Cuando llegó a casa, su hijo ya se había duchado y encerrado en su cuarto. Dedujo que también había cenado, puesto que encontró platos en el fregadero, sin lavar. Añadir otro reproche le pareció excesivo y fingió no verlos. Pero cuando vio las zapatillas en la caja, encima de la mesa, en un gesto que a todas luces era un desafío, llamó a la puerta del cuarto de su hijo. No obtuvo respuesta. Abrió sin que Guillermo diera señales de inmutarse: tenía el ordenador encendido, por supuesto, y los auriculares conectados. Héctor tuvo que hacer un esfuerzo que su terapeuta habría elogiado para no desconectar todos los aparatos eléctricos y conseguir que le prestara un mínimo de atención.
Luego mantuvieron una conversación que, vista con perspectiva, habría sido mejor evitar. El contenido y las formas daban igual; el resultado había sido que Guillermo le había invitado a abandonar su cuarto -«¿Te importa dejarme en paz?»- y él había respondido con una frase típica de padre cavernario, con el acento argentino que ya sólo le salía cuando se enojaba, que jamás pensó que pronunciaría. Para colmo, cuando estaban en pleno intercambio de frases hechas, cada uno en su papel, había llamado Carmen.
La casera no pareció advertir que interrumpía una discusión paternofilial. Se la veía emocionada, incluso nerviosa. Un estado que, Héctor lo sabía, sólo podía deberse a una cosa: efectivamente, el hijo de Carmen, Carlos, Charly para todo el mundo, la había llamado esa tarde después de años sin dar señales de vida. Todas las balas perdidas encuentran un agujero donde alojarse, reflexionó Héctor. Y Charly era una bala de largo recorrido que siempre acababa haciendo daño. No obstante, una madre es una madre, y aunque Carmen no era tonta y sabía de qué pie calzaba su hijo, la mujer estaba contenta, y Héctor dedicó un rato a charlar con ella. Charly llegaría el viernes para quedarse una temporada. Obviamente no tenía trabajo, ni mucho dinero, ni había concretado plan alguno. La crisis sin duda favorecería el retorno de los hijos pródigos que ya rondaban la treintena.
Después de que Carmen se fuera, retomar la discusión con Guillermo le pareció absurdo, así que cenó poco, vio un rato la televisión y, finalmente, con el portátil bajo el brazo, subió a la azotea. Nada era como debía ser, se dijo: ni los hijos, ni los padres, ni aquella noche de invierno.
Convencido de que no se dormiría, encendió el ordenador y se lanzó a la búsqueda de información. Era un poco ridículo, ya que todo aquello podría obtenerlo al día siguiente de Roger Fort, pero quería hacer algo y el nombre de Laboratorios Alemany seguía reverberando en su mente. No tenía ganas de leer la historia de la empresa en ese momento, aunque sí vio un vídeo corporativo, realizado con bastante acierto, sobre los criterios que definían la compañía: juventud, libertad y belleza integral… Un adjetivo, este último, que parecía estar en auge.
El vídeo recogía breves entrevistas con miembros de la empresa, entre los que reconoció a algunos que salían en la fotografía de grupo. Ni Sara, ni el otro suicida, Gaspar Ródenas, aparecían en él. Sí salía Víctor Alemany, por supuesto, y su hermana, Sílvia, una de las mujeres de la foto. Con la copia de la instantánea en la mano y en un segundo visionado del vídeo, identificó también a Brais Arjona, brand manager de la línea Young, y a Amanda Bonet, una preciosa joven que, según el subtítulo, era la responsable de diseño y packaging de la misma línea. Le quedaban tres personas sin nombre: tres hombres que aparecían en la foto aunque no en el vídeo y que debían de pertenecer a departamentos técnicos. No, uno de ellos sí salía: Manel Caballero, adjunto al director técnico. Resultaba casi irreconocible pero sí, era éclass="underline" el mismo chico de cabello un poco largo que en el vídeo hablaba de «innovación y desarrollo» con poca soltura. Desde luego mucha menos que el tal Brais Arjona, un tipo que demostraba un aplomo envidiable. En argot cinematográfico, la cámara le quería, aunque no tanto como a Amanda Bonet. Sin duda, Amanda era una de las mujeres más bellas que Héctor había visto nunca, y hablaba despacio, con claridad y sin afectación.
