Es una noche de minutos eternos, un amanecer que se resiste a llegar. Son casi las tres cuando Brais se levanta de la cama harto de pensar y se dirige, descalzo, hasta el portátil que había dejado en la mesa del comedor. Sabe que no debe mirarla, pero hay algo malsano en esa imagen que le resulta adictivo.
La foto llegó adjunta en un correo de sólo tres palabras. «No te olvides.» Como si alguien pudiera olvidarse de eso. Brais cierra los ojos durante unos segundos, el tiempo que tarda en abrirse la foto. A pesar de que ya sabe lo que contiene, todo su cuerpo se pone en tensión. Levemente inclinado, con las dos manos apoyadas en la mesa, contempla la pantalla y siente deseos de destrozarla de un puñetazo. Podría hacerlo, pero no serviría de nada. Los tres perros ahorcados seguirían en su cabeza: las fauces abiertas, los cuellos estirados, las patas rígidas. Como reos ejecutados sin piedad.
Permanece unos minutos más inmóvil, tenso. Su cuerpo le pide actuar, reaccionar de algún modo físico a ese estímulo fijo e imperturbable. Por eso, aún de pie, cierra la ventana de la imagen y vuelve al correo. Compone un e-mail rápido y lo dirige a las cuentas personales de las cinco personas interesadas: Sílvia Alemany, César Calvo, Amanda Bonet, Manel Caballero y el de más edad de todos, Octavi Pujades. Los que todavía siguen vivos, piensa con frialdad. Los que aún pueden salvarse.
Luego vuelve a la cama y abraza a su marido con la vaga intención de contagiarse de esa tranquilidad de espíritu que otorga a David un sueño profundo, reparador, el sueño de los inocentes. Es lo único que importa, piensa Brais, poder dormir con David a su lado durante lo que le queda de vida.
Hace ya meses que para Octavi Pujades el día y la noche se han convertido en una especie de duermevela continuo. Había leído en alguna parte que eso se usaba como medio de coacción para los prisioneros de guerra: cuando las coordenadas temporales desaparecían, la mente perdía pie y se despeñaba hacia la incoherencia. Quiere creer que no es su caso, que su cerebro sigue funcionando con la misma precisión, que analiza y decide usando la más pura lógica. Para Octavi, director financiero de Laboratorios Alemany desde hace más de veinte años, dos más dos han sido siempre cuatro en los balances y en la vida. Por eso le incomoda que en otras profesiones, en otros ámbitos, la gente sea tan inexacta, tan matemáticamente incorrecta.
Cuando a su esposa le diagnosticaron el cáncer que la tiene postrada en la cama, el médico afirmó que, por desgracia, Eugènia no llegaría al amanecer del nuevo año. En sus propias palabras, si conseguía sobrevivir hasta Navidad ya sería todo un logro. Y Octavi Pujades actuó en consecuencia con esa previsión. Habló con Sílvia y con Víctor, designó a un sustituto en funciones -no el que habría escogido, sino el único posible dadas las circunstancias- y se tomó unos meses de excedencia para atender a su esposa. Eugènia sólo le había pedido una cosa: morir en casa. En el mismo espacio donde llevan viviendo dieciocho años, desde que cambiaron el piso de la ciudad por esa vivienda independiente situada en Torrelles de Llobregat, en una urbanización donde aún existían los pájaros. Él se lo había prometido y había asumido la tarea con la misma disciplina que aplicaba a su entorno laboral. Iban a ser cinco meses a lo sumo, desde agosto hasta fin de año, una cantidad de tiempo suficiente pero no excesiva. Estaba relativamente seguro de que Gaspar Ródenas, el reemplazo elegido, desempeñaría su puesto y a la vez le mantendría informado. Nunca, ni en los peores momentos de duda, se le ocurrió pensar que Gaspar moriría antes que Eugènia y que al final tendría que recurrir a quien debería haber sido el primer candidato. La vida tiene una extraña forma de buscar justicia, pensó. Antes se decía que los caminos del Señor eran inescrutables, lo cual venía a ser más o menos lo mismo.
Esta madrugada, Octavi entra en lo que había sido su habitación y ahora es una cámara mortuoria con un cadáver que se resiste a morir. La fuerza con que Eugènia se aferra a este mundo, a esas escasas horas de conciencia sin dolor que conforman su vida, le parece admirable y sorprendente a la vez. Nunca habría creído que ese cuerpo pequeño y delgado albergara tanta capacidad de resistencia, tantas ganas de plantar cara a esa muerte que tiene que estar agazapada en algún rincón de ese cuarto, cual ave carroñera lista para clavar las garras sobre su presa.
