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– Según tengo entendido, uno murió por las heridas causadas con una aguja de punto. Eso es una manera muy curiosa de definir una bendición.

– ¿Acaso me está juzgando, caballero? -Me miró con los ojos entrecerrados, y dio la impresión de que el temblor de las manos era un vano esfuerzo por controlar la ira.

– Eso no me corresponde a mí.

– Exacto. Por eso me llevaba bien con el doctor Clay. Él no me juzgaba.

– ¿Le habló alguna vez el doctor Clay de los niños a los que trataba?

– No. -Algo desagradable dio vida a sus facciones por un instante-. Intenté sonsacarle, eso sí. Pero no picó. -Dubus dejó escapar una risa burlona.

– ¿Cuántas veces vino aquí?

– Dos o tres, que yo recuerde. También me visitó en la cárcel, pero allí sólo una vez.

– Y fue todo muy formal. Lo entrevistó, y usted habló.

– Exacto.

– Y sin embargo le regaló un cuadro suyo. Me han dicho que no regalaba sus cuadros a cualquiera, que era muy selectivo.

Dubus se revolvió en el sillón. La nuez de Adán empezó a agitarse otra vez en su cuello, y me acordé del obsesivo jugueteo de Andy Kellog con el diente suelto. Ambos eran señales de tensión.

– Puede que mis explicaciones le fueran útiles. Puede que no me viera como un monstruo. Lo he detectado en la cara de su amigo ahí fuera, y lo he detectado en la suya al abrir la puerta. Ha intentado disimularlo con cortesía y buenos modales, pero yo he sabido lo que usted pensaba. Y luego ha entrado aquí y ha visto los cuadros en la pared, y lo limpio y ordenado que está todo. No me revuelco en la mugre, no apesto ni visto ropa sucia y rota. ¿Cree que quiero que la casa, por fuera, tenga el aspecto que tiene? ¿No cree que me gustaría pintarla, repararla un poco? Pues no puedo. Hago lo que es posible aquí dentro, pero nadie está dispuesto a ayudar a un hombre como yo a mantener su casa cuidada. Ya pagué por lo que dijeron que hice, pagué con años de mi vida, y van a hacerme pagar hasta que muera, pero no pienso darles la satisfacción de degradarme. Quien quiera monstruos, que busque en otro sitio.

– ¿Era Daniel Clay un monstruo?

La pregunta pareció sumirlo en el silencio. Luego, por segunda vez, detrás de aquella fachada marchita, vi en funcionamiento su inteligencia, esa esencia espeluznante, repulsiva y corrupta que le había permitido hacer lo que había hecho, y justificarlo para sí. Pensé que tal vez fuera eso lo que los niños de Galaad habían vislumbrado cuando se acercaba a ellos y les tapaba la boca con la mano para ahogar sus gritos.

– Tiene usted sus sospechas sobre él, como los demás -dijo Dubus-. Quiere que yo le diga si son verdad, porque si él y yo hubiéramos compartido algo así, si los dos hubiéramos tenido los mismos gustos, quizás yo lo habría sabido, o él se habría abierto conmigo. Porque si eso es lo que piensa, señor Parker, es usted un imbécil. Es usted un imbécil y algún día morirá por su imbecilidad. Yo no tengo tiempo para hablar con imbéciles. ¿Por qué no se marcha ya? Coja esa carretera de ahí fuera, porque sé adónde va. Podría ser que encontrara la respuesta en Galaad. Allí es donde Daniel Clay encontró la respuesta a sus preguntas. Sí, claro que sí, encontró lo que buscaba allí, pero ya nunca más volvió. Más vale que se ande con cuidado, o tampoco volverá usted. Se le mete a uno en el alma, el viejo Galaad.

Había desplegado una amplia sonrisa, el guardián de la verdad de Galaad.

– ¿Conoce a un tal Jim Poole, señor Dubus?

Parodió un estado de profunda reflexión.

– Pues, ¿sabe?, creo que sí. Era un imbécil, como usted.

– Desapareció.

– Se perdió. Se lo llevó Galaad.

– ¿Eso piensa?

