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– Así que ahora sólo tienes que pensar si te interesa o no. -Ambos sabían que eso era una estupidez. Si el comisario la había propuesto, había poco que pensar-. Martina, es una buena oportunidad. Tú lo sabes.

Héctor era consciente, o al menos creía intuir, algo más. Savall había querido rescatar a Martina Andreu, una mujer a la que apreciaba personal y profesionalmente, del bando de los proscritos. Para lo bueno, y sobre todo para lo malo, el nombre de Andreu se asociaba al de Salgado, y lo mejor para la carrera de la subinspectora era que ese vínculo se rompiera cuanto antes. Eso no iba a decírselo a ella, por supuesto. Martina era tan leal que no vacilaría en montar un escándalo si sospechaba algo así.

– Mi situación es complicada -matizó ella-. Sabes que Rafa sigue en paro, ¿verdad?

Él asintió. El marido de la subinspectora era arquitecto técnico y había sido uno de los primeros en sufrir el pinchazo de la burbuja inmobiliaria. Primero pasó meses sin cobrar y finalmente se había quedado sin trabajo, y con pocas perspectivas de encontrarlo, en septiembre del año anterior.

– No sé si es el mejor momento para que yo…

Héctor la comprendía, pero su obligación era llevarle la contraria.

– Martina, no lo hundas más. No sacrifiques una buena oportunidad por una lealtad mal entendida. Eso no os hará ningún bien, ni a él ni a ti.

– No te imaginas lo que es verlo en casa. -Ella era poco dada a tratar temas personales, incluso con él-. Está irritable, se enfada con los críos por cualquier tontería. A ratos pienso que no lo voy a soportar más. Me supera verlo deprimido y al mismo tiempo me da cierta rabia, como si en parte fuera culpa suya. Como si la solución fuera que aceptase cualquier cosa. Y entonces me odio a mí misma… Joder.

– No es culpa suya y lo sabes. Pero si dejas pasar esta oportunidad sí tendrás algo real que cargar sobre sus hombros.

Ella se esforzó por sonreír.

– Así que quieres librarte de mí, inspector Salgado.

– Por supuesto -admitió él con fingida solemnidad. Miró al techo, como si diera gracias a un ser supremo-. Todo esto es una conspiración ideada por mí para librarme por fin de tus broncas.

Se miraron con más cariño del que solían demostrarse. Ninguno de los dos era precisamente efusivo en sus afectos; quizá por eso se habían entendido siempre tan bien.

– Y si aceptara, ¿cuándo empieza todo?

– Savall te espera en su despacho… ya mismo. Hay una reunión en Madrid pasado mañana.

– Joder. ¿Tengo a alguien preparándome la maleta en casa sin que yo lo sepa?

– Pensé en enviar a Fort, más que nada para que hiciera algo útil…

La broma de Héctor quedó en el aire, como una flecha sin rumbo, cuando la puerta se abrió y el sujeto en cuestión apareció en el umbral.

– Perdón -se disculpó Roger.

Salgado casi enrojeció y Martina Andreu aprovechó el momento para levantarse.

– Te dejo al jefe todo para ti. Hablamos luego -añadió dirigiéndose a Salgado. Le guiñó un ojo antes de salir y murmuró-: Tú sigue haciendo amigos.

Héctor se pasó los primeros minutos dilucidando si Fort habría oído su desafortunado comentario: se maldecía por haberlo hecho y al mismo tiempo no podía evitar pensar que aquel chico tenía el don de la inoportunidad. Así que cuando de repente vio en su cara que acababa de formularle una pregunta que no había oído, no supo qué responder y observó la foto que el agente había colocado en su mesa con atención desmesurada.

– A ver, Fort -le dijo por fin, en un intento de recapitular-, encontraste esta foto en el piso de Sara Mahler y hablaste con su compañera. No corras, cuéntame la entrevista sin prisas.

Su subordinado le miró, sonrojado, y asintió.

– Lo siento -dijo, y Héctor se sintió aún peor que antes-. Supongo que tenía prisa por llegar al final.

