– Parece que Eldritch tenía razón. Merrick se ha descontrolado.
El Coleccionista lo admitió con un chasquido de la lengua.
– Eso parece. Aun así, todavía no descarto la posibilidad de que me
lleve hasta ellos. Pero por el momento hemos dejado de ayudarlo en su búsqueda. Eldritch ya se ha visto sometido a preguntas incómodas por parte de la policía. Eso lo molesta. Ha tenido que abrir un expediente nuevo y, pese a su amor por los papeles, ya tiene expedientes de sobra. A Eldritch le gustan… las cosas viejas.
Saboreó las palabras, como si se enjuagara la boca con ellas.
– ¿Busca usted a Daniel Clay?
El Coleccionista esbozó una sonrisa taimada.
– ¿Por qué habría de buscar a Daniel Clay?
– Porque varios niños pacientes suyos sufrieron abusos sexuales. Porque es posible que la información que condujo a esos abusos procediera de él.
– Y cree que si lo busco, debe de ser culpable, ¿no es así? Pese a lo mucho que le desagrado, da la impresión de que quizá confía en mi criterio.
Tenía razón. Me inquietó tomar conciencia de ello, pero en esencia su afirmación era una verdad incuestionable. Por alguna razón, yo creía que si Clay era culpable, el Coleccionista estaría buscándolo.
– La pregunta sigue ahí: ¿lo busca?
– No -respondió el Coleccionista-. No lo busco.
– ¿Porque no estuvo implicado, o porque ya sabe dónde está?
– Eso es revelar demasiado. ¿Quiere que haga todo el trabajo por usted?
– ¿Y ahora qué?
– Quiero que deje en paz a Eldritch. Él no sabe nada que le sea de utilidad, y aunque lo supiera no se lo diría. Por cierto, deseo expresarle lo mucho que lamento lo ocurrido entre Merrick y usted. No fue obra mía. Por último, quería decirle que, en este caso, trabajamos en la misma dirección. Quiero identificar a esos hombres. Quiero saber quiénes son.
– ¿Por qué?
– Para que reciban su merecido…-Los tribunales se ocuparán de eso.
– Yo rindo cuentas ante un tribunal superior.
– No se los entregaré.
Se encogió de hombros.
– Tengo mucha paciencia. Puedo esperar. Sus almas están condenadas. Eso es lo único que importa.
– ¿Qué ha dicho?
Trazó unas formas en la mesa. Parecían letras, pero de un alfabeto desconocido para mí.
– Ciertos pecados son tan horribles que no hay perdón para ellos. El alma está perdida. Regresa a Aquel que la creó, para que Él disponga de ellas a su voluntad. Lo único que queda es un cascarón vacío, la conciencia caída en desgracia.
– Hueco -dije, y me pareció que algo en la oscuridad reaccionaba a esa palabra, como un perro al oír su nombre en labios de un desconocido.
– Sí -dijo el Coleccionista-. Es una palabra muy acertada.
Miró alrededor, observando aparentemente el local y a los clientes, pero en realidad no se fijó en las personas ni en los objetos sino en el espacio que quedaba entre ellos, detectando movimiento donde sólo tenía que haber quietud, figuras sin forma verdadera. Cuando volvió a hablar, cambió de tono. Parecía pensativo, casi pesaroso.
– ¿Y quién ve esas cosas, si es que existen? -preguntó-. Niños sensibles, quizás, abandonados por sus padres y temerosos por sus madres. Santos inocentes en sintonía con esas cosas. Pero usted no es ni lo uno ni lo otro. -De repente volvió la mirada hacia mí y me observó con expresión ladina-. ¿Por qué ve lo que otros no ven? Si yo estuviera en su piel, esas cosas me preocuparían.
Se lamió los labios, pero no se le humedecieron porque tenía la lengua seca. Se le veían muy agrietados en algunas partes, los cortes parcialmente cicatrizados de un rojo más oscuro en contraste con el rosa.
– Hueco. -Repitió la palabra alargando la última sílaba-. ¿Es usted un hombre hueco, señor Parker? Al fin y al cabo, Dios los cría y ellos se juntan. Un candidato adecuado podría encontrar un lugar entre ellos. -Sonrió y se le abrió uno de los cortes en el labio inferior. Una perla roja de sangre asomó fugazmente antes de entraren su boca-. Pero no, a usted le falta… espíritu, y es posible que otros se adapten mejor al papel. Por sus obras los conoceremos.
