Había dos posibilidades, y ninguna de las dos inducía a pensar bien de Caswell. La primera era que alguien le había entregado el dinero para la compra a fin de mantener en secreto su propio interés en esas tierras, y que Caswell hizo la vista gorda respecto al uso que se dio a la casa reformada. La otra posibilidad era que hubiese participado activamente en lo que allí ocurrió. En cualquiera de los dos casos, sabía más que suficiente para merecer nuestra perseverancia. Encontré su número en el listín telefónico de la zona y lo llamé desde mi habitación. El timbre no sonó siquiera dos veces.
– ¿Esperaba una llamada, señor Caswell? -pregunté.
– ¿Quién es?
– Ya nos hemos conocido. Soy Parker. Colgó. Volví a marcar. Esta vez el teléfono sonó tres o cuatro veces antes de que contestara.
– ¿Qué quiere? Ya se lo he dicho: no tengo nada de qué hablar con usted.
– Creo que ya sabe lo que quiero, señor Caswell. Quiero que me cuente qué sucedió en esa casa vacía con las ventanas de plexiglás y la puerta reforzada. Quiero que me hable de Andy Kellog y Lucy Merrick. Si lo hace, quizá pueda salvarlo.
– ¿Salvarme? ¿Salvarme de qué? ¿De qué habla?
– De Frank Merrick.
Se produjo un silencio al otro lado de la línea.
– No vuelva a llamar a este número -dijo Caswell-. No conozco a ningún Frank Merrick, ni ninguno de los otros nombres que ha mencionado.
– Va a venir, Otis. Más le vale creerme. Quiere saber qué le pasó a su hija, y no será tan razonable como mis amigos y yo. Creo que sus compinches van a dejarlo a usted en la estacada, Otis, van a abandonarlo en manos de Merrick. O tal vez decidan que usted es el eslabón débil y le hagan lo que le hicieron a Daniel Clay.
– Nosotros no… -empezó a decir Caswell, y se interrumpió de pronto.
– ¿No qué, Otis? ¿No le hicieron nada a Daniel Clay? ¿No lo mataron? ¿Por qué no me lo cuenta?
– Váyase a la mierda -dijo Caswell-. Váyase a la puta mierda.
Colgó. Cuando llamé por tercera vez, no descolgó. El teléfono siguió sonando y sonando y me imaginé a Otis Caswell en su mísera casa tapándose los oídos con las manos, hasta que el timbre dio paso a la señal de ocupado cuando desconectó el aparato de la toma.
Cayó la noche. Nuestro encuentro con Caswell señaló el principio del fin. Unos hombres se dirigían hacia el noroeste, Merrick entre ellos, pero la arena que representaba el tiempo que les quedaba de vida caía lentamente, no por el cuello del proverbial reloj de arena, sino por el hueco formado entre su dedo meñique y la palma de su propia mano, cerrada en un puño. Al empezar a preguntar sobre Daniel Clay había abreviado su existencia. Había abierto las manos y aceptado la arena, consciente de que sería incapaz de retenerla por mucho tiempo, de que a partir de ese momento se le escurriría entre los dedos mucho más deprisa. Su única esperanza era vivir lo suficiente para descubrir la última morada de su hija.
Así, al oscurecer, Merrick se encontró en el Refugio de Old Moose. El pintoresco nombre evocaba suelos de madera, cómodas butacas, hospitalarios anfitriones de Maine dando la bienvenida a los huéspedes, un buen fuego de leña en el vestíbulo, habitaciones que conseguían mantenerse limpias y de aspecto moderno a la vez que nunca perdían sus raíces rústicas, y desayunos a base de jarabe de arce, beicon y tortitas, servidos por jóvenes risueñas en mesas con vistas a plácidos lagos y kilómetros de pinares.
La realidad era muy distinta. Nunca se había alojado nadie en el Refugio de Old Moose, o al menos no para acostarse en una cama. En el pasado, los hombres podían dormir la borrachera en una habitación de atrás, pero se echaban en el suelo tan aturdidos por el alcohol que la comodidad les preocupaba menos que encontrar un lugar donde yacer en posición horizontal y dejarse envolver por la anhelada inconsciencia. Ahora les habían retirado incluso esa pequeña concesión por miedo a perder la licencia de venta de alcohol, cuya renovación alimentaba anualmente las especulaciones del periódico local y de la mayoría de la población, si se descubría que los borrachos lo empleaban como dormitorio. Aun así, la impresión creada por su nombre no era del todo falsa.
