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– Sé quién es usted -dijo.

– Me parece muy bien -contestó Merrick.

– Su hija está muerta.

– Lo sé.

– Pronto lo estará usted también.

– Quizá, pero usted morirá antes.

Dubus señaló a Merrick con un dedo trémulo.

– ¿Cree que voy a suplicarle por mi vida? ¿Cree que voy a ayudarlo?

Merrick levantó la Colt.

– No, no lo creo -dijo y disparó dos veces contra Dubus. Mientras el viejo se sacudía en el suelo, Merrick cogió el teléfono móvil y apretó la tecla de rellamada. Descolgaron al sonar el timbre por segunda vez. No dijeron nada, pero Merrick oyó la respiración de un hombre. Luego se cortó la comunicación. Merrick dejó el teléfono y salió de la casa, y a sus espaldas se desvanecían los últimos estertores de Dubus mientras moría.

Dubus oyó los pasos de Merrick y luego el motor de un coche al alejarse. Sintió un peso enorme en el pecho, salpicado de dolor, como si le hubieran colocado encima un lecho de clavos. Fijó la mirada en el techo. Tenía sangre en la boca. Sabía que le quedaban sólo unos instantes de vida. Comenzó a rezar para pedir a Dios que perdonara sus pecados. Movió los labios en silencio intentando recordar las palabras correctas, pero los recuerdos lo distrajeron, así como su ira por morir de esa manera, víctima de un asesino capaz de abatir a tiros a un viejo desarmado.

Sintió una corriente de aire frío y oyó un ruido detrás de él. Alguien se acercó, y Dubus pensó que Merrick había vuelto para rematarlo. Pero, al inclinar la cabeza, no vio a Merrick, sino el dobladillo de un mugriento abrigo de color tostado y unos viejos zapatos marrones manchados de barro. Flotaba un hedor en el aire, e incluso en el momento de su muerte sintió náuseas. Luego oyó más pasos a su izquierda, y percibió unas presencias detrás de él, figuras invisibles que lo observaban. Dubus ladeó la cabeza y vio rostros pálidos y agujeros negros abiertos en la piel marchita. Abrió la boca para hablar, pero no quedaba nada que decir, como tampoco le quedaba aliento en el cuerpo.

Y murió con los Hombres Huecos ante los ojos.

Merrick condujo muchos kilómetros, pero empezó a nublársele la vista y el dolor y la pérdida de sangre lo habían debilitado. Llegó hasta el Refugio de Old Moose y allí se detuvo, engañado, como tantos otros antes que él, por la falsa promesa de una cama, según se insinuaba en el nombre.

Ahora estaba allí sentado tranquilamente, bebiendo Four Roses después de tomarse el Tylenol, dormitando un poco con la esperanza de recobrar un mínimo las fuerzas para poder seguir su camino a Galaad. Nadie lo molestó. El Refugio de Old Moose animaba a sus clientes a tomarse algún que otro descanso, siempre y cuando volvieran a beber después. Una máquina de discos reproducía música country, y los ojos de cristal de los animales muertos colgados de las paredes contemplaban a los clientes, mientras Merrick iba a la deriva, sin saber bien si estaba dormido o despierto. En un momento dado, una camarera le preguntó si se encontraba bien, y Merrick asintió con la cabeza y señaló su vaso para que le sirviera otro bourbon, pese a que apenas había probado el primero. Temía que le pidieran que se marchase, y aún no estaba en condiciones para hacerlo.

Despertar. Dormir. Música, luego silencio. Voces. Susurros.

papi

Merrick abrió los ojos. Una niña estaba sentada delante de él. Tenía el pelo oscuro y la piel desgarrada allí por donde los gases de la descomposición habían escapado de su interior. Un bicho reptaba por su frente. Merrick quiso apartarlo, pero no pudo mover las manos.

– Hola, cariño -saludó-. ¿Dónde has estado?

La niña tenía tierra en las manos, y dos uñas rotas.

esperando

– ¿Esperando qué, cariño?

esperándote a ti

Merrick asintió con la cabeza.

