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– ¿Me equivoco? -repitió Aimee.

Hansen asintió con la cabeza. Parecía un colegial escarmentado.

Como yo ya suponía, Merrick había cuidado los detalles. Había dejado en el lugar de los hechos la misma clase de pruebas con las que en otro tiempo intentaron condenarlo. Ahora ningún tribunal dictaría sentencia basándose sólo en eso; aun así, Merrick había conseguido enturbiar las aguas.

– Podemos conseguir una orden -dijo Hansen.

– Hágalo -replicó Aimee.

– No.

Aimee me fulminó con la mirada. Hansen y Conlough alzaron la vista.

– No necesitan una orden.

– Pero ¿qué pretende…? -empezó a decir Aimee, pero la interrumpí apoyando la mano en su brazo.

– Entregaré la munición. Comprobarán que coinciden. Me cogió la pistola y mató a Demarcian con ella. Luego dejó el casquillo e hizo la llamada para que ustedes viniesen a llamar a mi puerta. Es lo que él entiende por una broma. Merrick estuvo a punto de ser juzgado por asesinato en Virginia sin más prueba que una coincidencia balística, pero el caso se vino abajo cuando el FBI empezó a dar señales de pánico por la dudosa fiabilidad de los análisis. Incluso sin eso, probablemente el caso habría sido insostenible. Merrick lo hizo para crearme problemas, así de sencillo.

– ¿Y eso por qué? -preguntó Conlough.

– Ya conoce la respuesta. Usted mismo lo interrogó en esta sala. Su hija desapareció cuando él estaba en la cárcel. Quiere averiguar qué le pasó. Pensó que yo me interponía en su camino.

– ¿Por qué no lo mató sin más? -preguntó Hansen. Daba la impresión de que, en tal caso, hubiese perdonado el impulso de Merrick.

– No habría estado bien desde su punto de vista. Tiene una especie de sistema de valores.

– Pero esos valores no le impidieron meterle una bala en la cabeza a Ricky Demarcian, en el supuesto de que esté usted diciendo la verdad -dijo Hansen.

– ¿Qué interés iba a tener yo en matar a Demarcian? -pregunté-. Hasta esta mañana ni siquiera sabía quién era.

Conlough y Hansen volvieron a cruzar una mirada. Al cabo de unos segundos, Hansen dejó escapar un profundo suspiro e hizo un gesto con la mano derecha, indicando «adelante». Parecía a punto de rendirse. Su anterior aplomo se evaporaba. Las magulladuras, los análisis para confirmar la presencia del cloroformo en la sangre, todo lo había hecho tambalearse. Además, en el fondo sabía que yo decía la verdad. Sencillamente prefería no creerlo. Encerrarme le habría procurado cierto placer. Yo ofendía su sentido del orden. Aun así, por mucha antipatía que yo le despertara, era lo bastante rigorista como para no amañar las pruebas, y más pensando que al final el caso le estallaría en la cara tan pronto como lo presentara ante un juez.

– La caravana de Demarcian estaba abarrotada de equipo informático -dijo Conlough-. Sospechamos que tenía relación con el crimen organizado de Boston. Por lo visto, elaboraba las páginas web de ciertos servicios de acompañantes.

– ¿Para los italianos?

Conlough negó con la cabeza.

– Para los rusos.

– No es buena gente.

– No. Por lo que ha llegado a nuestros oídos, las páginas no sólo incluían acompañantes adultos.

– ¿También niños?

Conlough volvió a mirar a Hansen, pero Hansen se había refugiado tras un deliberado silencio.

– Como he dicho, son habladurías, pero no había ninguna prueba. Sin pruebas no podíamos conseguir una orden. Ya estábamos en ello, intentando acceder a la lista de Demarcian, pero era un proceso lento.

– Pues, por lo visto, ya se ha resuelto el problema -observé.

– ¿Seguro que nunca ha oído hablar de Demarcian, Parker? -preguntó Hansen-. Parecía la clase de individuo a quien usted podría pegarle un tiro en la cabeza sin mayor problema.

– ¿Qué quiere decir con eso? -repuse.

– No sería la primera vez que esa pistola suya le abre un agujero a alguien. Es posible que, en su opinión, Demarcian se lo mereciese.

