Выбрать главу

Un botín que su grupo alcanzará, si nada se tuerce, antes que el de Brais. No acaba de entender por qué le jode tanto que el brand manager esté destacando en esas jornadas que, de hecho, no tienen ninguna importancia. Pero le jode, sí, y bastante, que el día anterior Brais Arjona se revelara como el más rápido, el más ágil mentalmente… En resumen, el más listo. Incluso superando a Octavi y a Sílvia en la resolución de problemas de lógica, una especie de entretenimiento diabólico ideado por aquellos formadores repelentes. Luego, lo que se suponía que debía ser un paseo en canoa, una actividad puramente lúdica y tranquila, se había convertido en una carrera cuando Brais, que remaba con Amanda, se había empeñado en desafiarlos a él y a Sílvia. Ella había aceptado sin darle más importancia y, como era de esperar, habían perdido sin la menor dignidad. De hecho, a medio camino su canoa había empezado a dibujar círculos en lugar de una línea recta, y cuando por fin la enderezaron y llegaron a la orilla contraria, habían tenido que soportar la sonrisa lobuna de Arjona y el comentario de la propia Sílvia: «En la próxima prueba ya sé con quién tengo que ir». Pues bien, el azar ha decidido que ella forme parte del grupo de Brais, y sin embargo, eso no será sinónimo de victoria.

Oye pasos y se vuelve en lo alto del sendero. Es Gaspar, el empleado del departamento financiero que, como él antes, sube trabajosamente por la cuesta. César no le conoce demasiado, ése era otro de los criterios que a veces la empresa tiene en cuenta a la hora de seleccionar a la gente para estas jornadas, pero en el día y medio que llevan juntos le ha caído bien. Lo peor que se puede decir de él es que es un poco soso. Blando. Le tiende la mano para ayudarle a recorrer la parte final del camino.

– Dura la subidita, ¿eh? -le dice sonriendo-. Espero que luego nos den una buena comida.

Gaspar asiente, sin resuello, y entorna los ojos, deslumbrado por el sol. La nube se ha desplazado y se halla entonces encima del cobertizo, tiñendo el fondo del paisaje de un azul grisáceo y tormentoso. Es una visión bonita: un cielo enfurecido a punto de soltar la rabia contenida sobre una simple cabaña, en apariencia demasiado frágil para soportarla. A la derecha, delimitando aquella especie de estampa campestre, está el árbol. Inmenso, imperturbable. A prueba de tempestades. Gaspar Ródenas, que lleva colgados unos prismáticos que se ha traído de casa, se los acerca a los ojos para disfrutar de la imagen.

– Menuda nube. ¿La has visto? Joder, de golpe se ha hecho de noche. Ahora parece que se aleja. Creo que deberíamos ir hacia la choza y ver qué hay antes de que…

César se calla al darse cuenta de que Gaspar no sólo no le escucha, sino que suelta una especie de exclamación de sorpresa al tiempo que aparta los prismáticos. Después, sin decir nada, vuelve a colocárselos ante los ojos y ajusta la imagen, como si estuviera viendo algo asombroso.

Y entonces, antes de preguntarle a qué viene aquel súbito interés, César oye voces por su izquierda y, rayando en la desolación, comprueba que Arjona y su grupo, ellos sí, los cuatro juntos, avanzan en diagonal hacia la cabaña. Sílvia se vuelve hacia él y le saluda, y César, sin saber muy bien por qué, sintiéndose como un crío de colegio, sale corriendo en esa misma dirección. Por su parte, al verlo de reojo, Brais también emprende la carrera, seguido de cerca por Amanda.

César quiere parar. Sabe que perderá -ellos están más cerca y son más rápidos- y que su humillación será aún mayor por haberlo intentado cuando carecía de posibilidades, pero es incapaz de evitarlo. Lo único que podría dejarlo aún más en ridículo sería tropezar y caerse de bruces. Y, de repente, nota que su pie derecho se enreda en algo que sobresale del terreno, una raíz traicionera que está allí sólo para joderle, y todo su cuerpo sale propulsado hacia delante. Haberlo previsto, sin embargo, le ayuda a amortiguar la caída con ambas manos, lo cual en ese instante supone un leve consuelo para su ego, más maltrecho que sus pobres rodillas.

