Tuve la sensación de que el paisaje eran capas dispuestas una sobre otra, el pasado sobre el presente. Los ríos y los bosques apenas podían separarse de su historia; allí apenas se distinguía entre lo del presente y lo del pasado. Era un lugar donde los fantasmas de los soldados muertos atravesaban los bosques, un lugar donde los apellidos de las familias habían permanecido inalterados, donde la gente conservaba aún la tierra que habían comprado sus tatarabuelos con monedas de oro y plata, un lugar donde los viejos pecados persistían, ya que no se habían producido grandes cambios que borrasen su recuerdo.
Así que ésa era la tierra que había atravesado el ejército de Arnold, equipados los soldados con fusiles, hachas y cuchillos. Ahora otras bandas de hombres armados deambulaban por ese paisaje, añadiendo su clamor al espeluznante silencio del invierno, manteniéndolo a raya con el rugido de sus armas y el gruñido de las furgonetas y los quads con los que se adentraban en ese medio agreste. El bosque era un hervidero de imbéciles vestidos de naranja, ejecutivos de Massachusetts y Nueva York que se tomaban un respiro del campo de golf para acribillar a tiros a alces y osos y ciervos, guiados por lugareños que agradecían el dinero que gastaban los forasteros y a la vez sentían resentimiento por el hecho de necesitarlo para sobrevivir.
Sólo hicimos un alto en el camino, en una casa que era poco más que una choza, con tres o cuatro habitaciones, las ventanas sucias y el interior oculto por cortinas baratas. La mala hierba invadía el jardín. Una puerta del garaje abierta revelaba herramientas oxidadas y pilas de leña. No había ningún coche, porque una de las condiciones de la libertad condicional de Mason Dubus era que no estaba autorizado a conducir vehículos.
Louis esperó fuera. Creo que, quizá, la compañía de Dubus le habría resultado insoportable, porque Dubus era un hombre como los que habían abusado de su querido Ángel, y una de las cosas que Louis más lamentaba era no haber tenido oportunidad de castigar a aquellos que habían dejado tales cicatrices en el alma de su amante. Así que, apoyado contra el coche, me observó en silencio cuando la puerta se entreabrió, sujeta por una cadena, y asomó el rostro de un hombre. Tenía la piel amarilla y los ojos legañosos. Su única mano visible temblaba de manera incontrolable.
– ¿Sí? -dijo con voz sorprendentemente firme.
– Señor Dubus, me llamo Charlie Parker. Creo que ya lo han llamado para informarle de que querría hablar con usted.
Entornó los ojos.
– Es posible. ¿Tiene…? ¿Cómo se llama? ¿Un documento de identidad? ¿Una licencia o algo así?
Le mostré mi licencia de investigador privado. La cogió y se la acercó a la cara. Después de examinarla palabra por palabra me la devolvió. Miró por detrás de mí a donde estaba Louis.
– ¿Quién es ese otro hombre?
– Un amigo.
– Va a coger frío ahí fuera. Puede pasar, si quiere.
– Creo que prefiere esperar donde está.
– Allá él. Que no diga que no lo he invitado.
La puerta se cerró por un momento y oí el tintineo de la cadena de seguridad al desengancharla. Cuando volvió a abrir, tuve ocasión de ver a Dubus claramente. Aunque encorvado por la edad y las enfermedades, y por los años en la cárcel, todavía se advertía en él un vestigio del hombre grande y fuerte que fue en otro tiempo. Llevaba la ropa limpia y bien planchada. Vestía pantalón oscuro, camisa de rayas azules y una corbata rosa con el nudo apretado. Despedía un aroma a colonia antigua, mezcla de sándalo e incienso. El interior de la casa desmentía cualquier primera impresión producida por el exterior. El suelo de madera resplandecía, y el aire olía a cera de muebles y ambientador. Un pequeño estante en el pasillo contenía libros de bolsillo, y en lo alto se veía un teléfono antiguo con disco giratorio. Por encima, clavado a la pared, colgaba un ejemplar de los «Desiderata», una especie de plan en doce pasos para aquellos que sufren las duras pruebas de la vida moderna. Adornaban el resto de las paredes reproducciones de pinturas en marcos baratos -algunas modernas, algunas mucho más antiguas, y en su mayor parte desconocidas para mí-, aunque saltaba a la vista que las imágenes habían sido elegidas cuidadosamente.
