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– ¿A menudo? -Mar sacudió la cabeza-. Mi madre casi tenía que pedir audiencia para ver a su nieta. Nunca era el momento adecuado. Me siento fatal diciendo esto…

Héctor lo sabía. Era una reacción habitual, sin embargo, en una investigación no había lugar para la consideración hacia los que ya no estaban. Al revés, había que sacar a la luz sus secretos, desentrañar sus defectos, airear sus errores. Las víctimas habían perdido la vida, y con ella el derecho a la intimidad.

– ¿Qué crees que pasó? -preguntó Héctor.

– No lo sé… Cuando entré… -Se estremeció y bajó la vista, como si tuviera otra vez delante aquella escena-. Cuando entré pensé que había sido obra de un ladrón. Ya sabe, una de esas bandas de rumanos que atracan pisos.

Parecía a punto de echarse a llorar y Héctor le preguntó si quería parar un instante. Ella negó con la cabeza. Tenía el cabello oscuro, bonito, y el semblante tenso, pero era precisamente esa expresión lo que otorgaba cierto atractivo a unos rasgos neutros, demasiado correctos para resultar bellos. Mar Ródenas, como su hermano, pertenecía a ese inmenso grupo de gente que no era ni guapa ni fea. Les faltaba intensidad, decía siempre Ruth de esa clase de personas. No obstante, en circunstancias como ésas, la emoción reprimida les proporcionaba fuerza y algo parecido a la belleza.

– Ya sabía que venía a hablar de esto, inspector -añadió, mirando al inspector Salgado-. ¿Sabe? Mi casa parece un cementerio y mis padres dos muertos en vida. Mis padres… Dios, hace una semana apareció una pintada en la puerta del taller de mi padre. «Asesino. Hijo de puta», decía. ¡Como si el asesino fuera él! Mi padre, pobre hombre, que jamás nos ha levantado ni siquiera la voz…

La mirada de Héctor se ensombreció. Sí, ésa era otra de las consecuencias en estos casos: la incomprensión, el insulto indiscriminado.

– ¿No se dan cuenta de que nosotros hemos perdido a un hijo, a un hermano? ¿A una nieta?

Mar no aguantó más y rompió a llorar. No era un llanto reconfortante, sino amargo. Furioso.

Héctor se sintió súbitamente mal. Odiaba esa parte de su trabajo, la de torturar almas aunque fuera sin querer.

– Dejémoslo ya -murmuró.

– Estoy bien. Estoy bien. -Mar cogió una servilleta de papel y se limpió la cara-. ¿Por dónde íbamos? Ah, sí. Lo que vi. -Carraspeó antes de proseguir-: Mi hermano estaba en el comedor, con la cabeza sobre la mesa. La pistola estaba en el suelo, a su lado. Creí que estaba solo porque no se oía a la niña. Es ridículo, pero eso fue lo que pensé. Fui corriendo hacia la habitación de Alba, y al pasar por delante del cuarto de baño vi que la puerta estaba abierta: Susana estaba tumbada en el suelo, boca arriba, con una mancha de sangre en el camisón. Y entonces comprendí que Alba también tenía que estar en casa.

Hablaba como si estuviera en trance.

– Alba estaba en la cuna, en la habitación de al lado. Hacía poco que dormía sola. En un primer momento suspiré aliviada al ver que no había sangre. Está dormida, pensé. Sea lo que sea lo que haya pasado, ella está dormida y no se ha enterado de nada. Di un paso hacia la cuna y tropecé con algo. Una almohada. Y entonces me di cuenta de que no dormía. De que en ese cuarto no se oía nada. De que ella también…

Cerró los ojos y no fue capaz de seguir. Le temblaban las manos. Héctor pensó que parecía más joven aún de lo que era.

– Sólo una cosa más -dijo en voz baja-. ¿Te suenan estas fotografías?

Sacó las dos fotos del bolsillo interior de la chaqueta y dejó encima de la mesa la del grupo del trabajo en la que aparecía Gaspar. Mar la miró. Sus rasgos se alteraron un poco al ver a su hermano, pero negó con la cabeza.

