El grandullón se volvió. Su compinche ya había retrocedido dejando espacio a Louis en la barra.
– ¿Qué tal? -dijo Louis, que había entrado en el bar poco después que yo y había adivinado lo que ocurría igual de deprisa. Ahora yo estaba a su lado, pero no cabía duda de que él era la atracción principal.
Los dos hombres examinaron a Louis y sopesaron sus opciones.
Ninguna de ellas pintaba bien. Al menos una implicaba grandes dolores. El macho alfa tomó una decisión, prefiriendo perder un poco de dignidad en lugar de algo que acaso resultara terminal.
– Bien, bien -respondió.
– Pues entonces todos contentos -dijo Louis.
– Eso parece.
– Diría que están a punto de servir la cena.
– Sí, diría que sí.
– Más vale que os pongáis en marcha, pues, no vaya a ser que os quedéis sin vituallas.
– Ya.
Intentó escabullirse rodeando a Louis, pero topó con su amigo regordete, que no se había movido, y se vio obligado a apartarlo de un codazo. Tenía el rostro rojo por la humillación. Su amigo se arriesgó a dirigir una mirada más a Louis y luego se alejó al trote detrás del calvo.
– No está mal este lugar que has elegido para alojarnos -le indiqué a Ángel-. Quizás un poco pasado de testosterona, y podrías tener problemas para llenar tu carnet de baile, pero es muy acogedor.
– Habéis tardado un huevo en llegar -protestó Ángel-. Aquí de noche no hay gran cosa que hacer, ¿sabéis? Y cuando anochece es como si alguien pulsara un interruptor. Ni siquiera hay televisor en la habitación.
Pedimos hamburguesas y patatas fritas y, tras decidir no reunirnos con los grupos de cazadores en la sala contigua, nos sentamos a una mesa junto a la barra.
– ¿Has averiguado algo? -pregunté a Ángel.
– He averiguado que nadie quiere hablar de Galaad, eso he averiguado. Lo máximo que he conseguido se lo he sacado a unas viejecitas que cuidan el cementerio. Según ellas, lo que queda de Galaad es ahora propiedad privada. Lo compró un tal Caswell hará quince años, junto con otras veinte hectáreas de bosque alrededor. Él vive cerca. Siempre ha vivido cerca. No recibe muchas visitas. No es un rotario. Me he acercado hasta allí. Había un cartel y una verja con un candado. Por lo visto no le gustan los cazadores, ni los intrusos, ni los vendedores.
– ¿Ha estado Merrick aquí?
– Si ha estado, nadie lo ha visto.
– Quizá Caswell sí.
– Sólo hay una manera de saberlo.
– Sí.
Observé a los cazadores mientras comían y localicé a los dos hombres que se habían metido con Ángel. Estaban sentados en un rincón, ajenos a los demás. El grandullón seguía rojo. Aquello estaba lleno de armas, y a eso se unía un público muy macho. No era una buena situación.
– ¿Y esos amigos tuyos de la barra? -pregunté.
Ángel asintió.
– Phil y Steve. De Hoboken.
– Creo que sería una buena idea mandarlos a tomar viento.
– Será un placer -dijo Ángel.
– A propósito, ¿cómo sabes sus nombres?
Ángel se llevó las manos a los bolsillos de la cazadora. Las sacó con dos billeteros.
– Los viejos hábitos…
El complejo estaba construido en una hondonada, con el bar y el edificio de recepción en la parte alta, junto a la carretera, y las habitaciones y cabañas al pie de la pendiente. No resultó difícil averiguar dónde se alojaban los dos homófobos, ya que cada huésped debía llevar su llave prendida de un círculo de madera, un anillo de un tronco de árbol pequeño. Mientras provocaban a Ángel, tenían la llave en la barra delante de ellos. Ocupaban la cabaña número catorce.
Dejaron la mesa un cuarto de hora después de acabar de cenar. Por entonces, Ángel y Louis ya se habían ido. Al pasar por mi lado camino de la puerta, ninguno de los dos hombres me miró, pero sentí cómo ardían de ira. Habían bebido siete pintas de cerveza entre los dos durante y después de la cena, y era sólo cuestión de tiempo que decidieran buscar la manera de resarcirse por la derrota sufrida en la barra.