Seguí a Dubus a la sala de estar. También allí estaba todo limpio, pese a que los muebles, viejos y gastados, procedían de tiendas de segunda mano. En un televisor pequeño colocado sobre una mesa de pino daban una telecomedia. Allí pendían más reproducciones en las paredes, así como un par de originales, ambos de paisajes. Uno de ellos me resultó familiar. Me acerqué para examinarlo con más detenimiento. De lejos parecía un bosque, una hilera de árboles verdes con una puesta de sol roja de fondo, pero entonces advertí que uno de los árboles se elevaba por encima de los demás y tenía una cruz en el punto más alto. En el ángulo inferior derecho constaba la firma de Daniel Clay. Era Galaad.
– Me lo regaló él -dijo Dubus. Estaba de pie en el lado opuesto de la sala, manteniendo la distancia entre nosotros. Debía de ser un hábito contraído en sus tiempos en la cárcel; allí uno aprendía a dejar espacio a los demás, pese a ser un lugar tan restringido, o debía atenerse a las consecuencias.
– ¿Por qué?
– Por hablarle de Galaad. ¿Le importa que nos sentemos? Enseguida me canso. Tengo que medicarme. -Señaló unos frascos de pastillas en la repisa de la chimenea, donde tres troncos crepitaban y chisporroteaban-. Me adormecen.
Me senté en el sofá frente a él.
– Si quiere café, puedo prepararlo. -Gracias, pero no hace falta.
– De acuerdo.
Tamborileó con los dedos en el brazo del sillón mientras se le iban los ojos hacia el televisor. Por lo visto, lo había interrumpido mientras veía algún programa. Finalmente pareció resignarse al hecho de que no iba a poder verlo en paz, pulsó un botón del mando a distancia y la imagen se desvaneció.
– ¿Y bien? ¿Qué quiere saber? -preguntó-. De vez en cuando viene gente por aquí: estudiantes, médicos. No puede preguntarme nada que no me hayan preguntado ya un centenar de veces.
– Me gustaría saber de qué habló con Daniel Clay.
– De Galaad -respondió-. No hablo de nada más. Antes me hacían pruebas, me daban fotos y cosas así, pero ya no. Supongo que creen que ya saben todo lo que necesitan saber sobre mí.
– ¿Y lo saben?
La nuez de Adán se le desplazó visiblemente. Oí el sonido que produjo en el fondo de su garganta. Me observó por un momento, hasta que pareció tomar una decisión.
– No, no lo saben -contestó-. Han oído todo lo que pueden oír. No piense que usted oirá más que ellos.
– ¿Qué interés tenía Clay en Galaad? -pregunté. No quería que Du-bus se negase a cooperar. Puede que estuviera aletargado por la medicación, pero conservaba la cabeza clara.
– Quería saber qué había ocurrido. Se lo expliqué. No omití nada. No tengo nada que esconder. No me avergüenzo de lo que hicimos juntos. Todo fue… -contrajo el rostro en una expresión de disgusto malinterpretado, entendido erróneamente. Lo presentaron como algo distinto de lo que fue.
«Lo que hicimos juntos», como si se tratara de una decisión tomada entre los adultos y los niños, tan natural como ir de pesca o a coger moras en verano.
– Murieron niños, señor Dubus.
Asintió con la cabeza.
– Eso no estuvo bien. No tenía que haber sucedido. Aunque eran bebés, y aquí corrían tiempos difíciles. Puede que incluso fuese una bendición lo que les pasó.