Acto seguido, Roger Fort obediente, le contó las impresiones sacadas de su breve encuentro con Kristin Herschdorfer. Le explicó que, sin ser definitivas, apuntaban a que Sara Mahler no era una persona de convivencia fácil, llevaba una vida solitaria y, en líneas generales, no parecía feliz. Todo listo para que la alegre Navidad le diera la estocada final, pensó Héctor. Su compañera de piso estaba fuera; la vivienda, vacía. Si en esos últimos días Sara se había sentido deprimida, tal vez optó por terminar con todo para siempre. De repente se le ocurrió una pregunta que por lo visto nadie se había formulado hasta entonces.

– ¿Y por qué estaba en la estación de metro a esas horas? ¿Alguna idea?

El agente Fort puso cara de desconcierto.

– Quiero decir que, según esa tal Kristin, Sara salía poco… Y si hubiera tenido la costumbre de trasnochar, te lo habría dicho. Pero en la madrugada del jueves, Sara estaba en el metro. Tenía que ir o venir de alguna parte, ¿no? -Se respondió a sí mismo-: Incluso si hubiera decidido arrojarse a las vías, no tenía por qué irse a una estación tan alejada. Y dudo que saliera de casa con esa idea.

La duda era más que razonable. Aunque las estadísticas eran una ciencia inexacta, pocas mujeres elegían ese método para terminar con su vida. Héctor seguía pensando que las que lo hacían sucumbían a una tentación instantánea, a ese momento de desesperación en que el salto mortal se les antojaba la única opción.

Roger negó con la cabeza, apesadumbrado.

– No lo sé, señor. Lo siento, no se me había ocurrido hasta ahora.

– Bien, no te preocupes. ¿Qué más querías decirme?

Fort prosiguió con su relato despacio: la descripción del piso, de la habitación; las fotos de los futbolistas en el corcho de la pared…, y por fin llegó a la fotografía que el inspector Salgado tenía delante.

Mostraba a Sara con siete personas: dos mujeres y cinco hombres de edades diversas, entre los treinta y los cincuenta y tantos años. Sara estaba en un extremo de la imagen y, aunque sonreía, había una distancia casi imperceptible pero real entre ella y el resto del grupo.

– ¿Todos son compañeros del trabajo?

– Sí, señor. En cuanto la vi, tuve la impresión de que una de las caras me resultaba familiar. La del chico que está en el lado opuesto de la foto. El que lleva gafas.

– ¿Y?

– Si no me equivoco, y creo que no, se trata de Gaspar Ródenas.

Héctor frunció el ceño ligeramente. Un emocionado Roger Fort repitió por fin la frase que había dicho al principio de la conversación y que el inspector no había llegado a oír.

– El pasado septiembre, Gaspar Ródenas mató a su mujer y a su hija, de catorce meses. Luego se suicidó.

Salgado observó la foto. Él no llevaba casos de violencia familiar, pero la edad de la niña se le había quedado grabada.

– ¿Quieres decir que Sara y Gaspar Ródenas trabajaban en la misma empresa? ¿Y que ambos se han suicidado?

– Sí, señor. Es un poco extraño, ¿verdad?

Sí, pensó Héctor. Bastante extraño. Volvió a mirar la foto: de esas ocho personas, todas relativamente jóvenes, dos habían muerto de manera violenta. En un caso, el suicida se había llevado por delante a su familia; en el otro, sólo a sí misma. Aunque todo podía tener otra explicación, si se atendía a los expertos.

– ¿Recuerdas lo del efecto llamada? -le preguntó a Fort-. Si me lo preguntas a mí, te diré que no creo mucho en esas cosas, pero algo hay. Si Sara estaba muy deprimida, la acción de su compañero pudo darle la idea.

Lo dijo sin demasiado convencimiento. Los actos de un parricida difícilmente podían ser tomados como ejemplo por nadie que estuviera en sus cabales. Y, hasta el momento, en su composición de lugar, Sara Mahler no era ninguna demente.

Héctor consultó la hora antes de continuar hablando. Ese día quería salir pronto del despacho.