Poco después de hablar con Rebecca recibí una llamada inesperada. Joel Harmon estaba al otro lado de la línea: no su secretaria, ni Todd, el chófer que sabía empuñar una pistola, sino él en persona.
– Esta mañana a primera hora alguien ha entrado por la fuerza en mi casa -dijo-. Yo he pasado la noche en Bangor, así que no estaba allí cuando ha sucedido. Todd ha descubierto la ventana rota esta mañana.
– ¿Por qué me lo cuenta, señor Harmon? -pregunté. Yo no estaba en la nómina de Joel Harmon, y aún me dolía la cabeza por efecto del cloroformo.
– Me han dejado el despacho patas arriba. Todavía no sé si se han llevado algo. Pero he pensado que quizá le interese saber que han destrozado las pinturas de Daniel Clay. No han causado daños en nada más, y los otros cuadros están intactos, pero han rajado el paisaje de Galaad.
– ¿No tiene alarma?
– Está conectada al teléfono. Han cortado la línea.
– ¿Y no había nadie en casa?
– Sólo mi mujer. -Se produjo un silencio-. Dormía y no se ha enterado.
– Eso sí que es un sueño profundo, señor Harmon.
– No se pase de listo. Ya la ha conocido. No hace falta que le diga que va empastillada hasta las cejas. No la despertaría ni el apocalipsis.
– ¿Algún indicio de quién podría haber sido?
– Habla usted como un puto abogado, ¿sabe? -exclamó. Casi oí el salivazo contra el auricular-. ¡Claro que sé quién ha sido! Ha cortado la línea del teléfono, pero una de las cámaras de seguridad de la finca lo ha captado. Ha venido la policía de Scarborough y lo ha identificado: es Frank Merrick. El mismo individuo que ha estado aterrorizando a Rebecca Clay, ¿no? Me he enterado de que es sospechoso de haberle volado los sesos a un pervertido en un camping de caravanas poco antes de entrar en la casa donde dormía mi mujer. ¿Qué demonios quiere de mí?
– Usted era amigo de Daniel Clay. Lo busca a él. Quizás ha llegado a la conclusión de que usted sabe dónde está.
– Si supiera dónde está, ya se lo habría dicho a alguien hace mucho tiempo. La pregunta es: ¿cómo ha llegado hasta mí?
– A mí me resultó muy fácil descubrir su relación con Clay. Por tanto, a Merrick no tenía por qué costarle más.
– Ya. Y entonces, ¿cómo es que la noche que vino usted a verme se vio el coche de Merrick cerca de mi casa? ¿Sabe qué creo, pedazo de imbécil? Creo que lo siguió a usted. Usted lo trajo hasta mi puerta. Usted ha puesto a mi familia en peligro, y todo por un hombre que murió hace mucho tiempo. ¡Gilipollas!
Colgué. Probablemente Harmon tenía razón, pero no me apetecía oírlo. Ya llevaba una carga lo bastante pesada y demasiadas cosas en la cabeza como para encima preocuparme por su cuadro o su ira hacia mí. Al menos los daños causados confirmaban mi sospecha de que Galaad era el destino final de Merrick. Me sentía como si me hubiera pasado una semana caminando por el barro, y lamenté el día en que Rebecca Clay me telefoneó. Ya ni siquiera sabía con seguridad qué buscaba. Rebecca me había contratado para librarla de Merrick, y ahora éste vagaba enloquecido por ahí. Ricky Demarcian había muerto, y el disparo realizado con mi pistola me convertía en culpable de asesinato. Según la policía, Demarcian tenía lazos con una red de pornografía infantil, posiblemente incluso con el suministro de mujeres y niños a los clientes. Alguien se lo había puesto en bandeja a Merrick, el cual puede que lo hubiera matado en un arrebato de rabia y encontrado así, en el asesinato de Demarcian, un desahogo conveniente a parte de su ira hacia el responsable de lo sucedido a su hija, o puede que tal vez hubiera averiguado algo a través de Demarcian antes de su muerte. En tal caso, significaba que Demarcian también era una pieza del rompecabezas, vinculada a Clay y Galaad y a los agresores sexuales con cara de pájaro; pero el hombre con el tatuaje del águila, el único medio seguro para identificar a los autores de los abusos sufridos por Andy y, al parecer, por Lucy Merrick, seguía escabulléndose. Yo ya no podía hablar con más víctimas porque estaban al amparo del secreto profesional, o por el simple hecho de que nadie sabía quiénes eran. Y seguía sin acercarme a la verdad sobre la desaparición de Daniel Clay, o el alcance de su implicación en los abusos de los que habían sido víctimas sus pacientes, pero en cualquier caso nadie me lo había pedido. Nunca me había sentido tan frustrado, ni tan desorientado en cuanto a cómo proceder.
