La última frase no resultaba especialmente tranquilizadora y César, que acababa de dar su primera calada en casi once meses, tuvo un súbito ataque de náuseas que remitió enseguida. ¿Cómo podía gustarle algo que sabía tan mal?, se preguntó. Y a la vez, ese sabor era como reencontrarse con un viejo amigo, uno al que conoces desde hace tanto tiempo que ya se lo perdonas todo. La segunda calada le sentó mejor. Dio otro trago de cerveza antes de decidirse a hablar.
– Ya sabes por qué he venido. Sílvia está muy nerviosa. Bueno, supongo que todos lo estamos… -El cigarrillo se le hacía raro en la mano y lo dejó en el cenicero. Una fina columna de humo se erigió entre ambos.
– No es para menos. Lo de Sara ha sido un golpe terrible. Suicidarse de esa manera tan… sangrienta. -Movió la cabeza como si no pudiera creerlo.
– Sí, aunque no es sólo eso. -César buscó las palabras con cuidado. Tampoco quería ser alarmista-. Cuando pasó lo de Gaspar… Bueno, pensé que todo terminaría ahí. Pero ahora ya son dos: dos muertos en poco más de cuatro meses, dos personas que estaban allí ese fin de semana. Dos de nosotros. Y luego está lo de las fotos.
Octavi siguió fumando despacio. El resplandor del fuego se reflejaba en su semblante fatigado cuando habló.
– ¿De verdad pensaste que lo de Gaspar sería el final?
César tomó aire y desvió la mirada.
– Vino a verme, ¿lo sabías? -comentó Octavi-. A finales de agosto, cuando le quedaban sólo un par de días de vacaciones.
– ¿Y qué quería?
– Pensé que querría hablar de trabajo, por supuesto. Iba a sustituirme oficialmente hasta que… hasta que todo esto de Eugènia terminara. Y todos sabemos que mi prejubilación se acerca, así que en un par de años Gaspar habría sido el director financiero de Laboratorios Alemany. Eso le imponía un poco…
– Ya. Y supongo que también le imponía tener que lidiar con Martí Clavé -matizó César.
Su interlocutor se encogió de hombros.
– Es evidente que Martí esperaba ser el elegido. Es mayor, lleva más tiempo en la empresa… Era mi sustituto natural.
Ninguno de los dos hizo ningún otro comentario. No era necesario. Octavi se inclinó hacia el cenicero para apagar el cigarrillo y César advirtió que el pulso le temblaba un poco.
– Pero no era sólo eso… Quiero decir que no vino únicamente a hablar de trabajo. Estaba… ¿Cómo decirlo? Alterado.
– Y arrepentido también, ¿no?
Octavi suspiró despacio, como si aún le quedara humo en la boca.
– Sí, y le tranquilicé como pude. También le aseguré que estaba preparado para el puesto. Que se lo merecía… No sé si le convencí, aunque me dio la impresión de que se marchaba un poco más tranquilo. Luego, apenas una semana después, me enteré de lo que había hecho. Supongo que era más débil de lo que pensábamos. -Hizo una pausa y preguntó de nuevo-: ¿De verdad creíste que la tragedia de Gaspar sería el punto final?
– Tal vez me engañara. -César meneó la cabeza lentamente-. Lo que no creí en ningún momento fue que eso afectara al resto de tal manera. A Sara, por ejemplo.
– En eso estamos de acuerdo. Y quizá, fíjate que sólo digo quizá, la cosa acabe aquí. -Octavi Pujades se inclinó hacia delante y bajó la voz-. César, lo peor que podemos hacer es perder la calma. Hasta ahora se han producido dos suicidios, sí. Un joven que perdió la cabeza y se cargó a su familia, y una secretaria solterona y triste que se hartó de estar sola. Eso es lo que creo yo, lo que pensará todo el mundo. Que ambos trabajaran en la misma empresa es simple casualidad. Al menos ninguno de los dos ha revelado lo que pasó.
– Eso dice Sílvia. Pero ¿y lo de la foto?
– Ése es otro tema. Sólo uno de nosotros pudo sacar esa fotografía. Es decir, tú, Sílvia, Amanda, Brais, Manel o yo, por supuesto. ¿Recuerdas quién llevaba cámara aquel día?
– Yo no. Sílvia llevaba, creo. Y Sara también. Diría que casi todos. Además, con los móviles pueden hacerse fotos como ésa.
Octavi asintió.
– Claro. No lo había tenido en cuenta. En estas cosas me noto la edad… La foto. Y esa frase: «No te olvides».
