Era lo que debería haber hecho y lo sabía. Simplemente no se atrevió. Emma era la hija perfecta: matrículas de honor, educada, responsable, puntual. Sílvia estaba tan orgullosa de ella que no le habría creído. Por otro lado, ¿qué iba a decirle? ¿Qué su hija adolescente lo acosaba? ¿A él, a un tipo corriente, de cuarenta y siete años? La mera idea de expresarlo en voz alta le resultaba ridícula. Y, sin embargo, que Emma lo encontrara atractivo le llenaba de un orgullo tonto que a veces le ayudaba a masturbarse de miércoles a sábado.
– Venga, ya hemos hablado de esto antes. Búscate un noviete de tu edad. -Intentó frivolizar, quitarle hierro al asunto, aunque el resultado fue que Emma torció el gesto, contrariada como una niña pequeña.
– No me digas lo que tengo que hacer. No eres mi padre.
– Desde luego que no -replicó él-. Haz lo que te dé la gana, pero déjame en paz, ¿vale?
Ella volvió a reírse. Verlo enfadado la excitaba.
– Si me das un beso -le retó-. Sólo uno…
– No digas tonterías.
– Va… En la mejilla. Un beso de papá.
La tenía al lado, más cerca. El albornoz se había aflojado un poco, lo bastante para insinuar sus senos jóvenes. Emma le cogió la mano e intentó guiarla hacia su piel. Suave, blanca, con olor a jabón. César cerró el puño para resistirse y la agarró con fuerza. Se miraron, desafiantes. Los labios de ella entreabiertos, inocentemente ávidos. Transcurrieron unos segundos, pero en ese pulso ambos se comprendieron. Intuyeron que algún día sucedería lo inevitable.
Pero no entonces: él consiguió desasirse y ella lanzó un gemido de dolor.
– Me has torcido la muñeca, bruto.
– Me marcho. Dile a tu madre que he tenido que irme. Y, ya que eres tan valiente, le explicas por qué. -César habló sin pensar. Esa vez las palabras dieron resultado.
– ¡No! César, no te vayas…
Él caminó hacia el recibidor dando zancadas, se puso la chaqueta. Emma le gritó desde el salón.
– ¡César, vuelve! Por favor… No quiero que te vayas.
César se vio a sí mismo como si se observara de lejos y se gustó sólo a medias. Él, que se había desenvuelto con soltura en prostíbulos y bares de copas, jugaba ahora a hacerse el ofendido, a representar el papel de hombre digno e inflexible, cuando en realidad no era más que un tipo patético incapaz de manejar a una jovencita. «Huir es de cobardes», se repitió. Aun así, el enfado se impuso y él tenía ya la mano en la manecilla de la puerta cuando Emma corrió hacia el recibidor y le soltó con voz ronca:
– Si te vas, haré lo mismo que esa tal Sara de la empresa. Me mataré. Con lejía. Y antes dejaré una nota explicando que es por tu culpa.
César no sabía si hablaba en serio. Decidió darse la vuelta.
– Emma…
Error. Debería haberse ido. Lo sabía aunque fuera incapaz de hacerlo. A ella le brillaban los ojos. Quizá fueran lágrimas, de furia o de frustración, pero no llegaron a caer. Se quedaron en esa mirada turbia, contenidas, amenazantes.
– Por tu culpa y por culpa de mamá. De los dos. Dejaré una nota que os hundirá para siempre en la miseria. -Se envalentonó al ver la cara de él, cada vez más pálida-. Y tendréis que explicar también lo de esa Sara. El porqué se mató, si es que se mató.
– ¿Qué dices? -Su voz era apenas un murmullo.
– Yo me entero de todo, César. Mamá habla contigo por teléfono creyendo que no la oigo. -Se rió; fue una carcajada agria, enfermiza, impropia de su edad. Y repitió-: Siempre lo sé todo. No lo olvides. -Hizo una pausa, dio un paso hacia delante, bajó un poco la cabeza. Las posibles lágrimas habían desaparecido, engullidas por la sensación de victoria-. Y ahora, ¿me das ese beso? Sólo uno… Un beso de papá.