Sí tenía el suelo de madera.
Merrick estaba sentado tranquilamente al fondo del bar, de espaldas a la puerta pero con un espejo en la pared delante de él que le permitía ver a quienes entraban sin que pudieran localizarlo de inmediato. Aunque hacía calor, y él sudaba profusamente, no se quitó el grueso abrigo de ante de color tostado. En parte le permitía tener la pistola en el bolsillo al alcance de la mano. Por otro lado, ocultaría la herida del costado, que había empezado a sangrar otra vez, si se le empapaba la venda y la camisa.
Había matado a los rusos un poco más allá de Bingham, donde Stream Road se desviaba de la 201 y discurría junto al Austin Stream hacia el municipio de Mayfield. Ya sabía que aparecerían. El asesinato de Demarcian por sí solo tal vez hubiera bastado para atraerlos, pero también había otros motivos para que le tuvieran rencor, y que estaban relacionados con un par de encargos a principios de los noventa, uno en Little Odessa y el otro en Boston. Le sorprendía que no hubieran actuado contra él en la cárcel, pero Supermax, aislándolo, lo había protegido, y su reputación se había ocupado del resto. Después de la muerte de Demarcian debía de haber corrido la voz. Se habrían hecho llamadas, solicitado favores, saldado deudas. Quizá no debería haber matado a Demarcian, pero aquel hombrecillo con el brazo seco le había inspirado repugnancia, y era un eslabón en la sucesión de acontecimientos que le habían arrebatado a su hija. Al menos en eso el abogado Eldritch tenía razón. Si el precio por la muerte de Demarcian era otras muertes, Merrick estaba dispuesto a pagarlo. No le impedirían llegar a Galaad. Allí hallaría las respuestas que buscaba, no le cabía la menor duda.
Se preguntaba cómo lo habían encontrado los rusos tan pronto.
Al fin y al cabo, había cambiado de coche, y sin embargo allí estaban, aquellos dos hombres en su 4x4 negro. Merrick pensó que quizá no debería haber dejado vivo al ex marido de Rebecca Clay, pero Merrick no mataba a nadie sin motivo, y por lo que había visto, Legere no sabía nada. Ni siquiera su ex mujer había confiado en él lo suficiente como para compartir información sobre su padre.
Pero Merrick estaba convencido de que, casi desde el inicio de su búsqueda, alguien lo seguía y observaba cada uno de sus movimientos. Pensó en el viejo abogado en su despacho lleno de papeles, y en su benefactor invisible, el misterioso cliente que había dado orden a Eldritch de ayudarlo, que había proporcionado financiación, un sitio donde esconderse e información. El abogado nunca había dado una explicación satisfactoria sobre su predisposición a ayudar a Merrick, y la desconfianza de Merrick había ido en rápido aumento empujándolo a distanciarse del anciano en cuanto pudo, excepto por su reciente y breve detención. Sin embargo, incluso después de eso, cuando procuraba borrar sus huellas, había ocasiones en que se sentía observado, unas veces en medio de una multitud, intentando perderse en unas galerías comerciales o un bar, y otras veces estando solo. En cierta ocasión le pareció ver a un hombre, una figura andrajosa, con un viejo abrigo negro, que lo examinaba pensativamente a través de una nube de humo de tabaco, pero cuando intentó seguirlo, el hombre se había esfumado, y Merrick no volvió a verlo.
Luego estaban las pesadillas. Habían empezado en el escondite, poco después de que Eldritch le proporcionara el coche y el dinero: visiones de criaturas pálidas, consumidas, con las cuencas de los ojos negras, las bocas contraídas, sin labios, vestidas con abrigos sucios de color tostado, viejos impermeables con manchas parduzcas en el cuello y las mangas. Merrick se despertaba en la oscuridad, y en ese momento entre el sueño y la vigilia pensaba que casi las veía apartarse, como si hubieran estado inclinadas sobre él mientras dormía, sin que saliera aliento de sus bocas, sino sólo un olor rancio de algo viejo y ponzoñoso arraigado en lo más hondo de ellas. Desde que había abandonado el escondite, las pesadillas eran menos frecuentes, pero todavía alguna noche afloraba de las profundidades del sueño con un escalofrío en la piel y cierto hedor en el aire que no había percibido antes de cerrar los ojos.