Al anochecer, la temperatura había descendido drásticamente. En los lugares a la sombra, la escarcha de esa mañana aún no se había fundido. Los dos hombres volvieron a toda prisa a su cabaña, el grandullón en cabeza, el más bajo y barbudo detrás. Al entrar se encontraron con que alguien les había desmontado los rifles de caza y esparcido las piezas por el suelo. Las bolsas de viaje estaban al lado de las armas, listas y cerradas.
Justo a su izquierda se encontraba Louis. Ángel se había sentado a la mesa al lado de la estufa. Phil y Steve de Hoboken miraron a los dos hombres de arriba abajo. Phil, el más grande y agresivo, parecía a punto de decir algo cuando vio las pistolas en las manos de los dos visitantes. Cerró la boca.
– ¿Sabéis que no existe la cabaña número trece? -preguntó Ángel.
– ¿Cómo? -dijo Phil.
– He preguntado si sabéis que no existe la cabaña número trece en este hotel. La numeración salta del doce al catorce, porque nadie quiere ocupar la número trece. Aun así, ésta es la cabaña trece, de modo que en realidad sí que estáis en la número trece, a fin de cuentas, y por eso tenéis tan mala suerte.
– ¿Por qué tenemos mala suerte? -preguntó Phil, recuperando su hostilidad natural, reforzada por el enardecimiento del alcohol-. Sólo veo a dos mierdas que se han equivocado de cabaña y han empezado a tontear con quienes menos les conviene. Aquí sois vosotros quienes estáis de mala suerte. No sabéis con quién os la jugáis.
A su lado, Steve desplazaba nervioso el peso del cuerpo de un pie al otro. Pese a las apariencias, tenía inteligencia suficiente, o la cabeza lo bastante clara, para darse cuenta de que no era buena idea irritar a dos hombres armados cuando uno no tenía a mano un arma, o al menos una que pudiera montar a tiempo.
Ángel sacó los billeteros del bolsillo y los agitó en dirección a los dos hombres.
– Sí que lo sabemos -contestó-. Sabemos quiénes sois. Sabemos dónde vivís, dónde trabajáis. Sabemos cómo es tu mujer, Steve, y sabemos que, según parece, Phil está separado de la madre de sus hijos. Qué triste, Phil. Fotos de los niños, pero ni rastro de la mamá. Así y todo, como eres más bien capullo, no se la puede culpar por haberte dado el pasaporte.
»Por otro lado, vosotros no sabéis nada de nosotros salvo que ahora estamos aquí, y tenemos buenas razones para estar ofendidos con vosotros por lo bocazas que sois. Así que os propongo lo siguiente: metéis vuestra mierda en el coche y os volvéis al sur. Phil, mejor que conduzca tu amigo, porque se nota que te has tomado unas cuantas más que él. Cuando hayáis recorrido…, digamos, unos ciento cincuenta kilómetros, paráis y buscáis habitación. Dormís la mona y mañana volvéis a Hoboken. Y ya no nos volveréis a ver. Bueno, probablemente no nos volveréis a ver. Nunca se sabe. A lo mejor un día nos asalta el repentino deseo de visitaros. Igual vamos a ver la casa donde nació Sinatra, y así tenemos una excusa para pasar a saludaros a Steve y a ti. A menos, claro está, que queráis darnos una razón más apremiante para seguiros hasta allí.
Phil hizo un último intento. Su testarudez era casi admirable.
– Tenemos amigos en Jersey -dijo con segundas intenciones.
Ángel pareció realmente desconcertado. Su respuesta, cuando llegó, sólo podía ser de un neoyorquino.
– ¿Por qué iba alguien a jactarse de una cosa así? -preguntó-. Además, ¿quién coño quiere ir de visita a Jersey?
– Lo que quiere decir -aclaró Louis- es que tiene determinados amigos en Jersey.
– Ah -dijo Ángel-, ahora caigo. Oye, nosotros también vemos Los Soprano. Lo malo, Phil, es que incluso si eso fuera verdad, que me consta que no lo es, nosotros somos la clase de personas a quienes llaman los amigos de Jersey, no sé si lo pillas. Se nota enseguida, si te fijas un poco. Mira, tenemos pistolas. Vosotros tenéis rifles de caza. Vosotros venís aquí a cazar ciervos. Nosotros no hemos venido a cazar ciervos. No se cazan ciervos con una Glock. Con una Glock se cazan otras cosas, pero no ciervos.