Efectuó luego otra búsqueda. «Gaspar Ródenas.» No aparecían muchos enlaces, ya que la prensa solía ser cuidadosa a la hora de citar los apellidos. No le importó: al día siguiente tendría el informe oficial. Iba a dejarlo -tampoco eran horas de leer relatos de padres que matan a sus hijas de apenas un año-, cuando un artículo le llamó la atención. El titular, «Una familia normal», apuntaba una nota de ironía que le gustó, aunque la sorpresa se la dio el nombre de la periodista que lo firmaba: Lola Martínez Rueda. Lola. Joder, Lola… Después de tanto tiempo.
Sonrió al recordarla. Su aire desenfadado, su risa contagiosa, aquellas manos que no paraban quietas. Lola… Hacía años que no pensaba en ella. Había aprendido a relegarla a un diminuto espacio de su cerebro, a sepultarla bajo el peso de la decisión tomada. Sin embargo, en ese momento, en esa madrugada falsamente cálida, vio su cara como si la tuviera delante y ese recuerdo disipó su mal humor.
Capítulo 11
Las ciudades, como los perros, no duermen del todo. Como mucho se adormecen, descansan, cobran fuerza para soportar el trasiego de coches y de peatones que les espera a la mañana siguiente. Sus calles respiran con un poco más de libertad, ocupadas sólo por ese reducido número de personas que se mueve de madrugada. Animales nocturnos de distinto pelaje deambulando por aceras o calzadas casi vacías, siempre más frías, más silenciosas. Más lentas. Son horas en las que cualquier ruido, por nimio que sea, se convierte en un estruendo. La puerta de un coche al cerrarse bruscamente suena como una detonación, los pasos firmes provocan ecos, las voces parecen gritos.
Brais Arjona había pertenecido durante años a ese mundo de sombras. Acostumbraba a salir solo y volvía solo, pero eso no le importaba. Lo que buscaba, lo que necesitaba, era llenar esas horas con caras anónimas y cuerpos desconocidos. Por desgracia, incluso en una ciudad como Barcelona, las fieras nocturnas tendían a ser siempre las mismas y a veces, al descubrir entre la fauna a tipos que ya conocía de vista, se sentía incómodo, asqueado de ese ambiente de rincones oscuros e individuos solitarios. Se cruzaba con otros de más edad y apartaba la mirada, no para ignorarlos, sino para no verse a sí mismo cuando ya no fuera tan joven, tan atractivo. Tan deseable. Aun así, invariablemente, a pesar de que muchas madrugadas se hacía el firme propósito de reducir esas escapadas, de salir sólo con sus amigos, de quedarse en casa viendo una película, el olor de la noche despertaba en él un instinto casi irreprimible. Y, pasadas las doce, cuando la mayoría de los trabajadores responsables se metían en la cama, él se lanzaba a la calle. Como un lobo. En busca de su manada. En busca de una presa. En busca de algo que apaciguara su hambre.
Al igual que le había sucedido en Madrid, durante su primer año en Barcelona hubo noches memorables y otras para olvidar. Pero incluso las peores tenían algo estimulante. Eso formaba parte del juego y él lo sabía. No obstante, poco a poco, todas empezaron a parecerse cada vez más: las buenas y las malas se iban fundiendo en una sola categoría, mediocre y grisácea. Los mismos hombres, los mismos cuartos oscuros, las mismas barras de bar. Las mismas miradas que, sin necesidad de palabras, ponían en marcha el complejo, y a la vez simple, mecanismo del sexo. Y entonces, cuando el hastío amenazaba con devorarlo, o quizá precisamente por eso, apareció David.
David, su marido, que en ese momento dormía abrazado a la almohada como si fuera un salvavidas. David, que se acostaba a las doce como muy tarde y se despertaba a las siete, rebosante de energía. David, que cazó al lobo y lo reconvirtió en un afable animalito doméstico. Brais nunca tuvo problemas en aceptar su homosexualidad, ni siquiera veinte años atrás en su Galicia natal, en esas tierras lluviosas que entonces odiaba y que, de un tiempo a esa parte, tendía a añorar. Era probable que la falta de una familia le allanara el camino: no había nadie a quien contárselo, o cuando menos nadie a quien le importara de verdad. Pero, de haber tenido algún problema, de haber sido uno de esos individuos que esconden sus verdaderos deseos, la presencia de David habría disipado el menor atisbo de temor o de vergüenza. Porque querer a alguien con esa fuerza no podía estar mal. Por eso se habían casado, en un gesto simbólico: para proclamar al mundo que estaban juntos, que estarían juntos y que, con un poco de suerte, envejecerían juntos. Una vejez que aún parecía lejana. Brais tenía treinta y siete años; su marido acababa de cumplir treinta y uno. La vida se extendía ante ellos como un largo camino feliz. No obstante, esa noche el camino parecía truncarse, desembocar en un precipicio abrupto y peligroso. Al menos para él.