Выбрать главу

– Ya sé que no quiso hacerle daño, Otis. No parece usted la clase de hombre que haría daño a una niña.

Esta vez oí el llanto con mayor nitidez. Presioné.

– Esos otros hombres, los que mataron a Frank Merrick, son distintos de usted. Usted no es como ellos, Otis. No les permita que lo arrastren a su nivel. Usted no es un asesino, Otis. Usted no mata a hombres, y no mata a niñas. No me lo imagino haciendo una cosa así; sencillamente no me lo imagino.

Caswell, con la respiración entrecortada, tomó aire.

– Yo no haría daño a una niña -dijo-. Adoro a los niños.

Y algo en su manera de decirlo me produjo una sensación de suciedad por dentro y por fuera. Deseé bañarme en ácido y luego ingerir lo que quedara en la botella para purgarme las entrañas.

– Lo sé -dije, y tuve que obligarme a pronunciar estas palabras-. Estoy seguro de que también es usted quien cuida esas tumbas en Moose River, ¿no? Es así, ¿verdad?

– Sí -dijo-. No deberían haber hecho eso a unos bebés. No deberían haberlos matado.

Intenté no pensar en por qué creía Caswell que debían haberles perdonado la vida, por qué debían haberles permitido crecer hasta llegar a ser niños. No serviría de nada, no en ese momento.

– Otis, ¿qué le pasó a Lucy Merrick? Ella estuvo allí, ¿no? En esa casa. Luego desapareció. ¿Qué pasó, Otis? ¿Adónde fue?

Oí un sorbetón y lo imaginé limpiándose la nariz con la manga.

– Fue un accidente -respondió-. La trajeron aquí y…

Se interrumpió. Nunca había tenido que poner nombre a lo que les hacía a los niños, no ante una persona que no era como él. Ése no era el momento para obligarlo.

– No hace falta que me hable de eso, Otis. Todavía no. Sólo cuénteme cómo acabó.

No contestó, y temí haberlo perdido.

– Hice mal -continuó Caswell, como un niño que se hubiese hecho encima sus necesidades-. Hice mal, y ahora han venido.

– ¿Cómo? -No lo entendí-. ¿Hay algún otro hombre con usted ahí?

Maldije la falta de cobertura en la zona. Tal vez debería haber ido directamente a reunirme con Ángel y Louis, pero me acordé de las sudorosas manos de Caswell en la escopeta. Quizás estuviese a punto de desmoronarse, pero existía el riesgo de que quisiera llevarse a alguien consigo cuando por fin se viniera abajo. Según Ángel, tenía barrotes en las ventanas y una puerta de roble maciza en su casa, igual que en la que habían retenido a Lucy Merrick. Irrumpir por la fuerza sin recibir un balazo habría sido entre difícil e imposible.

– Siempre han estado aquí -continuó Caswell y las palabras salieron de su boca casi en un susurro-, al menos durante la última semana, quizá más. No lo recuerdo bien. Tengo la sensación de que siempre han estado aquí, y ahora duermo mal por culpa de ellos. Los veo por la noche. Sobre todo de reojo. No hacen nada. Sólo se quedan ahí quietos, como si esperaran algo.

– ¿Quiénes son, Otis? -pregunté. Pero ya lo sabía. Eran los Hombres Huecos.

– Caras en las sombras. Abrigos viejos y sucios. He intentado hablar con ellos, preguntarles qué quieren, pero no contestan, y cuando los miró a la cara, es como si no estuvieran. Tengo que conseguir que se vayan, pero no sé cómo.

– Mis amigos y yo iremos allí, Otis. Lo llevaremos a un lugar seguro. Aguante.

– ¿Sabe? -dijo Caswell con un hilo de voz-. No creo que me dejen marcharme.

– ¿Están allí por Lucy, Otis? ¿Por eso han venido?

– Por ella. Por los otros.

– Pero los otros no murieron, Otis. Es así, ¿no?

– Siempre fuimos con cuidado. Era necesario. Eran niños.

Algo agrio borboteó en mi garganta. Me obligué a tragarlo.

– ¿Había estado Lucy con ustedes antes?

– Aquí no. Un par de veces en otro sitio. Yo no estaba allí. Le dieron hierba, alcohol. Les gustaba. Tenía algo distinto. La obligaron a prometer que no contaría nada. Tenían sus métodos para conseguirlo.

