– ¿Qué cree que le sucedió?
– Creo que lo que sucedió es que ustedes no hicieron bien su trabajo. Porque, si lo hubieran investigado a fondo, ahora no estaríamos hablando de esto. Creo que mi yerno, o ex yerno si lo prefiere, ha sido igual de inepto a la hora de retener a su mujer que a la hora de investigar su desaparición. Y creo que a usted debería darle vergüenza presentarse en mi casa, medio año después, para hacerme un montón de preguntas de las que sólo cabe deducir que no tienen ni la menor idea de lo que le pasó a Ruth. ¿Quiere que le diga qué más creo? Creo que mi hija jamás debió vivir sola en ese barrio, creo que esta ciudad está llena de delincuentes que campan a sus anchas. No, no me importaba que Ruth se acostara con otra mujer. Ni que dejara a su marido, que bien se lo merecía. Lo que me importa, lo que me saca de mis casillas, es que… Es que a día de hoy no sé si tengo una hija muerta o no. No sé si debo llorar o conservar alguna esperanza. No sé si… -Se interrumpió, alterada, y dio la impresión de hacer un esfuerzo por serenarse-. Si no tiene nada más que añadir, le rogaría que se fuera. Mi marido debe de estar a punto de llegar.
La respuesta había sido tan tajante que, aun estando sentada, Leire se echó hacia atrás.
Leire se levantó tan deprisa como se lo permitió su abultado vientre. El rapapolvo de la señora Martorell era, con mucho, el peor que se había llevado en años. Quizá se debiera al resquemor del orgullo herido, o tal vez simplemente trataba de hallar una salida digna a esa visita, pero cuando ya estaba de pie, preguntó:
– Ha dicho antes que ninguna madre puede llegar a sorprenderse demasiado de lo que haga un hijo, y deduzco que con eso quería decir que conocía bien a Ruth. ¿Hubo alguna otra chica en su vida? Hablo de mucho antes, de cuando Ruth era muy joven y aún vivía aquí. -Lo preguntó pensando en la niña de la foto, en la figura del acantilado, aunque con pocas esperanzas de obtener una respuesta.
La señora Martorell la miró fijamente, como si de repente aquella joven embarazada hubiera dicho por fin algo sensato.
– Claro que la hubo. Se llamaba Patricia, Patricia Alzina. Era compañera de Ruth en las clases de gimnasia rítmica. Y su mejor amiga.
– ¿Y qué pasó?
Montserrat Martorell desvió la mirada, entrecerró los ojos y respondió con voz neutra, menos indiferente de lo que hubiera querido.
– Patricia murió a los dieciocho años en un accidente de automóvil. Volvía de Sitges, de pasar unos días en casa. Era una conductora inexperta y perdió el control del coche. Se despeñó por la carretera del macizo de Garraf.
Gaspar
Capítulo 15
Con un manotazo brusco, César apagó la radio del coche. En aquella parte de la carretera, sembrada de curvas, las interferencias eran constantes y las frases a medias lo ponían nervioso. Además, tampoco estaba de humor para interesarse por una tertulia deportiva en la que los comentaristas desgranaban las alineaciones y analizaban las jugadas con el mismo tono mordaz que usarían los contertulios de un programa de cotilleos.
Necesitaba silencio. Un silencio absoluto que le permitiera pensar en todo lo que estaba pasando. En Sara, en Gaspar, en los perros colgados y, en otro orden de cosas, en Emma y el riesgo que suponía aquella cría consentida para su relación con Sílvia. Demasiados problemas, se dijo, mientras reducía a segunda para encarar el siguiente recodo de la carretera comarcal que conducía hasta el pequeño municipio de Torrelles de Llobregat, donde residía Octavi Pujades. Todo para él, pensó César. Nunca había comprendido a la gente que se complicaba la vida yéndose a vivir lejos de la ciudad sólo por tener una casa sin vecinos, por disfrutar de esa absurda paz que, al final, acababa por destrozarles los nervios. Él aún no había llegado y ya le daba pereza el trayecto de regreso por esa carretera que cruzaba el bosque. Un bosque oculto entonces por la oscuridad, pero que intuía denso, amenazante.
