bon.
– ¿Un testigo? -preguntó Aimee-. ¿En serio? -Pronunció la palabra con toda la intención del mundo, dejando claro que la sola idea se le antojaba tan verosímil como el rumor de que el ratoncito Pérez había sido sorprendido con un saco lleno de dientes-. ¿Quién es el testigo?
Hansen no se movió, pero Conlough cambió casi imperceptiblemente de posición en su silla. No había testigo. Era un aviso anónimo, y siendo así, procedía de Merrick. No obstante, eso no mejoraba mi situación. De las preguntas sobre mi munición se desprendía que Merrick había matado a Demarcian con mi pistola, y era probable que hubiera dejado pruebas en el lugar de los hechos. ¿Sería sólo la bala o un casquillo? ¿O también la pistola? De ser así, tendría mis huellas por todas partes, y no las suyas.
«No me queda más remedio que causarte algún que otro problema; así no tendrás tiempo para preocuparte por mí.»
– En estos momentos no podemos decirlo -contestó Hansen-. Y lamento que suene a película mala, pero en principio somos nosotros quienes hacemos las preguntas.
Aimee se encogió de hombros.
– Adelante, pregunte. Pero antes me gustaría llamar a un médico. Quiero que se fotografíen las magulladuras en el costado de mi cliente. Ustedes mismos verán que presenta las marcas de lo que parece el impacto de un puño. Un médico podrá decir lo recientes que son. También ha perdido recientemente piel en los labios cuando le arrancaron la cinta adhesiva pegada a su boca. Queremos que se fotografíen igualmente esas lesiones. Me gustaría asimismo que se le tomen a mi cliente muestras de sangre y orina para confirmar la presencia en el organismo de niveles de triclorometano por encima de la media.
Lanzó estas peticiones como balas. Conlough pareció recibir el pleno impacto de todas ellas.
– Triclo… ¿qué? -preguntó, pidiendo ayuda a Hansen con la mirada.
– Cloroformo -aclaró Hansen sin inmutarse-. Podría haber dicho simplemente cloroformo -añadió dirigiéndose a Aimee.
– Podría, pero no les habría impresionado ni la mitad. Esperaremos a que llegue el médico, y luego podrán empezar con sus preguntas.
Los dos inspectores salieron sin decir nada más. Después de una hora, durante la cual Aimee y yo permanecimos en silencio, llegó un médico del Centro Médico Maine de Scarborough. Me acompañó al lavabo de caballeros, y allí le proporcioné una muestra de orina y me extrajo un poco de sangre del brazo. Cuando terminó, examinó la magulladura del costado. Aimee entró con una cámara digital y me fotografió los hematomas y los cortes en los labios. Después nos acompañaron otra vez a la sala de interrogatorios, donde Conlough y Hansen nos esperaban ya.
Repasamos las preguntas anteriores. Cada vez, antes de abrir la boca, yo aguardaba la seña de Aimee para indicarme que podía contestar sin riesgo. En cambio, cuando plantearon el tema de la munición, levantó el bolígrafo.
– Mi cliente les ha dicho ya que el señor Merrick le robó el arma.
– Queremos asegurarnos de que la munición coincide -explicó Hansen.
– ¿Ah, sí? -preguntó Aimee, y ahí estaba otra vez, ese escepticismo edulcorado, como un limón bañado en azúcar extrafino-. ¿Por qué?
Hansen no contestó. Tampoco Conlough.
– No tienen la pistola, ¿verdad, inspectores? -dijo Aimee-. Tampoco tienen testigo. Lo único que tienen, deduzco, es un casquillo y probablemente la propia bala. ¿Me equivoco?
Hansen la miró de hito en hito intentando obligarla a bajar los ojos, pero al final desistió. Conlough se contemplaba las uñas.