Eugènia duerme. La medicación la mantiene sedada durante gran parte del día y de la noche; él se sienta en el borde de la cama. Sabe que está haciendo todo lo posible. Sin embargo, por mucho que ha intentado obligarse, no ha conseguido compartir ese lecho con ella, y eso le duele. Desde el principio se trasladó al cuarto de su hijo mayor, vacío desde que éste se casó. De hecho, cuando muera Eugènia, venderá esa casa. Es absurdo mantener una vivienda tan grande, pensada para una familia de cinco miembros como mínimo. Se lo cuenta a su mujer, a pesar de que ella no puede oírle. Hace lo que no ha hecho en años de matrimonio: explicarle sus planes, tener en cuenta la opinión que ella expresaría si pudiera. Lo bueno de llevar tanto tiempo casado con la misma persona es que en un ochenta por ciento de los casos sabes lo que te dirá. O lo que te diría si poseyera el control de todas sus facultades.
Le habla, pues, de su hijo, que ha ido a verla esa tarde mientras ella dormitaba; de su hija, que se resiste a visitarlos porque cada vez que lo hace sale deshecha en llanto, y de esa otra hija, la más joven, la más turbulenta, que aparece sin avisar y se marcha sin decir adiós. Octavi sigue fiándose del criterio de su mujer sobre esta última. Tranquilo, le ha dicho ella siempre, hay personas que encuentran su camino de forma natural y otras que necesitan dar vueltas y vueltas, retroceder para luego avanzar de golpe. Y cuando llegue el momento, Mireia dará un salto que nos dejará a todos atrás.
Una vez se agota el tema de los hijos, Octavi sigue hablando. Después, tras unos instantes, pasea la mirada por el techo, como si temiera que, al oír su confesión, esa rapaz asesina cambie de víctima y se lo lleve a él. Como se llevó a Gaspar y se ha llevado a Sara, dejando como única esquela esa fotografía inmunda. Y recuerda, sin quererlo, las palabras de Gaspar cuando éste fue a verle, aquella frase que se ha quedado grabada a fuego en su mente. «No nos merecemos otra cosa. Así acabaremos todos, Octavi. Muertos como perros.»
El despertador, puesto a las seis menos cuarto, anuncia el principio del día para Manel Caballero. Siempre le ha costado levantarse, ya de niño habría dado cualquier cosa por retrasar el momento de regresar al mundo real. Odiaba las clases con la misma intensidad con que ahora detesta los laboratorios donde trabaja, no por el puesto en sí, sino porque le obliga a relacionarse con gente. Si pudiera elegir, realizaría sus tareas en casa o, como mucho, rodeado de unas cuantas personas escogidas. Inteligentes, limpias, calladas. De las que no se meten en las vidas ajenas. Es decir, prácticamente ninguna.
Como todos los días, coge una toalla limpia para secarse y luego la deposita directamente en el cesto de la ropa para lavar. Procede a vestirse con las prendas que dejó preparadas la noche anterior y, cuando termina, se dirige a la cocina para preparar el desayuno. Sólo café; a esas horas su estómago no admite nada sólido. Antes de salir de la cocina friega la taza y la cucharilla, las seca con cuidado y las guarda en su sitio. Vuelve al cuarto de baño y se cepilla los dientes durante tres minutos exactos. Echa un vistazo y, aunque mientras se duchaba no había caído ni una sola gota de agua en el suelo, lo friega con meticulosidad. Le gusta marcharse sabiendo que ha dejado el piso impoluto, la cama hecha, la cocina recogida. Eso le da fuerzas para sobrellevar la peor parte del día: el trayecto en transporte público hasta Laboratorios Alemany. Gente ruidosa con la que debe compartir el espacio durante casi cuarenta minutos. Sólo por eso habría cambiado de empleo: se lo había planteado muy seriamente, pero la situación no está para caprichos. Además, sus perspectivas laborales han mejorado mucho desde el verano, y hace meses que decidió que merece la pena aguantar inconvenientes menores como ése. Así que todos los días soporta el viaje como quien se somete a un vía crucis. Aislado de todos gracias a los auriculares o a un libro; de pie, porque esos asientos de plástico le dan asco y porque así puede moverse si alguien se instala demasiado cerca. Sale antes de casa por eso, porque tiene comprobado que el autobús siguiente va mucho más lleno. Las contadas ocasiones en que ha tenido que cogerlo le ha faltado el aire.