– No he podido venir hasta ahora. Estaba…, me habían encerrado, pero siempre pensaba en ti. Nunca te he olvidado.

lo sé. estabas muy lejos. ahora estás cerca. ahora puedo estar contigo

– ¿Qué te pasó, mi niña? ¿Por qué te fuiste?

me dormí. me dormí y ya no pude despertar

En su voz no se advertía la menor emoción. No parpadeó ni una vez. Merrick vio que tenía el lado izquierdo de la cara de tonos cereza y violeta, marcado por los colores de la lividez de la muerte.

– Ya no tardaré, cariño -dijo.

Reunió fuerzas para mover la mano. La tendió hacia ella y notó algo frío y duro contra los dedos. El vaso de whisky se volcó en la mesa, y Merrick se distrajo por un momento. Cuando volvió a levantar la vista, la niña había desaparecido. El whisky corrió en torno a sus dedos y se derramó en el suelo. La camarera apareció y dijo:

– Quizá debería marcharse ya a casa.

Merrick asintió con la cabeza.

– Sí -contestó-, puede que tenga razón. Es hora de irse a casa.

Se puso en pie, y al instante percibió el chapoteo de la sangre encharcada en el zapato. Sintió que el salón daba vueltas alrededor y se agarró a la mesa para no perder el equilibrio. La sensación de vértigo desapareció, y de nuevo tomó conciencia del dolor en el costado. Bajó la vista. Tenía el lado del pantalón empapado y manchado de rojo. La camarera también lo vio.

– Eh -dijo-. ¿Qué…?

Y entonces miró a Merrick a los ojos y decidió no preguntar nada. Merrick se llevó la mano al bolsillo y encontró unos billetes, entre ellos había uno de veinte y otro de diez, y los echó todos en la bandeja de la camarera.

– Gracias, cariño -dijo, y una expresión amable asomó a sus ojos. La camarera no supo si creía estar hablándole a ella o a otra que veía en su imaginación-. Ya estoy preparado.

Se alejó de la barra pasando entre las parejas que bailaban y los borrachos vocingleros, los amantes y amigos, yendo de la luz hacia la oscuridad, de la vida del interior a la vida de fuera. Al salir y notar el aire fresco de la noche se tambaleó de nuevo, pero al cabo de un momento se le despejó la cabeza. Sacó las llaves del bolsillo de la cazadora y se encaminó hacia su coche; a cada paso iba perdiendo más sangre y acercándose un poco más a su final.

Se detuvo junto al coche y, apoyando la mano izquierda en el techo, introdujo la llave en la cerradura con la derecha. Abrió la puerta y se vio reflejado en el cristal de la ventanilla lateral. Al instante otro reflejo se sumó al suyo cerniéndose detrás de su hombro. Era un pájaro, una paloma monstruosa de rostro blanco y pico oscuro, y ojos humanos hundidos en las cuencas. Alzó un ala, pero el ala era negra, no blanca, y con la garra empuñaba un objeto largo y metálico.

Y entonces el ala empezó a batir con un sonido suave y sibilante, y Merrick sintió de nuevo un dolor penetrante al rompérsele la clavícula de un golpe. Se retorció e intentó sacar el arma del bolsillo, pero apareció otro pájaro, ahora un halcón, que blandía un bate de béisbol, un buen Louisville Slugger de los de antes, diseñado para lanzar la bola fuera del estadio, sólo que el Slugger iba dirigido contra su cabeza. Incapaz de esquivarlo levantó el brazo izquierdo. El impacto le destrozó el codo, y las alas seguían batiendo y la lluvia de golpes caía sobre él, y se desplomó de rodillas cuando algo en su cabeza se desprendió haciendo un ruido como el del pan al partirse y la mirada se le nubló de rojo. Abrió la boca para hablar, aunque no pudo articular una sola palabra, y la mandíbula inferior casi se le desprendió de la cara cuando la palanca trazó un suave arco y lo derribó como a un árbol, de modo que quedó tendido en el frío suelo de gravilla mientras la sangre salía a borbotones y la paliza continuaba, su cuerpo exhalaba leves y extraños sonidos, y dentro de él se movían los huesos allí donde los huesos no tenían por qué moverse, se fracturaba el armazón de su interior y se le reventaban los órganos blandos.