Los faros de otro vehículo que circulaba en dirección opuesta le advirtieron, con un par de destellos fugaces, que llevaba las luces largas puestas. No se había dado ni cuenta y las cambió al instante. A partir de ese momento avanzó más despacio: sólo conseguía ver a unos pocos metros y eso lo intranquilizaba. Él era un hombre cuidadoso, cauto, y había aprendido que lo mejor para andar por la vida sin sorpresas desagradables era tomarse las cosas con calma y prevenir los problemas. Verlos venir de lejos. Por eso iba a hablar con Octavi a espaldas de Sílvia. Había pocas personas en las que César confiara, pero el director financiero era una de ellas. Por edad, por conocimientos, incluso por simple experiencia vital, consideraba que su opinión merecía ser tenida en cuenta. Confiaba mucho más en él que en el chulo de Arjona, por ejemplo, entre otras cosas porque, en el fondo, nunca se había fiado de quienes se desvían de la norma y además hacen ostentación de ello. No le parecía mal, allá cada uno con sus líos de cama, no obstante, ese hecho trazaba una línea invisible que, unida a la arrogante autosuficiencia de Brais Arjona, le provocaba inseguridad. Como si él fuera un individuo vulgar, un cuarentón anodino y limitado. Y de los demás mejor no hablar: Amanda era una cría y el tipo del laboratorio no podía ser más raro. Estaba Sílvia, por supuesto, y con ella había hablado de todo largo y tendido, hasta agotarse, pero César tenía la impresión de que para aclararse las ideas necesitaba mantener una charla con un hombre mayor y responsable. Sólido.
Un animalillo cruzó la carretera de repente y César dio un volantazo por puro instinto. Maldito bosque, pensó. Malditas sombras. Malditos perros muertos.
Está demasiado cansado por la carrera. Ha finalizado el trecho más empinado del camino y, justo en ese momento, el cielo se ensombrece de repente. Es una nube tan súbita, tan espesa, que el día se apaga ante sus ojos, como si presenciara un eclipse o los efectos de una maldición bíblica. Luego, poco a poco, el sol va cobrando fuerza hasta imponerse en aquella lucha y mostrar de nuevo su poder. Es entonces cuando, solo en mitad de aquel campo que se extiende hasta donde le alcanza la vista, se percata de que el cobertizo de madera, el mismo que aparece dibujado en el estúpido mapa que les han dado en la casa antes de salir, está a unos quinientos metros de distancia. Al lado de un árbol solitario, de tronco y ramas fuertes. César resopla, fatigado, y nota cómo la boca se le llena de una saliva amarga, más propia de un domingo de resaca que de una mañana de sábado en el campo. Puto campo, rezonga casi en voz alta. Putas jornadas de trabajo en equipo. Team building. Como si no llevara ya años organizando los equipos humanos del almacén. Como si aquellos formadores fueran a enseñarle algo que no supiera ya.
Mira hacia atrás: sus compañeros tardarán al menos diez minutos en llegar, así que puede detenerse allí, como prueba de respeto al grupo y de paso para descansar un poco. Ha corrido demasiado, piensa mientras espera, satisfecho de haber sido el primero en llegar. Por una vez ese fin de semana habrá vencido a Brais Arjona. Al parecer, la competitividad es de los pocos atributos que no pierden fuerza a partir de los cuarenta.
Cuatro y cuatro, ésa ha sido la indicación que el formador les ha dado por la mañana. Un sorteo rápido. Ocho papeletas numeradas introducidas en una bolsa: él, Gaspar, Manel y Sara habían sacado números pares; Brais, Amanda, Sílvia y Octavi, los impares. A cada uno de los equipos se les han entregado varios sobres con pistas que marcan dos recorridos distintos con un mismo objetivo final. Todo un prodigio de imaginación por parte de los organizadores de las jornadas, un gabinete de selección y formación de personal que cobra cada uno de esos sobres como si en ellos se ocultara la fórmula secreta de la Coca-Cola. Pues ya está: ante sus ojos se extiende un llano y al fondo, recortada contra unas montañas terrosas y secas, se alza la maldita cabaña. O el cobertizo, o lo que diablos sean esos cuatro troncos mal ensamblados, donde, según la pista número siete que Sara ha leído en voz alta, se halla el «botín».