¿Acaso Eldritch, por considerar a Merrick un lastre, había revelado a los rusos su paradero con la ayuda del otro, el hombre andrajoso del abrigo negro? ¿Eran este hombre y el cliente de Eldritch la misma persona? Merrick no lo sabía, y ya no importaba. Todo se acercaba a su final, y pronto encontraría la paz.
Los rusos habían sido descuidados. Los había visto por el espejo retrovisor cuando estaban tres o cuatro coches por detrás, acercándose a veces si existía el riesgo de perderlo de vista. En una ocasión se había detenido para ver si lo adelantaban y eso habían hecho, manteniendo la mirada fija al frente y resueltamente ajenos a él cuando desplegó un mapa sobre el volante y simuló seguir una ruta con el dedo, siendo el tráfico de camiones demasiado intenso para atacarlo en el lugar donde se paró. Él los había dejado pasar, y se puso otra vez en marcha transcurridos unos minutos. Los vio por delante rezagándose en el carril de la derecha con la esperanza de que él los alcanzara, y no los defraudó. Después de dos o tres kilómetros dobló por Stream Road, y allí encontró un camino de tierra idóneo para sus intenciones. Continuó adelante cerca de dos kilómetros, dejando atrás cabañas abandonadas a cierta distancia del camino, una caravana de doble ancho y coches inmovilizados sobre llantas sin neumáticos, hasta que incluso esas humildes muestras de presencia humana desaparecieron y el camino se hizo aún más escabroso, provocando un incesante traqueteo en el automóvil y causándole un dolor en la columna vertebral. Cuando sólo veía bosque por delante y por detrás, al norte y al sur, al este y al oeste, apagó el motor. Los oyó acercarse. Salió del coche y, sin cerrar la puerta, se adentró entre los árboles y desanduvo el camino hasta que aparecieron los rusos. Se detuvieron cuando llegaron al coche abandonado. Merrick imaginó la conversación que se desarrollaba dentro del vehículo. Habrían caído en la cuenta de que les había tendido una trampa. La única duda ahora era cómo escabullirse al mismo tiempo que liquidaban a Merrick y se aseguraban su propia supervivencia. Agazapado entre los matorrales, Merrick vio que el que ocupaba el asiento del acompañante, el pelirrojo, miraba por encima del hombro. No tenían muchas opciones. Podían echar marcha atrás e irse con la esperanza de atraparlo cuando huyese a pie o en coche; o bien podían apearse, uno por cada lado, e intentar darle caza. El momento de máxima vulnerabilidad sería cuando abriesen las puertas, pero su razonamiento sería que si él les disparaba, como mucho heriría a uno de los dos, eso con suerte, y de ese modo revelaría su posición.
Al final, Merrick no esperó a que abrieran las puertas. En cuanto el pelirrojo apartó la mirada, Merrick salió de entre los matorrales y empezó a disparar a través de la luna trasera; una, dos, tres veces, y al hacerse añicos el cristal vio un salpicón de sangre en el parabrisas y al conductor desplomarse de lado. Su compañero abrió la puerta de su lado y se echó cuerpo a tierra disparando a Merrick mientras avanzaba, puesto que ya no tenía sentido retroceder. Merrick sintió un tirón en el costado y un hormigueo seguido de un dolor feroz y lancinante; aun así, avanzó sin dejar de disparar y experimentó una repentina satisfacción cuando el cuerpo del segundo ruso se sacudió en el suelo y cesó el tiroteo.
Se acercó lentamente a la figura desmadejada en el suelo notando la sangre que manaba de su costado y le empapaba la camisa y el pantalón. Apartó con el pie la pistola del ruso y se detuvo a su lado. El pelirrojo yacía de costado contra la rueda posterior derecha. Tenía una herida bajo el cuello y otra casi en el centro del pecho. Aunque apenas abría los ojos, aún respiraba. Ahogando una exclamación por el dolor de su propia herida, Merrick se agachó, alcanzó la Colt del ruso y le registró los bolsillos de la cazadora hasta que encontró un billetero y un cargador de reserva para la pistola. En el carnet de conducir constaba que se llamaba Yevgueni Utarov. El nombre no le decía nada.
