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– ¿Qué fue de los hombres que hicieron esto? -preguntó Ángel.

Lo miré y vi el dolor grabado en su rostro.

– Hombres y mujeres -lo corregí-. Las mujeres debieron de saberlo y actuar en connivencia, por la razón que fuera. Dos de esos niños murieron por causas desconocidas, pero a uno de ellos lo mataron con una aguja de punto poco después de nacer. ¿Has oído de algún hombre que clave una aguja de punto a un niño? No, las mujeres lo encubrieron, ya fuera por miedo o por vergüenza, o por algún otro motivo. A ese respecto, no creo que Dubus mienta. Nunca se presentaron cargos. Las autoridades examinaron a dos chicas y corroboraron que habían dado a luz hacía poco, pero no había pruebas que relacionasen esos nacimientos con los cadáveres hallados. La comunidad hizo piña y sostuvo que los niños fueron dados en adopción privadamente. Los nacimientos no quedaron registrados en ningún documento, lo que era un delito en sí mismo, pero un delito que nadie tuvo interés en denunciar. Dubus declaró a los investigadores que los niños fueron enviados a algún lugar de Utah. Llegó un coche, dijo, los recogió y desapareció en la noche. Ésa fue la versión, y sólo años después se retractó y afirmó que las madres de las chicas que habían dado a luz habían matado a los recién nacidos. En cualquier caso, alrededor de una semana después de encontrarse los cadáveres, la comunidad ya se había disgregado, y cada cual se había ido por su camino.

– Libres para cometer abusos sexuales en otra parte -añadió Ángel.

No contesté. ¿Qué podía decir, en especial a Ángel, que había sido él mismo víctima de tales abusos, entregado por su padre a hombres que obtenían placer con el cuerpo de un niño? Por eso estaba allí en ese momento, en aquel cementerio frío de un remoto pueblo del norte. Por eso estaban los dos allí, esos cazadores entre cazadores. Para ellos ya no era cuestión de dinero, ni de su propia conveniencia. Eso habría podido ser así en otro tiempo, pero ya no lo era. Ahora estaban allí por la misma razón que yo: porque hacer caso omiso de lo que había sucedido a esos niños en el pasado reciente y lejano, volver la cabeza y mirar en otra dirección porque era más fácil, equivalía a ser cómplice de los crímenes cometidos. Negarse a ahondar sería actuar en connivencia con los culpables.

– Alguien ha cuidado esta tumba -observó Ángel.

Era verdad. No había hierbajos, y el césped había sido cortado para que no tapara la lápida. Incluso las palabras en la piedra habían sido realzadas con pintura negra para que destacaran.

– ¿Quién se ocupa de una tumba de hace cincuenta años? -preguntó.

– Quizás el actual dueño de Galaad -contesté-. Vayamos a preguntárselo.

A unos ocho kilómetros por la 201, pasado Moose River y a la altura del término municipal de Sandy Bay, un cartel señalaba la Senda del Monte Pelado, y supe que nos acercábamos a Galaad. Si Ángel no hubiese indagado antes, habría sido difícil encontrar aquel sitio. La carretera que cogimos no tenía nombre. Tan sólo la identificaban un cartel donde se leía PROPIEDAD PRIVADA y, como había dicho Ángel, una lista que enumeraba a aquellos cuya presencia sería especialmente mal recibida. A eso de un kilómetro se alzaba una verja. Estaba cerrada con llave, y la cerca se adentraba en el bosque a ambos lados.

– Galaad está ahí dentro -dijo Ángel señalando al bosque en dirección norte-. Quizás a un kilómetro de aquí o algo más.

– ¿Y la casa?

– A la misma distancia, pero siguiendo derecho por el camino. Se ve desde un poco más adelante.

Señaló un sendero de tierra con roderas, paralelo a la cerca hacia el sudeste.

Detuve el coche a un lado del camino. Saltamos la verja y nos adentramos en el bosque.

