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Vaciló ante la última palabra. Carol no tenía aspecto de ser de las personas que lloran en público, aunque el dolor estaba impreso en cada uno de sus gestos.

– ¿Qué crees que pasó?

– No lo sé. Hay algo evidente: ella nunca se hubiera ido así por las buenas. Era demasiado seria, demasiado responsable. Y, además, está Guillermo. Al principio pensé que había sido cosa de su ex. Lo sé, lo sé, es un buen tipo. -Suspiró-. No estoy diciendo que le hiciera daño, aunque admito que llegué a sospecharlo. Pero en cuanto lo vi supe que no, que por mucho que yo le odiara, ese hombre no habría sido capaz de algo así. Cuando algo te duele, te vuelves más receptiva al dolor ajeno.

Dio un último sorbo al vino. En la copa ya sólo quedaba una sombra de color granate, como un rastro de sangre.

– Tuvo que ser algo relacionado con él, de todos modos. Con su trabajo, con ese hombre al que pegó… -Miró a Leire a los ojos, con expresión de absoluto desconcierto-. No se me ocurre ninguna otra cosa. ¿Quién si no iba a hacerle daño a Ruth?

– Perdona la pregunta, pero ¿estás segura de que no había nadie más?

– ¿Se puede estar segura de eso? -Ambas sonrieron-. Por mi parte no, eso sí puedo jurarlo. Ni siquiera ahora, seis meses después. Nadie puede compararse con Ruth. Ni de lejos.

Carol se sumergió en sus recuerdos durante unos instantes y Leire casi pudo sentir cómo la nostalgia se apoderaba de aquel local, de sus pizarras y de sus mesas vacías, incluso de la camarera que, convertida de nuevo en estatua de sal, parecía evocar también un amor perdido.

– Yo juraría que Ruth me fue fiel. Creo que me habría contado la verdad. Los meses que engañó a su marido fueron una tortura para ella. Ya sé que parece una frase hecha, sin embargo, es la verdad.

– ¿Nunca hubo una mujer antes que tú? Disculpa la intromisión. Es que me parece extraño que alguien descubra que le atraen las personas de su mismo sexo a los treinta y ocho años.

Carol se encogió de hombros.

– Estoy bastante segura de que fui la primera, si es que eso tiene algún mérito.

– ¿No se lo preguntaste jamás?

– Cómo se nota que no la conociste. Ruth contaba lo que quería. Y era capaz de dejarte sin palabras con sólo una mirada. Yo a veces me reía de ella, diciéndole que parecía sacada de una serie inglesa. Ya sabes, de esas con caballeros y damas arriba y criados abajo.

Leire asintió. En las fotos de Ruth también había advertido ese aire aristocrático. Incluso en tejanos y camiseta se veía elegante. Con estilo propio. En el local sonaba una música tranquila, una especie de bossa nova a ritmo de jazz que llenó el ambiente de una melodía empalagosa, susurrante.

– No sé en qué más puedo ayudarte. Y tampoco sé si quiero seguir hablando de esto -admitió Carol con franqueza.

– Lo entiendo. Sólo una cosa más, ¿estaba trabajando Ruth en algo nuevo?

– Ella siempre tenía algo en mente. Hay varias carpetas con esbozos y dibujos sueltos. Siguen en su casa, claro.

– ¿Te importaría que les echara un vistazo?

No albergaba grandes esperanzas; en realidad lo que quería ver era la casa, el lugar donde se había perdido el rastro.