Merrick se hizo con los 326 dólares, se los guardó en el bolsillo y tiró el billetero en el regazo del moribundo. Escupió en el suelo y comprobó satisfecho que el esputo no contenía sangre. Sin embargo estaba irritado consigo mismo por haber permitido que lo hirieran. Era la primera vez en muchos, muchos años que lo alcanzaba una bala. Aquello parecía un recordatorio del lento paso del tiempo, de su edad y su inminente mortalidad. Se tambaleó un poco. El movimiento distrajo al hombre llamado Yevgueni de su propia muerte. Abrió los ojos e intentó decir algo. Merrick permaneció inmóvil ante él.
– Dame un nombre -dijo-. Todavía te queda tiempo. De lo contrario te dejaré morir aquí. Será lento, y ese dolor que sientes irá a más. Dame un hombre y te facilitaré las cosas.
Utarov susurró algo.
– Levanta la voz, vamos -instó Merrick-. No pienso agacharme para oírte.
Utarov volvió a intentarlo. Esta vez la palabra chirrió en lo más hondo de su garganta como la hoja de un cuchillo al afilarla contra una piedra rugosa.
– Dubus -dijo.
Merrick descerrajó dos tiros más al ruso en el pecho y se alejó a trompicones dejando un rastro de sangre en el camino, como moras aplastadas. Se apoyó en su coche y se desnudó de cintura para arriba dejando la herida a la vista. Era profunda y la bala seguía alojada en la carne. En el pasado, conocía a hombres a quienes podía acudir en tales circunstancias, pero ya habían desaparecido todos. Se ató la camisa en torno a la cintura para restañar la hemorragia; luego se puso la cazadora y el abrigo sobre el torso desnudo y subió al coche. Volvió a esconder la Smith 10, ya con sólo tres balas, bajo el asiento del conductor y se guardó la Colt en el bolsillo del abrigo. Maniobrar el coche para enfilar en dirección a la carretera fue un suplicio, y tuvo que recorrer el sendero apretando los dientes para no oírse gritar, pero lo consiguió. Al cabo de cinco kilómetros encontró la consulta de un veterinario, y allí obligó al anciano cuyo nombre constaba en el letrero de la entrada a extraerle la bala mientras lo mantenía encañonado. No se desmayó del dolor, pero poco le faltó.
Merrick sabía quién era Dubus. En cierto modo, todo había empezado con él la primera vez que forzó a un niño. Había llevado sus apetitos consigo a Galaad, y desde allí se habían propagado. Merrick acercó la pistola a la cabeza del veterinario y preguntó si sabía dónde vivía Mason Dubus, y el anciano se lo dijo, puesto que Dubus era muy conocido en la región. Merrick encerró al veterinario en el sótano con dos botellas de medio litro de agua y un poco de pan y queso para que no pereciese de hambre y sed. Prometió al veterinario que avisaría a la policía en menos de veinticuatro horas. Hasta entonces tendría que entretenerse como buenamente pudiera. Encontró un frasco de Tylenol en un botiquín y se apropió de unos cuantos rollos de vendas limpias y de unos pantalones del armario del anciano. Acto seguido se marchó y siguió su camino, pero le costaba conducir. No obstante, el Tylenol mitigaba un poco el dolor, y en Caratunk volvió a abandonar la 201. Como le había indicado el veterinario, llegó por fin a la casa de Mason Dubus.
Dubus lo vio acercarse. En cierto modo lo esperaba. Aún hablaba por el teléfono móvil cuando Merrick reventó de un tiro la cerradura de la puerta y entró en la casa dejando un reguero de sangre en el suelo impoluto. Dubus pulsó el botón rojo para cortar la comunicación y luego lanzó el teléfono a una butaca junto a él.