Por debajo de la mesa sentí el ligero contacto de la mano de Aimee en la pierna advirtiéndome que no me dejara arrastrar por Hansen.

– Si quiere acusarme de algo, adelante -dije-. De lo contrario, no hace más que gastar saliva. -Dirigí la atención a Conlough-. ¿El balazo era la única herida que presentaba Demarcian?

Conlough no contestó. No podía, supuse, sin revelar las pocas pruebas que aún tenían contra mí. Seguí adelante.

– Si Merrick lo torturó, podría ser que Demarcian, antes de morir, le dijese algo que pudiera serle de utilidad.

– ¿Y qué podía saber Demarcian? -preguntó Conlough.

El tono del intercambio había cambiado. Quizá Conlough dudaba ya desde el principio de mi implicación, pero ahora habíamos pasado de un interrogatorio a una situación en la que dos hombres pensaban en voz alta. Por desgracia, Hansen no vio con buenos ojos el nuevo rumbo. Masculló algo parecido a «Gilipolleces». Pese a que en apariencia Hansen estaba al mando, Conlough le lanzó una mirada de advertencia, pero las ascuas del fuego desatado dentro de Hansen aún ardían y él no estaba dispuesto a apagarlo a menos que no le quedara más remedio. Hizo un último intento.

– Son gilipolleces -repitió-. Es su pistola. Es su coche el que el testigo vio abandonar el lugar de los hechos. Es su dedo…

– ¡Eh! -lo interrumpió Conlough. Se puso en pie y se dirigió hacia la puerta indicando a Hansen que lo acompañara. Hansen echó atrás la silla y salió. La puerta se cerró.

– ¿No es admirador suyo? -preguntó Aimee.

– En realidad lo he conocido hoy. En general, la policía del estado no me aprecia mucho, pero éste tiene un agravio permanente.

– Puede que deba subir mis honorarios. Por lo visto no le cae bien a nadie.

– Gajes del oficio. ¿Cómo vamos?

– Bien, creo, al margen de su incapacidad para mantener la boca cerrada. Supongamos que Merrick mató a Demarcian con su pistola. Supongamos que hizo él la llamada notificando la presencia de su coche. Sólo tienen la prueba balística, y ninguna relación directa con usted aparte de la caja de munición. No basta con eso para acusarle de nada, no hasta que establezcan la coincidencia balística o encuentren una huella en el casquillo. Aun así, no me imagino que el fiscal dé el visto bueno a menos que la policía presente más pruebas relacionándolo a usted con el lugar de los hechos. No les será difícil conseguir una orden para registrar su casa en busca de la caja de munición, así que puede que haya hecho bien entregándola. Si las cosas se tuercen, podría sernos útil ante el juez que haya cooperado desde el principio. Aunque si tienen la pistola, podríamos vernos en serias dificultades.

– ¿Por qué iba a dejar yo mi pistola en el lugar del crimen?

– Ya sabe que ellos no piensan lo mismo. Si eso basta para retenerlo, lo usarán. Esperaremos a ver qué pasa. Si tienen el arma, no tardarán en esgrimirla. Pero viendo lo bien que se entiende con el inspector Conlough, me inclino a pensar que la pistola se fue con Merrick.

– Golpeteó la mesa con el bolígrafo-. Según parece, a Conlough tampoco le cae muy bien Hansen.

– Conlough está bien, pero sospecho que también él me cree muy capaz de matar a alguien como Demarcian. Sólo que piensa que, si lo hubiera matado yo, habría borrado mejor mi rastro.

– Y tal vez habría esperado a que él tuviera una pistola en la mano -añadió Aimee-. Dios mío, esto es como el Salvaje Oeste.

Pasaron los minutos. Quince. Veinte. Treinta.

Aimee miró el reloj.

– ¿Qué estarán haciendo ahí fuera?

Se disponía a levantarse para averiguar qué pasaba cuando oí un ruido peculiar y a la vez conocido. Era el ladrido de un perro. Se parecía mucho a Walter.

– Creo que es mi perro -dije.

– ¿Han traído a su perro? ¿Como qué? ¿Como testigo?

Se abrió la puerta de la sala de interrogatorios y entró Conlough. Casi parecía aliviado.