Y el hombre que observaba desde el bosque lo vio todo y empezó a hacer llamadas.
28
Me dirigía hacia el norte por la Interestatal 95 cuando sonó el teléfono. Era Louis. Al llegar a Scarborough se encontró con que un coche desconocido esperaba en el camino de acceso a mi casa. Después de un par de llamadas, ya no era desconocido.
– Tienes visita -anunció.
– ¿Alguien que conocemos?
– No a menos que planees invadir Rusia.
– ¿Cuántos?
– Dos.
– ¿Dónde?
– Sentados descaradamente en tu jardín. Por lo visto, en ruso no existe la palabra «sutil».
– No les quites el ojo de encima. Te avisaré en cuanto salga de la Carretera 1.
Ya suponía que tarde o temprano vendrían a hacer preguntas. No podían dejar pasar la muerte de Demarcian sin que mi nombre saliera a relucir y sin que fuera objeto de una investigación. Simplemente había albergado la esperanza de haberme marchado antes de que llegasen.
No sabía gran cosa sobre los rusos, excepto lo poco que me había contado Louis en el pasado y lo que había leído en los periódicos. Sabía de su gran influencia en California y Nueva York, donde los principales grupos permanecían en contacto con sus colegas de Massachusetts, Chicago, Miami, Nueva Jersey y otra docena de estados, así como con los de Rusia, para constituir lo que, de hecho, era un enorme sindicato del crimen. Como las propias mafias independientes, parecía poco estructurado, con una escasa organización aparente, pero se creía que eso era una treta para despistar a los investigadores y dificultarles la infiltración en el sindicato. Los soldados de a pie estaban separados de los jefes por estratos intermedios, de modo que quienes se ocupaban de las drogas y la prostitución a nivel callejero prácticamente ignoraban dónde acababa el dinero que ganaban. Es probable que Demarcian apenas hubiese podido decirle algo a Merrick sobre los hombres con quienes trataba más allá de los nombres de pila, y éstos ni siquiera debían de ser auténticos.
Por otra parte, los rusos parecían aceptar que otros se ocuparan del narcotráfico a gran escala, aunque se decía que habían entablado lazos con los colombianos. Preferían sobre todo las estafas a las aseguradoras, la usurpación de identidades, el blanqueo de dinero y el fraude fiscal en la venta de combustible, la clase de complejos delitos difíciles de detectar y enjuiciar para las autoridades. Me pregunté cuántos clientes de las webs porno de Demarcian eran conscientes de a quiénes revelaban los datos de sus tarjetas de crédito.
Me imaginé que sólo pretendían hacer preguntas. Si hubiesen venido por alguna razón más seria, no habrían sido tan tontos de aparcar en el camino de acceso y esperar a que yo llegase. Por otro lado, eso presuponía que les traía sin cuidado que alguien se fijase en el coche, o incluso la presencia de posibles testigos. Los rusos no auguraban nada bueno. Se decía que cuando la Unión Soviética se vino abajo, los italianos enviaron a unos cuantos hombres a Moscú para estudiar las posibilidades de instalarse por la fuerza en el mercado naciente. Echaron un vistazo a lo que ocurría en las calles y se volvieron derechos a casa. Por desgracia, los rusos los siguieron y se unieron a la mafia de Odessa que actuaba en Brighton Beach desde mediados de los setenta, y en el presente los italianos a veces casi parecían escrupulosos en comparación con los recién llegados. Resultaba irónico, pensé, que en último extremo lo que trajo a los rusos a nuestra puerta no fuese el comunismo, sino la fe en el capitalismo. Joe McCarthy debía de estar revolviéndose en su tumba.