– ¿Tú lo has olvidado? -preguntó César-. Porque yo no. Durante unos meses sí. No es que lo olvidara, por supuesto, pero… se diluyó. Como esas confesiones que se sueltan durante una borrachera o un ataque de ira y que al día siguiente te hacen sentir fatal. Luego, con el tiempo, pierden esa importancia, y al final, si no han tenido consecuencias, se pierden en la memoria.
Octavi sonrió y cogió otro cigarrillo.
– No creo que ése sea un buen ejemplo, César.
– Supongo que no… Aunque da igual. No es eso de lo que venía a hablar contigo. Tenemos que trazar un plan común.
– Sílvia me ha dicho por teléfono que habéis quedado mañana, tal como proponía Arjona en su correo. Yo no creo que pueda asistir, pero estaré de acuerdo con lo que decida la mayoría.
– Por eso he venido a verte. Sílvia es partidaria de seguir igual, y la verdad es que el criterio del resto me trae sin cuidado. Incluido el de Arjona, no porque no tenga cabeza, sino porque no me fío un pelo. Quiero saber cuál es tu opinión. Es demasiado valiosa para no contar con ella. -Lo decía con sinceridad, casi suplicaba.
Octavi Pujades exhaló el humo lentamente. A César le pareció oír un quejido procedente del fondo de la casa.
– Son las ocho y media. Dentro de nada tendré que ir a darle la morfina. Es lo único que puedo hacer por ella: evitar que sufra. -Cambió de tono y miró a César a los ojos-. No sé si tengo una opinión muy definida sobre lo que hay que hacer. Lo que sí sé es que perder la calma no ayudará en nada. Eso tiene que quedar muy claro. Y, César… Si yo fuera tú, no confiaría en nadie. En nadie -repitió.
Capítulo 16
Habla con su madre», le había dicho Carmen, su casera, aquella misma mañana mientras desayunaban juntos. Y Héctor Salgado se fiaba más del instinto de esa mujer que de todos los informes policiales redactados por concienzudos expertos. «Piensa que era su madre, pero también era abuela. Ella tenía que saber si su hijo era capaz de algo tan horrible.»
Héctor discrepaba. Le constaba que el cariño materno podía provocar una especie de ceguera permanente ante los defectos filiales. Que no fuera el caso de Carmen, que reconocía que su Carlos era un vago que no se metía en líos más serios por pura pereza, no significaba que lo mismo pudiera aplicarse de manera generalizada. Aun así, algo había de razón en su argumento: la madre de Gaspar Ródenas era la abuela de Alba, a la que oficialmente él había ahogado con una almohada mientras dormía la misma noche en que mató a su mujer de un disparo. Todo antes de pegarse un tiro.
Los informes policiales dejaban pocas dudas en el aire sobre cómo se desarrollaron los hechos, aunque aportaban escasas certezas sobre el porqué. Si es que algo así podía explicarse de manera racional, cosa que el inspector Salgado tendía a no creer. El cómo, la secuencia de hechos que desembocó en la matanza familiar, parecía claro. A mediados del mes de julio, Gaspar Ródenas compró una pistola. Sus compañeros de violencia machista habían seguido ese rastro con relativa facilidad hasta dar con el vendedor, un ratero de poca monta que de vez en cuando se dedicaba al tráfico de armas de fuego. No había constancia de si Gaspar informó de ello a su mujer o no. Toda la familia de Susana Cuevas residía en Valencia, y aunque habían pasado juntos unos días de vacaciones, la hija venida de Barcelona no había mencionado nada al respecto. Y esto no es Estados Unidos, pensó Héctor. Aquí la gente no suele tener pistolas en casa para protegerse de nada, menos aún una pareja joven, con una niña, que vivía en un piso del Clot donde las posibilidades de que esa arma les resultara de utilidad eran nulas.
Así que era más lógico suponer que Gaspar ocultó la compra de la pistola a su mujer. La familia de ella había aportado muy poca luz al caso, según el informe. Estaban tan destrozados por la tragedia que apenas podían hablar. Se limitaron a decir que Susana estaba muy contenta con su hija, que a Gaspar le habían ascendido hacía poco, y que, al menos en apariencia, se llevaban bien. Estaba claro que la atención de la familia se había centrado en la niña, a la que veían poco. «Debió de volverse loco», había dicho el hermano mayor de Susana, que había estado con ellos en Valencia. «Su me dijo que él estaba un poco estresado con el nuevo cargo. Pero fue un simple comentario, y ella misma añadió que “era cuestión de tiempo”, que ya se acostumbraría.»