Me acordé de Andy Kellog, de cómo se había sacrificado por salvar a otra niña.

«Tenían sus métodos…»

– ¿Qué le pasó a Lucy, Otis? ¿Qué salió mal?

– Fue un error -contestó. Casi se había serenado, como si hablara de un pequeño tropiezo, o de una equivocación en su declaración de Hacienda-. La dejaron conmigo después de… Después. -Tosió, y luego prosiguió, omitiendo una vez más lo que se le había hecho a Lucy Merrick, una niña de catorce años que se había extraviado-. Iban a volver al día siguiente, o quizás al cabo de un par de días. No me acuerdo. Ahora estoy confuso. Yo debía cuidar de ella. Lucy tenía una manta y un colchón. Le di de comer, y le dejé unos juguetes y unos libros. Pero de pronto empezó a hacer mucho frío, mucho frío. Iba a traerla a mi casa, pero temía que viera algo aquí, algo que los ayudara a identificarme cuando la soltáramos. Tenía en la casa un pequeño generador de gasolina, así que se lo encendí y se durmió.

»Mi intención era pasar a ver cómo estaba cada pocas horas, pero yo también me quedé traspuesto. Cuando me desperté, la encontré tendida en el suelo. -Empezó a sollozar otra vez, y casi tardó un minuto en poder continuar-. Olí los gases cuando llegué a la puerta. Me tapé la cara con un trapo, y aun así apenas podía respirar. Ella estaba tendida en el suelo, roja y morada. Se había vomitado encima. No sé cuánto tiempo llevaba muerta.

»Se lo juro, el generador funcionaba bien. Quizás ella lo toqueteó. La verdad es que no lo sé. No era mi intención que sucediera algo así. Dios mío, no era mi intención que sucediera eso.

Comenzó a gimotear. Lo dejé llorar un rato y luego lo interrumpí.

– ¿Adónde la llevó, Otis?

– Quería que descansara en algún sitio bonito, cerca de Dios y los ángeles. La enterré detrás del campanario de la vieja iglesia, era lo más parecido a tierra sagrada que encontré. No pude señalar el lugar ni nada por el estilo, pero allí está. A veces le pongo flores en verano. Le hablo. Le digo que siento lo ocurrido.

– ¿Y el detective privado? ¿Qué le pasó a Poole?

– Yo no tuve nada que ver con eso. -Parecía indignado-. No se marchaba. Andaba por ahí preguntando. Tuve que hacer una llamada. También lo enterré en la iglesia, pero lejos de Lucy. El lugar de ella era especial.

– ¿Quién lo mató?

– Confesaré mis pecados, pero no confesaré los de otro hombre. Eso no me corresponde a mí.

– ¿Daniel Clay? ¿Tuvo él algo que ver?

– No llegué a conocerlo -contestó Otis-. No sé qué le pasó. Sólo lo conozco de nombre. Y ahora, recuérdelo: yo no quería que pasara lo que pasó. Sólo quería protegerla del frío. Ya se lo he dicho: adoro a los niños.

– ¿Qué era el Proyecto, Otis?

– Los niños eran el Proyecto -respondió-. Los niños pequeños. Los demás los encontraban y los traían aquí. Lo llamábamos así: el Proyecto. Era nuestro secreto.

– ¿Quiénes eran esos otros hombres?

– No puedo decírselo. No tengo nada más que decirle.

– De acuerdo, Otis. Ahora iremos a su casa. Lo llevaremos a un lugar seguro.

Pero en ese momento, mientras transcurrían lentamente los últimos minutos de su vida, las barreras que Otis Caswell había levantado entre él y sus actos parecieron desmoronarse.

– No hay ningún lugar seguro -afirmó-. Sólo quiero que esto se acabe. -Respiró hondo, ahogando otro sollozo. Fue como si eso le diera fuerzas-. Ahora tengo que dejarle. Tengo que dejar entrar a unos hombres.

Colgó y se cortó la comunicación. Cinco minutos después yo estaba en la carretera, y diez minutos después donde el sendero que iba a la casa de Caswell se desviaba de la carretera principal. Hice señales con los faros allí donde sabía que estaban Louis y Ángel, pero no recibí respuesta de ellos. Más adelante, la verja estaba abierta y el candado roto. Seguí el camino hasta la casa. Fuera había aparcada una furgoneta. El Lexus de Louis se hallaba al lado. Vi abierta la puerta de la casa, y una luz dentro.