– Lo sé. Da igual dónde esté, o si está vivo o muerto; es un prisionero de Galaad. Si usted pone los pies en Galaad, estará perdido. -Volvió la mirada hacia su interior. Dejó de parpadear-. Se habló de que llevamos el mal a ese lugar, pero ya estaba allí -dijo, y se advirtió cierto asombro en su voz-. Lo sentí en cuanto llegué allí. El viejo Lumley eligió un mal sitio para su refugio. El suelo estaba envenenado, y nosotros también nos envenenamos. Cuando nos fuimos, el bosque, o algo bajo él, lo recuperó.

Dejó escapar una risotada breve y enfermiza.

– Demasiado tiempo solo -dijo-. Demasiado tiempo para dar vueltas a las cosas.

– ¿Qué era el Proyecto, señor Dubus?

La sonrisa se apagó.

– El Proyecto. El Hobby. El Juego. Todo significa lo mismo.

– Los abusos a menores.

Negó con la cabeza.

– Puede llamarlo así, pero eso es porque no lo entiende. Es algo hermoso. Eso es lo que intento explicar a quienes vienen aquí, pero no me escuchan. No quieren saberlo.

– ¿Le escuchó Daniel Clay?

– Él era distinto. Él lo entendió.

– ¿Qué entendió?

Pero Dubus no contestó.

– ¿Sabe dónde está Daniel Clay? -pregunté.

Se inclinó.

– ¿Quién sabe adónde van los muertos? -repuso-. Vaya al norte y quizá lo averigüe. Empieza mi programa.

Volvió a pulsar el mando a distancia, ajustó el sonido y el televisor cobró vida. Se volvió en su sillón, ya sin mirarme. Salí.

Y mientras nos alejábamos en el coche, vi moverse las cortinas en la ventana de Dubus. Levantó una mano en un gesto de despedida, y supe que en aquella casa limpia y ordenada el viejo se reía de mí.

En los días posteriores, la policía intentaría reconstruir la sucesión de acontecimientos, relacionar un cuerpo con otro, contactos con asesinatos. Durante las últimas horas de su vida, Dubus hizo dos llamadas telefónicas, las dos al mismo número. Después de muerto encontrarían el teléfono móvil junto a su cuerpo. Lo había tenido oculto bajo una tabla suelta debajo de la cama, y para desalentar a sus supervisores de buscar allí, lo tapaba con un orinal medio lleno, cuyo hedor bastaba para asegurar que ningún vigilante quisquilloso se atrevería a mirar allí, aunque a un observador atento le habría llamado la atención que, en una casa por lo demás inmaculada, aquél fuera el único lugar donde el sentido del orden de Dubus parecía haber sucumbido. El teléfono era de prepago y lo habían comprado en un supermercado el mes anterior, pagando en efectivo. No era, supuso la policía, la primera vez que alguien ayudaba de esa manera a Dubus a sortear las restricciones en el uso del teléfono.

Dubus hizo la penúltima llamada de su vida minutos después de que Louis y yo nos marcháramos; luego, cabe suponer, volvió a guardar el teléfono en su escondrijo y siguió viendo la televisión. Pasaron los segundos, en una cuenta atrás hasta el momento en que Mason Dubus abandonara este mundo e hiciera frente a la justicia superior que espera a todos los hombres.

Pero eso aún estaba por venir. De momento, la luz del día había desaparecido. No había luna. Seguimos adelante casi sin hablar. La música sonaba a bajo volumen. En el estéreo del coche, los National cantaban sobre palomas en el cerebro y halcones en el corazón, y yo pensé en los hombres con cabeza de pájaro.

Y a su debido tiempo llegamos a Jackman, y la vieja Galaad se metió en nuestras almas.

Quinta parte

La venganza se revela como su

propio verdugo.

John Ford, The Broken Heart

30

A menudo se dice que existen dos Maines. Está el Maine de los veraneantes, el Maine de los rollos de langosta y el helado, de los yates y los clubes náuticos, un Maine que ocupa una franja bien definida del litoral -hasta Bar Harbor por el norte-, llena de grandes esperanzas y unos precios inmobiliarios en consonancia, excepto por aquellas poblaciones sin la buena presencia o la buena suerte de atraer los dólares de los turistas, o aquellas que han visto apagarse y morir sus industrias y han quedado aisladas en medio de tanta prosperidad. El resto de Maine alude con desdén a los habitantes de esta región tildándoles de «llaneros» o, en momentos incluso más sombríos, los rechazan por completo llamándolos habitantes del «norte de Massachusetts».