– Tengo unas llaves. Supongo que no importará que los veas aunque no sé de qué te va a servir. -Suspiró-. Definitivamente tengo que hablar con Héctor de todo esto. No, no de ti -aclaró-. Hablo de qué hacer con el alquiler, con las cosas de Ruth, con el dinero…

El dinero. Era la segunda vez que Carol mencionaba ese tema, y la policía desconfiada que Leire llevaba dentro no pudo evitar percatarse de ello. Si había aprendido algo en sus años de experiencia policial era que la codicia era una de las emociones más viejas del mundo. Y una de las más letales… En ese caso, sin embargo, y dejando a un lado impresiones personales -no conseguía imaginar a esa mujer con la que compartía la mesa matando por dinero-, había un hecho obvio: Ruth valía mucho más viva que muerta. Era joven, le quedaban muchos años de carrera profesional, de generar beneficios que Carol compartiría. Sin el cerebro creativo, la parte comercial de esa sociedad no tendría nada más que vender. A pesar de eso, tomó nota mental de averiguar el estado financiero de la sociedad que ambas compartían. El peligro de cualquier investigación, lo sabía, era dejar cabos sueltos basándose en impresiones personales o ideas preconcebidas. De todos modos, decidió concentrarse de momento en la posibilidad de ver ese espacio donde Ruth había vivido y trabajado. No tenía muy claro que Carol no se arrepintiera de ese ofrecimiento si no lo pillaba al vuelo, así que se arriesgó a preguntar:

– ¿Tienes mucha prisa? Estaba pensando que no es muy tarde y que, si no tienes inconveniente, podríamos acercarnos ahora hasta la casa de Ruth.

– ¿Ahora? -Carol vaciló.

– A mí me va bien. -No quería insistir demasiado, sólo lo justo. Intuía que esa tarde había conseguido construir un clima de confianza, de cooperación, que podía enfriarse en cuanto ambas se separaran.

No se equivocaba. Carol meditó durante unos segundos y luego asintió.

– De acuerdo. Tengo el coche en el garaje y llevo las llaves. En realidad aún no he conseguido dejarlas en casa.

Leire no añadió nada más. Pagó la cuenta sin atender a las protestas de Carol y se dirigió a la puerta. Cuanto antes salieran de allí, menores serían las posibilidades de que su acompañante cambiara de opinión. Ya en la puerta, mientras se abrochaba el abrigo, una especie de mantón que según su amiga María la hacía parecer pobre como una cantautora rusa, miró a la camarera a través de los cristales. En aquel local tan grande y vacío parecía una figura insignificante. Seguía sentada detrás de la barra y a su espalda se alzaba un muro de botellas. Un fondo verde y escurridizo para aquella criatura pálida, de labios muy rojos y cejas perfiladas que apoyaba los codos en el mármol blanco.

Capítulo 13

Los pisos vacíos son como actrices en decadencia, pensó Leire. Bien arreglados, siempre esperando la llegada de esa persona que les diera sentido, que volviera a convertirlos en espacios acogedores y vivos, no lograban desprenderse de un aire rancio, polvoriento, ese punto de dejadez asumida que en lugar de atraer repelía. El de Ruth, de grandes dimensiones y techos altísimos, se veía aún más hueco, más abandonado. Más melancólico.

No era exactamente un loft, sino más bien un híbrido entre un estudio y un piso convencional. En uno de sus lados se encontraba el salón y una barra americana que lo separaba de la cocina; un tabique prefabricado se comía unos metros: ésa había sido la habitación de Guillermo. En el otro extremo, al final de un pasillo largo y un poco lúgubre, se abría de nuevo otro espacio de planta cuadrada, equipado para servir de estudio y también provisto de unas paredes de Pladur, que delimitaban el dormitorio de Ruth. En realidad eran como dos pisos simétricos, unidos por ese corredor.

Como si intuyera la pobre impresión que daba el piso, Carol encendió todas las luces y, de alguna forma, logró reanimar aquel espacio frío. En pie en medio del salón, Leire era capaz de imaginar perfectamente a Ruth y a su hijo sentados en el sofá de cuero marrón que se apoyaba en una pared de ladrillos. Las otras paredes eran blancas. Examinó la amplitud del espacio, las vigas color tostado que surcaban los techos. Un par de cuadros grandes, abstractos, contrastaban con la sobriedad del sofá, y una alfombra inmensa -uno de los diseños de Ruth- animaba un suelo de madera que pedía un buen pulido. Había libros apilados en los rincones, pero el conjunto no daba sensación de desaliño, sino de ese desorden cálido que emana de los lugares donde la gente vive tranquila, relajada, descuidadamente feliz.