Se puso en pie y dejó un billete de veinte dólares en la mesa para pagar su copa. Olía a Jim Beam, pero había permanecido intacta durante toda la conversación.
– Una propina generosa para nuestra camarera -comentó-. Al fin y al cabo, usted parece creer que se lo ha ganado.
– ¿Sólo busca a esos hombres? -pregunté. Quería saber si había más y si, quizás, yo estaba entre ellos.
Ladeó la cabeza, como una urraca distraída por un objeto brillante a la luz del sol.
– Yo siempre busco -contestó-. Hay tantas personas de las que ocuparse. Tantas.
Empezó a alejarse.
– Puede que volvamos a vernos, para bien o para mal. Casi es hora de ponerse en marcha, y me inquieta un poco la idea de que acaso usted decida ir pisándome los talones. Lo ideal sería que encontráramos una manera de coexistir en este mundo. Estoy convencido de que es posible llegar a un acuerdo, hacer un trato.
Se dirigió hacia la puerta y las sombras lo siguieron por las paredes. Las vi en el espejo, manchurrones blancos sobre el negro, tal como había visto la cara de John Grady en otro tiempo, gritando en protesta por su condena eterna. Sólo cuando se abrió la puerta y la luz del sol volvió a invadir brevemente el local, vi el sobre que el Coleccionista había dejado en el asiento delante de mí. Lo cogí. Era fino y no estaba cerrado. Lo abrí y miré dentro. Contenía una foto en blanco y negro. La saqué y la puse sobre la mesa cuando se cerró la puerta a mis espaldas, de modo que sólo la luz parpadeante iluminaba la fotografía de mi casa bajo un cielo nublado, con aquellos dos hombres de pie junto a mi coche en el camino de entrada, uno alto, negro y de aspecto severo, el otro, más bajo, sonriente y desgreñado.
Contemplé la imagen por un momento. Luego la guardé otra vez en el sobre y me lo metí en el bolsillo de la chaqueta. Por la puerta de la cocina salió la camarera. Tenía los ojos enrojecidos. Me miró y sentí el aguijón de su vergüenza. Me marché del bar, dejé a Eldritch y su secretaria en su bufete, lleno de papeles viejos y nombres de muertos. Los dejé a todos y no volví.
Mientras yo me dirigía en coche hacia el norte, Merrick siguió con lo suyo. Se acercó a la casa de Rebecca Clay. Más tarde, cuando todo acabó en sangre y pólvora, un vecino recordaría haberlo visto allí, pero de momento pasó inadvertido. Era un don que tenía, la habilidad de confundirse con su entorno cuando era necesario, de no llamar la atención. Vio a los dos hombres corpulentos en su enorme furgoneta, y el coche del tercer hombre aparcado detrás de la casa. En el coche no había nadie, lo que significaba que probablemente el hombre estaba dentro de la casa. Merrick tenía la seguridad de que podía eliminarlo, pero habría ruido y atraería a los otros dos. Tal vez sería capaz de matarlos a ellos también, pero el riesgo era excesivo.
Optó, pues, por la retirada. Al volante de un nuevo coche, robado en el garaje de una casa de veraneo en Higgins Beach, fue hasta un almacén de un ruinoso polígono industrial cerca de Westbrook. Allí encontró a Jerry Legere trabajando solo. Le puso mi pistola en la boca y le comunicó que, cuando la apartase, debía decirle todo lo que su ex mujer le había contado sobre su padre, y todo lo que sabía o sospechaba sobre los incidentes previos a la desaparición de Daniel Clay, o, si no, le volaría la tapa de los sesos. Legere, convencido de que moriría, le habló a Merrick de su mujer, la muy puta. Le endilgó una sarta de fantasías: mentiras y mentiras a medias, falsedades medio creídas y verdades que valían menos que las mentiras.
Pero Merrick no averiguó nada útil a través de él, y no mató al ex marido de Rebecca Clay, porque Legere no le dio motivos para ello. Merrick se marchó en su coche tras dejar a Legere tumbado en el suelo, llorando de vergüenza y alivio.