Llegué a Scarborough cuarenta minutos después y avisé a Louis por teléfono al pasar por Oak Hill. Me pidió que le diera cinco minutos, así que seguí adelante manteniendo una velocidad de cincuenta kilómetros por hora. Vi el coche en cuanto doblé la curva. Era un enorme Chevrolet 4x4 negro, el tipo de vehículo que normalmente conducían personas que llorarían si se les ensuciaba de verdad. Como para confirmar el estereotipo, el Chevrolet estaba impecable. Después de pasar por delante de mi casa cambié de sentido y aparqué detrás del Chevrolet, en posición transversal, con la puerta del acompañante de ese lado, interceptándole el paso si intentaba salir del camino. Era más grande que el Mustang, y si tenía suficiente potencia marcha atrás, tal vez conseguirían apartar mi coche, pero entonces probablemente se destrozaría la parte trasera de su vehículo. Por lo visto nadie había pensado aún en dotar de protectores traseros a los 4x4, aunque seguramente era sólo cuestión de tiempo. Las dos puertas delanteras del Chevrolet se abrieron y salieron dos hombres. Vestían con la habitual elegancia del matón: cazadoras de cuero negras, vaqueros negros y jerséis negros. Uno de ellos, un hombre calvo con la constitución propia de una muestra arquitectónica del bloque del Este, se llevaba la mano al interior de la cazadora para sacar su arma cuando una voz detrás de él pronunció una sola palabra:
– No.
El ruso se quedó inmóvil. Louis se hallaba a la sombra de la casa, con la Glock en la mano enguantada. Los visitantes se hallaban atrapados entre nosotros dos. Permanecí donde estaba, con mi 9 milímetros desenfundada y apuntándolos.
– Saca la mano de la cazadora -ordené al ruso calvo-. Despacio. Cuando salga, más vale que en tus dedos sólo vea las uñas.
El ruso obedeció. Su compañero ya había levantado las manos. Salí de detrás del coche y avancé hacia ellos.
– Al suelo -dijo Louis.
Obedecieron. A continuación, Louis los cacheó mientras yo los mantenía encañonados. Iban armados con sendas semiautomáticas Colt de 9 milímetros. Louis extrajo los cargadores de las armas y luego comprobó que no llevasen ninguno de reserva. Una vez se hubo asegurado de que estaban vacías, tiró los cargadores entre los matorrales y retrocedió hasta hallarse a una distancia de un par de metros de los dos hombres.
– Arriba, de rodillas -ordené-. Las manos detrás de la cabeza.
Se arrodillaron con cierta dificultad y me miraron con rabia.
– ¿Quiénes sois? -pregunté.
No contestaron.
– Shestyorki -dijo Louis-. Eso sois, ¿no? Mensajeros.
– Niet -respondió el calvo-. Boyeviki.
– Boyeviki, y una mierda -dijo Louis-. Dice que son soldados. Supongo que hoy día no es fácil conseguir personal de calidad. Éste ni siquiera sabe contestar a una pregunta en inglés. ¿Qué os ha pasado? ¿Os caísteis del barco y os dejaron atrás?
– Yo hablo inglés -dijo el ruso-. Yo hablo bien el inglés.
– ¿No me jodas? -repuso Louis-. ¿Qué quieres? ¿Una medalla? ¿Una estrella de oro?
– ¿Qué habéis venido a hacer aquí? -pregunté, aunque ya lo sabía.
– Razborka -contestó-. Queremos…, esto… -Buscó la palabra en inglés-. Una aclaración.
– Pues os daré una aclaración -dije-. No me gusta ver a hombres armados en mi propiedad. Si os pego un tiro ahora, ¿creéis que sería una aclaración suficiente para vuestros jefes?
El pelirrojo miró a su compañero y luego habló.
– Si nos matas, las cosas se pondrán peor. Hemos venido para hablar de Demarcian. -Tenía un inglés mejor que el de su compañero, sólo con un ligerísimo acento. Saltaba a la vista que mandaba él, aunque no le había importado ocultarlo hasta que se puso de manifiesto que su amigo calvo no estaba a la altura de aquella negociación.
– No sé nada de él, salvo que está muerto.
– La policía te interrogó. Corre el rumor de que lo mataron con tu pistola.
– Me robaron la pistola -contesté-. No tengo la certeza de que la usaran para matar a Demarcian. Supongo que es lo más probable, pero no ando prestándola para cometer asesinatos. El hombre que se la llevó la quería a toda costa.
– Ha sido un descuido por tu parte perder el arma -comentó el ruso.