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Y entonces me llegó, arrastrado por el viento, un penetrante tufo a nicotina. Era un olor especialmente acre, cargado de venenos, y casi sentí que las células sensoriales de mi cuerpo amenazaban con iniciar una metástasis a modo de protesta. Me volví. El tugurio de la esquina, enfrente de Tulley, estaba abierto, o al menos todo lo abierto que podía estar teniendo en cuenta las ventanas cubiertas de tela metálica y la puerta sin ventana, gastada y llena de marcas, con la parte inferior ennegrecida allí donde habían intentado prenderle fuego. Un cartel a la altura de los ojos informaba de que a todo aquel que aparentase menos de veintiún años se le exigiría demostrar su edad mediante algún documento. Alguien había modificado el «2» para que semejase un «1».

Delante había un hombre con el pelo oscuro alisado y peinado hacia atrás de tal forma que las puntas se juntaban en una masa de rizos grasientos y despeinados justo por debajo del cuello de la camisa. Ésta, en su día blanca, era ahora amarillenta, y el cuello desabrochado mostraba en la cara interior manchas oscuras que jamás desaparecerían por más que se lavase. El viejo abrigo negro tenía los bordes deshilachados, y las hebras sueltas oscilaban lentamente en la brisa como las patas de insectos moribundos. Llevaba los pantalones muy largos y arrastraba por el suelo los dobladillos, que casi ocultaban por completo los zapatos de suela gruesa. Los dedos con que aferraba el cigarrillo presentaban un intenso color amarillo en las yemas. Tenía las uñas largas y melladas, con mugre incrustada debajo.

El Coleccionista aspiró una última calada y lanzó limpiamente la colilla a una boca del alcantarillado. Retuvo el humo, como si le exprimiera hasta la última gota de nicotina, y luego lo expulsó en espiral por la nariz y las comisuras de los labios de tal modo que parecía arder por dentro. Me miró en silencio a través del humo, abrió la puerta del bar y, tras dirigirme una última mirada, desapareció dentro.

Al cabo de un momento lo seguí.

27

El interior del bar no estaba ni la mitad de mal de lo que inducía a pensar la fachada. Ahora bien, tras verlo por fuera uno esperaba encontrar dentro a niños de doce años en estado de embriaguez y pirómanos frustrados, así que no hacía falta mucho para mejorar tales expectativas. Estaba a oscuras, iluminado sólo por una serie de lámparas parpadeantes en las paredes, ya que las ventanas que daban a la calle quedaban cubiertas por tupidas cortinas rojas. A la derecha, el camarero, con una camisa asombrosamente blanca, se paseaba detrás de la larga barra. Tres o cuatro de los taburetes estaban ocupados por el habitual surtido de borrachines diurnos que, al abrirse la puerta, pestañearon indignados ante el molesto haz de luz. La barra presentaba una decoración recargada de un modo extraño y detrás, reflejando las hileras de botellas, se extendían espejos desazogados que anunciaban marcas de whisky y cerveza desaparecidas hacía mucho tiempo. El suelo era de tablas de madera, gastadas por décadas de trasiego y quemadas aquí y allá a causa de las colillas tiradas por fumadores ya muertos, pero estaba limpio y, al parecer, recién barnizado. El latón de los taburetes, el reposapiés de la barra, los colgadores para los abrigos, todo resplandecía, y las mesas, sin una mota de polvo, tenían posavasos nuevos. Era como si la fachada se hubiese diseñado deliberadamente para ahuyentar a clientes de paso, al mismo tiempo que dentro conservaba cierto grado de sofisticación, vestigio de un noble pasado.

Varios reservados se sucedían en la pared de la izquierda, y entre éstos y la barra había dispersas mesas redondas y sillas viejas. En tres de los reservados, grupos de oficinistas comían ensaladas y sándwiches club con muy buena pinta. Entre los clientes de la barra y el resto parecía existir una línea divisoria tácita, donde las mesas circulares y las sillas representaban una especie de tierra de nadie que bien podría haber estado salpicada de trampas antitanque y alambre de espino.