Permanece unos momentos tendido en el suelo, inmóvil, y oye la voz de Gaspar, más alterada de lo normal, que le dice:

– César… César, ¿estás bien?

Tarda un poco en contestar. Le da vergüenza levantar la cabeza del suelo y enfrentarse a la mirada risueña, o peor aún, compasiva, de Sílvia, pero cuando lo hace no se encuentra con ninguna de ambas. De hecho, nadie mira hacia él. Los otros cuatro, y también Gaspar, parecen hipnotizados por algo que hay en el árbol. Cuando dirige la vista hacia éste comprende por qué.

De sus ramas cuelgan varios perros. Tres, hasta donde alcanza a ver. Les han puesto sogas alrededor del cuello y se mueven suspendidos como adornos de un abeto profano.

– ¿Te ha costado encontrar la casa? A veces de noche resulta difícil orientarse por estas urbanizaciones si uno no las conoce bien.

Octavi Pujades le recibió vestido con un chándal azul que llevaba con la misma soltura que el traje de oficina.

– Bueno, sólo un poco -contestó César, que se había pasado veinte minutos largos dando vueltas por un camino con casas independientes, todas parecidas, hasta dar con la que buscaba. Se sintió obligado a añadir-: Octavi, perdona que me presente así…

– No digas tonterías. No has venido sin avisar y, además, me alegro de que estés aquí. Estos días me siento muy desconectado de todo.

César asintió.

– ¿Cómo está? -preguntó, aún de pie en el recibidor.

Octavi Pujades se encogió de hombros.

– No sé qué decirte. En junio el médico no le daba más de seis meses de vida y aquí estamos, casi a mediados de enero, y todo sigue igual. Supongo que puede suceder en cualquier momento… Pero pasa, siéntate.

El salón era un espacio amplio y cómodo, sin lujos aparentes aunque bien amueblado con piezas de estilo colonial. La chimenea estaba encendida, lo que César agradeció ya que las temperaturas habían empezado a descender. Y allí, aunque estaban a pocos kilómetros de Barcelona, el frío arreciaba.

– ¿Quieres tomar algo? Te ofrecería un whisky, pero luego tienes que conducir…

César pensó en las curvas de la carretera y negó con la cabeza.

– Tengo cerveza sin alcohol, para las visitas -repuso Octavi, sonriente-. Siéntate, ahora te la traigo.

César le vio dirigirse a la cocina y pensó que sería mejor que la muerte se llevara a su mujer antes de que él se consumiera cuidándola. Le había encontrado ojeroso, envejecido. Octavi Pujades no había cumplido aún los sesenta, pero el último medio año valía por diez, se dijo. Si lo comparaba mentalmente con el hombre que había participado en el dichoso fin de semana de team building que había tenido lugar en marzo del año anterior, todo él parecía haberse encogido. Había adelgazado, y la pérdida de peso se le notaba sobre todo en la cara: en aquellos pómulos afilados como aristas y en los ojos hundidos, negros como colillas apagadas.

– Toma, ¿quieres vaso?

– No hace falta. Gracias.

– Salud.

Bebieron y contemplaron el fuego durante unos segundos. Octavi apoyó la cerveza en una mesita de madera y cogió un cigarrillo.

– Tú ya no fumas, ¿verdad?

César iba a negar con la cabeza, sin embargo, se arrepintió. Había dejado de fumar cuando empezó a salir en serio con Sílvia, que detestaba profundamente el olor a tabaco. En aquel momento creyó que, pasara lo que pasase con su relación, abandonar el hábito no le haría ningún daño; no obstante, en algunas ocasiones lo echaba de menos.

– Sólo fumo muy de vez en cuando -dijo, cogiendo también un cigarrillo.

– Todo esto de la salud y el tabaco son chorradas -afirmó Octavi-. Eugènia no ha probado un cigarrillo en su vida. Además, está claro que de algo hay que morir.