Al cabo de quince o veinte minutos llegamos al claro.

La mayoría de los edificios seguía en pie. En un lugar donde la madera era el principal material de construcción, Lumley había elegido la piedra para varias casas, tan convencido estaba de que su comunidad ideal perduraría. Las viviendas variaban de tamaño, desde cabañas de dos habitaciones hasta estructuras mayores con capacidad para albergar cómodamente a familias de seis o más miembros. La mayoría se hallaba en un estado ruinoso, y algunas habían sido incendiadas, pero una de ellas parecía restaurada en cierta medida. Tenía techo y barrotes en las cuatro ventanas. La puerta de entrada, una plancha maciza de roble toscamente labrado, estaba cerrada con llave. En total, la comunidad no pudo pasar de la docena de familias en su momento de mayor auge. Existían muchos lugares así en Maine: aldeas olvidadas, pueblos que se habían marchitado y muerto, asentamientos basados en una fe equivocada en un líder carismático. Pensé en las ruinas del Santuario, en Casco Bay, y en Faulkner y su grey asesinada en Aroostook. Galaad era uno más de una larga e ignominiosa serie de proyectos fallidos, condenados al fracaso por hombres sin escrúpulos e instintos viles.

Y por encima de todo asomaba el gran campanario de la iglesia del Salvador, la rival de San Antonio erigida por Lumley. Se habían construido los muros, se había levantado el campanario, pero no llegaron a techarlo, y nadie había rezado entre sus paredes. Era menos un homenaje a Dios que un monumento a la vanidad de un hombre. Ahora el bosque lo había reclamado para sí. Estaba cubierta de hiedra hasta tal punto que se habría dicho que la propia naturaleza la había edificado creando un templo de hojas y zarcillos, con hierba y matojos por suelo y un árbol por tabernáculo, ya que un nogal había crecido en el lugar que correspondía al altar, y tenía las ramas desplegadas y sin hojas como los restos esqueléticos de un predicador trastornado a quien el viento frío había despojado de su carne mientras despotricaba contra el mundo, con los huesos oscurecidos por la acción del sol y la lluvia.

Todo en Galaad reflejaba pérdida y podredumbre y descomposición. Aunque yo no hubiese sabido nada de los crímenes cometidos allí, del sufrimiento padecido por unos niños y las muertes de unos recién nacidos, me habría invadido la misma sensación de malestar y suciedad. Si bien es verdad que había cierta magnificencia en la iglesia a medio construir, carecía de belleza, e incluso la propia naturaleza parecía corrompida en contacto con aquel lugar. Dubus estaba en lo cierto. Lumley había elegido mal el emplazamiento de su comunidad.

Cuando Ángel se dispuso a examinar la iglesia de cerca, lo detuve con un gesto.

– ¿Qué pasa? -preguntó.

– No toques ninguna planta -advertí.

– ¿Por qué?

– Son todas venenosas.

Y así era: parecía que hasta el último hierbajo infecto, hasta la última flor perniciosa, había arraigado allí, algunos de los cuales no los había visto nunca tan al norte, ni agrupados de esa manera. Había laurel americano, con su corteza en jirones, de color herrumbre, sus flores rosas y blancas salpicadas de rojo como la sangre de insectos, y con unos estambres, ahora ausentes, que respondían al tacto como insectos o animales. Vi raíz de serpiente blanca, todavía en la etapa final de floración, que podía emponzoñar la leche de una vaca si el animal comía la planta, y el veneno era letal para quien la bebiese. Cerca de una ciénaga con hielo en las orillas había matas de cicuta virosa, que con sus hojas dentadas y sus tallos veteados llamaban mucho la atención, siendo cada una de sus partes potencialmente mortífera. Había estramonio, más propio de los campos, y celidonia y ortigas. Hasta la hiedra era venenosa. Allí no acudiría ningún pájaro, pensé, ni siquiera en verano. Sería siempre un paraje silencioso y desolado.