Delante de mí, el Coleccionista se abría paso con cuidado hacia un reservado al fondo del bar. De la cocina salió una camarera con una enorme bandeja de comida en equilibrio sobre el hombro izquierdo. Si bien no miró al Coleccionista, lo eludió con un amplio rodeo hacia la izquierda que la llevó a describir una trayectoria triangular, aproximándose primero a la barra y encaminándose luego hacia el reservado más cercano a la puerta. De hecho, nadie en el local lo miró siquiera mientras iba de un extremo a otro, y aunque yo no alcanzaba a explicármelo, si alguien me hubiera preguntado, habría dicho que todas aquellas personas hacían como si no lo vieran de manera inconsciente. Algo en ellas percibía su presencia; al fin y al cabo, tenía una copa ante él en el reservado y alguien debía de habérsela servido. Su dinero acabaría en la caja registradora. Un tenue olor a nicotina permanecería en el reservado durante un rato incluso después de marcharse él. Sin embargo, sospechaba que un minuto después de irse, si yo preguntaba por él, todos los presentes en el bar tendrían dificultades para recordarlo. La parte de su cerebro que había percibido su presencia también habría registrado como amenaza incluso el mero recuerdo de él -no, no como amenaza, sino como una especie de contaminante del alma- y se habría dispuesto rápida y eficazmente a borrar todo rastro suyo.

Sentado en el reservado, esperó a que me acercara, y tuve que resistir el impulso de darme media vuelta y alejarme 'de él hacia la luz del sol. «Fétido.» La palabra me subió a borbotones hasta la garganta como bilis. Casi sentí cómo la articulaban mis labios. «Criatura fétida.»

Y cuando llegué al reservado, el Coleccionista pronunció esa misma palabra.

– Fétido -dijo. Pareció probarla, saborearla como un alimento desconocido, sin saber si le gustaba o no. Al final se tocó la lengua manchada con los dedos amarillentos y se sacó una brizna de tabaco, como si le hubiera dado forma a la palabra y decidido expulsarla. Detrás de él, un espejo reflejaba la calva de su coronilla. La tenía ligeramente achatada, lo que inducía a pensar que en un pasado remoto había recibido tal golpe que le habían fracturado el cráneo. Me pregunté cuándo habría ocurrido; en la infancia, quizá, cuando el cráneo todavía era blando. Entonces intenté imaginar a esa criatura de niño y no pude.

Señaló el asiento frente a él indicándome que me sentara; a continuación levantó la mano izquierda y dio unos tirones al aire con los dedos, como un pescador que prueba la resistencia del cebo en el extremo del sedal. Con este gesto llamó a la camarera, y ésta se acercó al reservado despacio y de mala gana, esforzándose por esbozar una sonrisa pese a la aparente reticencia de los músculos de su cara. No miró al Coleccionista. Procuró mantener la vista fija en mí, incluso volviéndole un poco la espalda como para excluirlo de su visión periférica.

– ¿Qué desea? -preguntó. Arrugó la nariz. Tenía las yemas de los dedos blancas por donde sujetaba el bolígrafo. Mientras esperaba mi respuesta, desvió un poco la mirada y la cabeza hacia la derecha. La sonrisa, que pugnaba por seguir viva, empezó a agonizar. El Coleccionista, con la mirada clavada en su nuca, sonrió. Una expresión ceñuda surcó la frente de la camarera. Se apartó el pelo distraídamente. El Coleccionista movió la boca emitiendo una palabra insonora. Yo la leí en sus labios.

«Puta.»

La camarera también movió los labios, formando la misma palabra: «Puta». Después sacudió la cabeza intentando expulsar el insulto como a un insecto que se le hubiera introducido en la oreja.