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Ese día el autobús va medio vacío por alguna razón inexplicable, así que no tiene que fingir que lee. Si alguien le observara, jamás habría adivinado que ese chico pulcro y bien peinado, vestido sin estilo pero con ropa exquisitamente planchada, está pensando en dos compañeros suyos que han muerto en cuestión de meses. Su rostro no deja traslucir pena ni sorpresa. Más bien indica una intensa concentración, como si estuviera intentando resolver mentalmente una ecuación demasiado compleja para sus capacidades.

Manel Caballero no ve el e-mail con la foto adjunta y el otro que mandó Brais de madrugada hasta que enciende el ordenador en su lugar de trabajo. Su costumbre de ser el primero en llegar le concede unos minutos para evaluar la situación y ponderar las opciones. Tarda poco en decidirse: con un clic rápido elimina ambos correos y luego los hace desaparecer de la papelera. Su buzón está de nuevo limpio como su piso. Libre del menor atisbo de suciedad.

Amanda Bonet, en cambio, sí mira el correo desde casa, tanto el personal como el del trabajo. De hecho, es lo primero que hace todas las mañanas y su última actividad antes de acostarse. Siempre con la esperanza de recibir un mensaje especial, uno de esos correos que la llenan de excitación y que le alegran la noche o el despertar. Lleva meses así, embargada de una emoción contenida, enganchada a esos mensajes y a esos apasionados encuentros semanales. Más feliz de lo que nunca había sido, aunque quizá «felicidad» sea un término demasiado simple para describir sus sentimientos.

Por tanto, ese miércoles, Amanda sigue su rutina habitual y sus ojos adquieren un brillo especial al ver que en su correo personal hay cuatro mensajes nuevos. No por la cantidad, sino por uno en concreto. Mira los remitentes de los otros tres: uno es de una amiga y otro de Brais Arjona, y se dice que ya los contestará luego, mientras que el tercero es de alguien desconocido, sin asunto. Lo borra sin abrirlo por miedo a los virus y se concentra en el único que le interesa. Después de la noche que ha pasado, plagada de pesadillas atroces que no logra recordar del todo, necesita comunicarse con él, y sólo puede hacerlo a través del correo. Un medio frío tal vez, pero en cualquier caso mucho mejor que nada. Abre el mensaje y sonríe ante la primera línea, un saludo cariñoso, envolvente, protector. Le imagina escribiéndolo de madrugada, pensando en ella desde su cama, componiendo ese texto mientras la evoca en su memoria.

Sigue leyendo y, como siempre, va sucumbiendo al efecto que esas frases provocan en ella. Todavía se asombra de que él logre esa respuesta de su cuerpo sólo con palabras. A veces, pocas, piensa que esos instantes la satisfacen casi tanto como los encuentros de los domingos por la tarde. En cualquier caso, sabe que la realidad no tendría sentido sin esta parte del juego, de la misma forma que los correos o los mensajes al móvil carecerían de emoción si no existieran los momentos reales de piel, de roce, de recompensa o de castigo.

Lee el mensaje hasta el final, saboreando cada término, cada elogio, cada reconvención y, sobre todo, cada orden. Él le da indicaciones precisas sobre cómo debe vestirse, peinarse, perfumarse. Sobre la ropa interior que ha de llevar. Ella a veces le desobedece -es una regla no escrita-, aunque nunca en nada demasiado obvio. En apariencia sigue sus mandatos al pie de la letra y se excita al ponerse la falda que él ha escogido para ese día, al echarse las gotas de la colonia que él quiere oler, o al ser consciente de que su lencería, algo que él difícilmente verá en el trabajo, no es del color requerido. El hecho de que trabajen en la misma empresa añade a la situación el aliciente del disimulo, el riesgo del romance ilícito que él acentúa en alguna ocasión con atrevimiento controlado. Es más, nadie se ha percatado de sus juegos… Nadie sabe nada de ellos, especialmente ahora que Sara ha muerto.

No, no quiere pensar en Sara. Recuerda de repente la pesadilla que la ha aterrado esa noche. La imagen de Sara corriendo por el largo túnel del metro, perseguida por una jauría de perros. Y ella, Amanda, contemplando la escena como quien ve una película de miedo, sufriendo por Sara, intentando advertirle que lo peor no estaba detrás de ella, sino al final de ese maldito túnel. Pero era inúticlass="underline" la mujer que huía sin mirar atrás no la oía por mucho que gritara. «Detente, Sara. Nadie va a hacerte daño. No son perros, somos nosotros.» Entonces se había visto a sí misma, con los demás, corriendo en vano por el mismo túnel para alcanzar a Sara. No estaba segura de si la perseguían para salvarla de su terrible destino o para verla morir arrollada por un tren.

Leire

Capítulo 12

Llevaba quince minutos esperando y empezaba a impacientarse, no porque tuviera muchas cosas que hacer, sino porque en el fondo temía que Carolina Mestre no se presentara. Consultó el móvil para ver si había algún mensaje advirtiendo del retraso. Nada. Contempló con desánimo la infusión que tenía delante y, por hacer algo, dio un pequeño sorbo e hizo una mueca de disgusto. Un brebaje de lo más insulso, a juego con el local.

Echó un vistazo a su alrededor, cada vez más convencida de que Carol no acudiría a la cita. Ella la había llamado por teléfono el martes por la mañana y, tras una especie de monólogo por su parte, ensayado para causar la impresión correcta, su interlocutora había colgado el teléfono con un lacónico: «No tengo nada que decirte». Leire se había armado de paciencia y había insistido un rato después. Esa vez nadie respondió al teléfono y ella dejó un largo mensaje en el buzón de voz. Pasó casi el día entero sin obtener respuesta de Carol y, cuando ya desesperaba, le llegó un mensaje de texto, escueto y poco amistoso, que la citaba en esa cafetería el miércoles a las seis de la tarde. Y allí estaba, en aquel local del centro de paredes blancas y pizarras negras que anunciaban cosas como brunch y blackberry muffin, con la única compañía de una camarera rubia y lacia que parecía tomarse el empleo como un paso necesario antes de alcanzar la fama, y de otro cliente, un turista joven que, por el precio de un café solo, saqueaba la conexión wi-fi del local.

Leire hojeó una de esas revistas gratuitas, llenas de fotos y de entrevistas con cantantes que no conocía y que, salvo escasas excepciones, tenían aspecto de haber estado pasando hambre durante una buena temporada. La infusión se le enfriaba pero no conseguía bebérsela. A partir del tercer mes de embarazo las náuseas habían cedido paso a unas manías tontas y súbitas ante alimentos de diversa índole. En ese momento, aquel té de frutos rojos le daba un asco indescriptible. Se dijo a sí misma que en cuanto llegara a la última página de la revista se levantaría y se iría, y así habría sido si no le hubiera llegado un mensaje al móvil, no de quien esperaba, sino de Tomás. Cabrón, pensó en cuanto vio su nombre en la pantalla. No había dado señales de vida desde Nochevieja, es decir, doce días antes.