Uno no asesina a su familia por un simple problema de estrés laboral, se dijo Héctor. De eso estaba seguro. En cualquier caso, y siguiendo con el relato de los hechos, la tarde del 4 de septiembre, Gaspar Ródenas había llegado a su casa sobre las 19.45. Un vecino se cruzó con él en la escalera y, como era habitual, se habían saludado. El inmueble donde residían Gaspar y su familia constaba de sólo seis vecinos, dos puertas por tres pisos de altura; los Ródenas vivían en el principal. En su misma planta habitaba una anciana octogenaria, bastante dura de oído, y el piso superior, hasta entonces ocupado por una familia de «morenitos», según la misma vecina, había quedado vacío después de que éstos se volvieran a su país. Los demás vecinos estaban de vacaciones. El hombre que se había cruzado con él por la noche, vecino del segundo primera, creyó escuchar ruidos de madrugada, pero en ningún momento sospechó que fueran disparos.
Quien los encontró, quien se encontró con aquella escena horrenda, había sido precisamente la hermana de Gaspar, María del Mar Ródenas, que fue el sábado a mediodía a ver a su sobrina, tal como habían quedado. «Gaspar no contestaba al móvil, pero como les había asegurado que iría, fui de todos modos. Pensé que andarían ocupados con la niña… Y, bueno, la verdad es que Susana nunca se ponía cuando llamábamos. Sin embargo, cuando llegué y nadie contestó al timbre, ni al móvil, sí que me pareció raro. Para ser sincera, me enfadé un poco. Trabajo casi todos los sábados, en el Hipercor de Cornellà, y Gaspar sabía que me hacía ilusión comer con la niña el único sábado al mes que tenía libre.» María del Mar regresó a su casa, era de suponer que bastante cabreada, puesto que desde L’Hospitalet, donde vivía aún con sus padres, hasta el barrio del Clot había al menos cuarenta y cinco minutos en metro. Continuó llamando toda la tarde y, finalmente, al ver que su hermano seguía sin responder a sus mensajes, cogió el juego de llaves que Gaspar había dejado en su casa y volvió al piso. «No lo había hecho nunca, entrar sin que estuvieran ellos. Y estaba segura de que a Susana no le iba a gustar, pero me daba igual. Aquello no era normal… Sólo quería asegurarme de que no pasaba nada.»
Esa pobre chica tardará en olvidar lo que vio, pensó Héctor. Le dolía tener que recordárselo, sin embargo, no le quedaba otro remedio. Si quería conocer a Gaspar Ródenas, saber cómo era, averiguar qué le había llevado a cometer un acto tan atroz, debía hablar con su familia. Pensaba hacerlo el día anterior, pero Savall había vuelto a tenerlo reunido con Andreu y Calderón toda la tarde. Así que finalmente concertó un encuentro con María del Mar, a las cinco en punto, en una cafetería próxima al ayuntamiento del municipio donde residía. No era la madre de Gaspar, no obstante, de momento tendría que conformarse con ella.
Era un lugar ruidoso y amplio, y la clientela, formada en su mayor parte por comerciantes de la zona, se concentraba a esa hora en la barra. O, con la reciente entrada en vigor de la ley antitabaco, en la calle, fumando mientras aún conservaban el sabor del café en la boca.
Héctor había ido solo, dejando a Fort dos cometidos: averiguar qué hacía Sara Mahler a esas horas en el metro de Urquinaona y, ya de paso, recabar información sobre Laboratorios Alemany. Tenía previsto acercarse a la empresa al día siguiente, viernes, para ver a Sílvia Alemany y, a ser posible, a los otros compañeros que aparecían en la foto. De algún modo, esa imagen de ocho personas vestidas en plan excursionista casaba con aquella otra, tan desagradable, que había recibido Sara Mahler en su móvil. Dos piezas que podían formar parte del mismo puzzle o no, pensó Héctor. Y la comparación le hizo pensar en el comisario Savall, gran aficionado a ellos, con quien más pronto o más tarde tendría que hablar del caso. Mañana, pensó. Antes o después de ir a los laboratorios.
María del Mar le esperaba en la puerta. Los dos entraron en el local y buscaron una mesa vacía al fondo. Por suerte para ellos había más de una, y escogieron la del rincón, que les aseguraba al menos cierta privacidad.
Héctor esperó a que la camarera les hubiera servido las bebidas y dedicó unos minutos a romper el hielo con la chica. María del Mar, «Llámeme Mar, por favor», había estudiado magisterio, y durante unos meses había sido cajera en unos grandes almacenes de la zona. Desde noviembre, estaba en paro. Lo mismo que su novio, según le contó. Éste, llamado Iván, había trabajado en la construcción hasta el año anterior y lo único que había podido encontrar desde entonces eran «algunas chapuzas aisladas con su primo». Obras menores, ingresos que con suerte llegaban a los mil euros… A los veintisiete años ambos seguían viviendo en casa de sus respectivos padres, ya que, justo cuando se disponían a alquilar un piso, Iván se había quedado en la calle.
– No sé si llegaremos a casarnos algún día -comentó Mar con tristeza-. Pero usted no ha venido a que le cuente mis penas, inspector. ¿Hay algo nuevo en el caso de mi hermano? -Lo preguntó con temor, como si dentro de ella anidara la sospecha de que Gaspar Ródenas aún ocultaba pecados por desvelar.
Héctor decidió ser tan sincero como fuera posible; lo último que quería era dar esperanzas en un caso oficialmente archivado.
– En realidad, no. -Optó por no mencionar la muerte de Sara-. Sólo estoy intentando saber más cosas sobre tu hermano. Cerrar el caso con una explicación mejor que ese «arranque de locura transitorio», si es posible…
Se trataba de una explicación bastante inverosímil, pero Mar parecía confiada por naturaleza, así que no dijo nada y aguardó a que el inspector siguiera hablando.
– Gaspar y tú os llevabais unos cuantos años…
– Diez.
– Supongo que no conocerías a sus amigos…
– Bueno, conocía a los del barrio, pero Gaspar los dejó de lado en cuanto empezó a salir con Susana. -Esbozó una media sonrisa-. A ella no le caíamos muy bien.
Algo así había intuido Héctor al leer la declaración de Mar, y se dijo que un buen modo de adentrarse en la personalidad de Gaspar de la mano de su hermana era ahondando en esas diferencias y en la relación entre el matrimonio.
– ¿Cuánto tiempo estuvieron juntos?
– No lo sé… cinco o seis años. Espere. -Hizo una cuenta mental-. Sí, cinco años. Se casaron el año en que yo terminé magisterio; apenas llevaban unos meses saliendo. -Sonrió-. Se decidieron rápidamente.
– ¿Y ellos se llevaban bien?
– Sí. Bueno, ella organizaba y él asentía. Es una forma de llevarse bien, supongo.
– ¿Susana era una mujer… mandona?
– Más que mandona, era de las que ponían mala cara cuando las cosas no se hacían a su manera. Así que Gaspar intentaba no contrariarla. Al final, se había convencido de que la única manera correcta de hacerlo todo era exactamente como decía Susana.
– ¿A ti no te caía bien?
Ella miró a su alrededor. Fue un gesto fugaz, casi invisible, pero lo hizo.
– Es horrible hablar mal de los muertos. Y más en este caso… La verdad es que no: Susana no me caía bien. No me importaba que mangoneara a mi hermano, eso era cosa suya, pero me daba mucha rabia la forma en que trataba a mis padres. Sobre todo a partir del nacimiento de Alba -añadió.
– ¿Veías a menudo a la niña?