Por un momento él no supo si besarla o cruzarle la cara de un bofetón. Y allí de pie, inmóvil y sudoroso, comprendió con temor que tampoco sabía cuál de las dos opciones le excitaba más.
Capítulo 10
Hacía una noche impropia del mes de enero. Sosegada, tranquila. Engañosamente cálida. Incluso, con muy buena voluntad, se apreciaba alguna estrella que osaba dejarse ver a través de aquel gran velo que cubría la ciudad y que ya se había convertido en su único cielo. Si continuamos contaminando la ciudad, pensó Héctor, los cristianos tendrán que buscar otro sinónimo para el paraíso, alguna isla remota o algo parecido, porque a este cielo no va a querer ir nadie. Quizá lo dejarán de purgatorio, un lugar que siempre había imaginado de un color ocre sucio, para alojar a los pecadores de medio pelo. Los auténticos seguirían condenados al infierno. Como los suicidas.
Siempre se le había antojado extraño que la Iglesia condenara a éstos de forma irrevocable. No había justificación alguna que redimiera a quien se quitaba la vida. No había suicidas buenos y malos. A todos se les infligía el mismo castigo, sin excepciones y sin tener en cuenta su andadura previa. Disponer de la propia vida era el máximo pecado. Pues vaya, si no tenemos ni eso, ¿qué nos queda?, se dijo Héctor mientras encendía el cuarto cigarrillo desde que había subido a la azotea. Fumar y matarse de a poco, pensó sonriente. Se acercó a la barandilla y lanzó una bocanada de humo para enturbiar aún más el cielo nocturno: el sueño no llegaría por medios naturales, no le cabía la menor duda.
Y eso que la noche había empezado con una nota prometedora. Por Navidad, a modo de indirecta en absoluto sutil, le había comprado a Guillermo unas zapatillas de deporte, regalo que su hijo contempló con el mismo interés que si hubiera sido una máquina de tricotar. Sin embargo, el día anterior, a la hora del desayuno, en un cambio de registro que debía de ser el rasgo distintivo de la adolescencia, el chico le había preguntado cuándo iría a correr y Héctor se había apresurado a cerrar el trato, antes de que su hijo se volviera atrás. Martes por la tarde, sobre las ocho.
Así había sido. Un Guillermo reticente le esperaba en casa, ya cambiado y listo para salir cuando él llegó a las ocho y media pasadas. Sin hacer mucho caso a las protestas sobre el retraso, Héctor se puso el pantalón corto y se calzó las zapatillas, temiendo de antemano que la idea de «hacer cosas juntos» no fuera tan buena como le había parecido en el momento de comprar el regalo. Maldita pedagogía moderna que nos vuelve a todos medio imbéciles, pensó justo al salir. La cara de mal humor de Guillermo no auguraba nada bueno.
Y los augurios se cumplieron. En parte por culpa del chaval, y en parte por la de Héctor. Como siempre. Él no estaba acostumbrado a tener compañía mientras corría, y verse obligado a esperar a alguien constantemente le ponía nervioso. Por otro lado, a Guillermo parecía avergonzarle practicar deporte con su padre, quien, además, estaba en mejor forma que él. Cierto es que uno no suele hablar mucho mientras corre, pero entre ellos se instauró un silencio tenso. Héctor había escogido un recorrido corto, en línea recta, paralelo al mar. Sin embargo, su ritmo era más rápido y, aunque contenía el paso, dejaba atrás a su hijo cada pocos metros. Al final, cuando se le ocurrió decirle, en voz alta y con un leve tono de bronca: «Guille, hijo, acelera un poco», el muchacho le miró como si acabara de someterle a la peor de las humillaciones y, con semblante hosco, dio media vuelta y se alejó en dirección contraria corriendo, entonces sí, de verdad. Héctor dudó entre seguirle o continuar con su recorrido. Al final, a sabiendas de que era mejor que pasara el tiempo y se calmaran los ánimos, optó por la segunda posibilidad.