Así que decidí meter la cabeza en la boca del león. Hice una llamada y anuncié a la mujer al otro lado de la línea que me dirigía hacia allí para ver a su jefe. No contestó, pero daba igual. El Coleccionista no tardaría en enterarse.
Cuando me presenté en el bufete de Eldritch y Asociados, el papel viejo aún llegaba a la altura de las rodillas y los asociados seguían brillando por su ausencia. También brillaba por su ausencia el propio Eldritch.
– No está -dijo la secretaria. Como en la ocasión anterior, el pelo le abultaba mucho y lo tenía muy negro, pero esta vez lucía una blusa de color azul marino con cuello blanco de volantes. Un enorme crucifijo de plata pendía de una cadena en torno a su cuello. Parecía un párroco especializado en bodas baratas para lesbianas-. Si no hubiese colgado tan deprisa, le habría dicho que era una pérdida de tiempo venir hasta aquí.
– ¿Cuándo prevé que vuelva?
– Cuando él decida volver. Soy su secretaria, no su guardiana.
Metió una hoja en la vieja máquina de escribir y empezó a mecanografiar una carta con el cigarrillo en la comisura de los labios. Había perfeccionado el arte de fumar de tal forma que sólo lo tocaba cuando no quedaba más remedio, para impedir que la ceniza suspendida de la punta se desprendiera y la mandara a reunirse con su hacedor en medio de un infierno de papel en llamas, en el supuesto de que su hacedor estuviese dispuesto a reclamarla.
– Tal vez pueda usted llamarlo y decirle que estoy aquí -sugerí después de un par de minutos de incómodo silencio.
– No usa móvil. No le gustan. Dice que dan cáncer. -Me miró con los ojos entrecerrados-. ¿Usted usa móvil?
– Sí.
– Estupendo.
Siguió mecanografiando.
Contemplé las paredes y el techo manchados de nicotina.
– Un lugar de trabajo seguro es un lugar de trabajo feliz. Puedo esperarlo.
– No, aquí no puede. Cerramos para ir a comer.
– Es un poco temprano para comer.
– Ha sido un día muy ajetreado.
Acabó de escribir a máquina y retiró con cuidado la carta. La dejó en una bandeja de alambre sobre una pila de documentos similares, ninguno de los cuales parecía tener muchas probabilidades de ser enviado. En la base de la pila, algunos ya amarilleaban.
– ¿Se deshacen alguna vez de parte de estos papeles? -pregunté señalando los montones de hojas y carpetas polvorientas.
– A veces la gente se muere -contestó-. Entonces trasladamos sus expedientes a un almacén.
– Podrían morir y ser enterrados bajo el papel sin más.
Se puso en pie y rescató de un ruinoso perchero un insulso abrigo de color verde oliva.
– Ahora tiene que irse -dijo-. Es usted demasiado gracioso para mí.
– Volveré después de comer.
– Sí, eso.
– ¿Tiene idea de cuándo será?
– No. Podría ser una comida larga.
– Estaré esperando cuando regrese.
– Ajá. No te me aceleres, corazón.
Abrió la puerta del despacho y esperó a que yo saliera antes de cerrarla con una llave de latón que llevaba en el bolso. Luego me siguió escaleras abajo y cerró con dos vueltas de llave la puerta principal antes de subir a un herrumbroso Cadillac marrón en el aparcamiento de Tulley. Yo había dejado el coche en la esquina. No parecía tener muchas opciones salvo comer algo por allí con la esperanza de que Eldritch apareciera, o desistir y marcharme a casa. Aunque Eldritch se dejara ver, mi principal razón para quedarme no era él, sino el hombre que pagaba sus honorarios. No podía obligar a Eldritch a decirme nada más sobre él. Bueno, sí, podía, pero me costaba imaginarme forcejeando con el viejo abogado para obligarlo a confesar lo que sabía. En el peor de los casos, lo veía desintegrarse en fragmentos de polvo entre mis manos, manchándome la chaqueta con sus restos.