-Mira al frente, a quinientos pasos. ¿No ves una cosa negra que sigue las ondulaciones del océano? ¿Puedes distinguir qué es?
-Parecería un cuerpo flotante –opinó el negro después de observarlo.
-No te has engañado. A lo mejor será alguno de los ingleses muerto en el asalto al bergantín –dijo el brasileño y fue a confundirse con los demás tripulantes.
Pasó un corto tiempo; el bulto se encontraba a unos doscientos metros cuando el comandante, que regresaba de la cabina del segundo, inquirió:
-¿Dónde está Walker?
-Por aquí no se le ha visto –informaron algunos marineros.
-Vaya alguno de ustedes a ver si está en la cuadra.
El hombre que lo hizo dio cuenta a la vuelta que el local estaba desierto. Parry, extrañado, ordenó que se le buscase por todas partes pero, como es evidente, no se le encontró en ninguna.
-¡Es increíble! –exclamó el ex lugarteniente de Solilach-. ¿Dónde puede haberse metido?
-¡En el mar! –articuló una voz tétrica y profunda.
Un escalofrío de terror corrió entre los piratas. Parry mismo se puso blanco como mármol de Carrara y lanzó una horrible blasfemia. Casi simultáneamente se escucharon varias exclamaciones:
-¡Debe ser él! ¡Es él!
-¡Es el segundo!
-¡Se ha ahogado!
El irritado comandante levantó nerviosamente el anteojo y lo enderezó hacia el cuerpo que mecían las olas.
-¡Sí, es Walker! ¿Lo habrán asesinado? –dijo dirigiendo en torno una mirada terrible.
-¡Este barco está infestado de fantasmas que hablan y…! –murmuraron algunos de los asustados marineros.
-¡Silencio! –ordenó Parry-. ¡Si ha muerto, tanto peor para él!
Nombró para el puesto al oficial que le seguía en jerarquía, un bravo dinamarqués que había dado muchas pruebas de valor y de experiencia marinera, y se retiró dejando a la tripulación entregada al comentario de los dos hechos inexplicables: la desaparición de Walker y la persistencia de la voz misteriosa: Los más supersticiosos sostenían que el velero estaba embrujado y los corajudos, que había que tomar medidas para dar con los autores de esas pesadas bromas. Sólo los dos gigantes se reían a reventar.
A los ocho días de navegación, que fueron un tanto borrascosos, la nave llegó a la vista del fuerte. El comandante mandó disparar un cañonazo para advertir a sus ocupantes, los cuales contestaron con dos tiros de espingarda y una hora después se echaba ancla en la resguardada bahía. El oficial a cargo de la dotación del islote comunicó que la única novedad habida durante la ausencia fue el paso de una goleta al caer de la tarde, que a dos millas de distancia ni siquiera había advertido la existencia del fuerte. Se necesitaron dos días para trasladar el botín a los almacenes, y transcurridos cuatro más, el “Garona” emprendió su segunda expedición. Antes de zarpar, Parry hizo armar con espingardas las tres lanchas mayores y las dejó en el refugio a fin de que, si la ocasión se presentaba, las utilizaran para asaltar a los mercantes que se pusieran a tiro.
Esta vez el mar no era del todo tranquilo. Soplaba un fuerte viento sudeste que levantaba un gran oleaje y densos vapores corrían por el cielo. Apenas la embarcación hubo transpuesto el canal, empezó a balancearse reciamente y hubo que tomar una mano de tercerolas a las velas de gavia y arriar las del mástil de juanete para darle mayor estabilidad. La intención de los piratas era llegar a los mares de la India para asaltar a los barcos procedentes de China y de las Célebes. Parry conocía muy bien esos parajes y sabía dónde encontrar puertos desiertos para el caso de tener que reparar alguna avería. A Banes no pareció desagradarle la ruta elegida y acercándose a su inseparable compañero le dijo:
-Empiezo a tener esperanzas. Si no me engaño, nos arrimaremos a tierras habitadas, es decir, a lugares donde la fuga puede sernos más fácil.
-Eso me produce placer, Banes –le confesó el negro- pero espero que no dejaremos la nave sin haber vengado antes al capitán Solilach.
-No lo dudes; antes de ese día los haré volver locos de espanto a todos esos desalmados, ya que son tan supersticiosos.
-¿Puedo ayudarte?
-Si; ven conmigo esta noche y haremos poner los pelos de punta a todos los de la guardia.
-¿También los de la cabeza de Parry? –preguntó Bonga riendo.
-¡También esos! –afirmó el brasileño.
-¿Quieres que haga de espectro? Con mi piel negra podrán creerme un compañero de Belcebú.
-¡Espléndida idea! ¡Hasta la noche, diablito mío!
Durante el día el “Garona” continuó su marcha hacia el Estrecho de Torres con la esperanza de sorprender algún barco viniendo de las Malucas o de las ricas colonias holandesas. La noche se presentó hermosa y serena; la tripulación se retiró a descansar y sólo quedaron sobre cubierta los hombres de guardia. Ese era el momento esperado por Banes, quien hizo señas a Bonga de tenerse listo y se puso a pasear de arriba abajo fingiendo una gran preocupación.
-¡Ohé, Banes! –le preguntó un compañero-. ¿Qué te pasa que andas por aquí arriba en lugar de estar durmiendo?
-¿Cómo se puede dormir en este barco del diablo? –contestó el brasileño en tono misterioso.
-¿Te ha sucedido algo?
-Dime: ¿si tú oyeras en el cuarto rumores extraños, lamentos y suspiros sofocados, serías capaz de dormir?
-¿Gemidos? –preguntó temblando el marinero. Y llamando a los demás-. ¿Han oído, amigos, lo que me está diciendo Banes?
-¡Habrá soñado! –dijeron algunos.
-¿Sí, eh? ¡Pues vengan conmigo! –invitó el brasileño con viveza.
Los otros, en vez de seguirlo, retrocedieron: esos bribones que no retrocedían ante el delito, no tenían coraje de bajar al dormitorio de Banes.
-¡Pero vengan! –insistió este tomando a uno del brazo y arrastrándolo a proa.
-¡No, Banes, déjame! –gritaba el otro muerto de miedo.
El coloso lo miró con aire lúgubre. Casi al instante se oyó un gemido sordo que venía de debajo del castillo y el marinero corrió a juntarse con los compañeros.
-¡Demos la alarma! –propusieron varios.
-¡Escuchen! –dijo Banes-. ¡Otro gemido!
-¡Pero qué puede ser esto! –expresó una voz plañidera.
-Debe ser el difunto capitán Solilach –opinó el mastodóntico socarrón con fúnebre acento.
Todavía no se había apagado su sonido cuando un fantasma de estatura gigantesca, envuelto en una sábana, apareció en el castillo de proa. Los marineros, aullando de terror, corrieron como gamos hacia popa, instante que aprovechó el espíritu para esfumarse. Lo hizo con la mayor oportunidad, pues en ese momento el capitán, el segundo y todos los marineros, que habían sido despertados por el batifondo que armaran los asustados guardianes, acudían a ver de qué se trataba. Estos últimos, todavía alelados por la impresión, no atinaban a articular palabra; sólo el brasileño, con voz que trataba de hacer temblorosa, pudo decir:
-¡Hemos visto un espectro!
-¿Un espectro? –exclamaron los recién llegados mirando con recelo alrededor.