– Me parece que éste vino al tanatorio -dijo señalando al señor de mayor edad, aquel que Héctor aún no había identificado-. Era el jefe de mi hermano aunque no sé cómo se llama. Vino acompañado de una mujer, aunque de ella no me acuerdo bien.

Antes de mostrarle la foto de los perros, Héctor preguntó:

– ¿En casa de tu hermano no encontraron ninguna nota? ¿Ni algo parecido a esto, por casualidad?

– No había nada… La policía ya me lo preguntó. Se llevaron su ordenador y todo… Luego nos lo devolvieron. Mi padre lo tiró todo. -Entonces miró la foto y reprimió una expresión de asco-. ¿Qué es esto? ¿Qué tiene que ver con mi hermano? Es horrible.

– Lo sé. Tranquila, seguramente nada. Es… un cabo suelto que no consigo explicar -dijo Héctor. No quería dar más información y se sentía aún peor por ello, así que zanjó la conversación ahí.

Salieron a la calle y Héctor respiró hondo, como si hubiera emergido de un pozo en el que faltaba el aire. Se quedó unos minutos en la puerta, fumando, mientras veía cómo Mar se alejaba. En la esquina la esperaba un chico que, sin decir nada, le pasó un brazo alrededor de los hombros, como si quisiera consolarla. Al menos no está del todo sola, pensó Héctor antes de tirar el cigarrillo al suelo, algo que detestaba pero que parecía la única solución cuando uno se veía obligado a fumar en la calle.

Si no había retenido mal la dirección, el taller mecánico propiedad del padre de Gaspar Ródenas tenía que estar en una de esas calles del centro. Héctor lo encontró sin problemas y se quedó unos minutos de pie, en la puerta, mirando hacia el interior. No sabía si merecía la pena entrar y hablar con el dueño, y casi estaba a punto de irse cuando un hombre salió del garaje y encendió un cigarrillo. Era un individuo de casi sesenta años, y, a juzgar por su semblante y sus manos, había trabajado durante más de cuarenta. Sin saber muy bien por qué, Héctor se acercó a él y le pidió fuego. Fumar es una insana forma de romper el hielo, se dijo al pensar que acababa de apagar un cigarrillo hacía menos de diez minutos.

– ¿Es usted el señor Ródenas? -le preguntó al devolverle el mechero.

El hombre señaló el cartel del taller, pero acompañó el gesto de una mirada de desconfianza.

– Disculpe que le moleste -prosiguió Héctor-. Soy el inspector Héctor Salgado y…

– ¿Qué quiere? -La pregunta sonó casi hostil.

– Quizá no sea un buen momento, pero me gustaría hablar con usted sobre su hijo.

El señor Ródenas fumó en silencio. Héctor iba a añadir algo más cuando su interlocutor le habló sin mirarle.

– ¿Tiene usted hijos, inspector?

– Uno.

– Entonces me entenderá. Eduqué a los míos para que supieran diferenciar el bien del mal. Así que no puedo creer que Gaspar hiciera eso. No, no lo creeré nunca. No sé lo que pasó, pero sé que no sucedió como lo cuentan.

Lanzó la colilla a la calle y dio media vuelta. Desde dentro bajó la persiana sin añadir ni una palabra más. En el metal se apreciaban aún rastros de las pintadas, una sombra rojiza, acusadora e injusta.

Capítulo 17

Sílvia Alemany se miró en el retrovisor interior del coche antes de arrancar. Dios, si la cara era el espejo del alma, a las dos les hacía falta un maquillador profesional. En el fondo a eso se dedican, pensó mientras maniobraba para salir del aparcamiento de la empresa. A falsear almas. Podía hacer una lista de sus productos: cremas rejuvenecedoras, nutritivas, antioxidantes… Lo mismo daba: su efecto sobre el rostro era a lo sumo circunstancial; la cara interior, la que importaba de verdad, envejecía sin remedio. Se agrietaba, se secaba, y no había bálsamo ni ungüento que lo evitara. Por eso las arrugas volvían a salir, por eso negocios como el suyo seguían siendo necesarios. En el fondo eran como el retrato de Dorian Gray: relegaban la vejez, la maldad y la podredumbre a ese rostro interno y secreto, manteniendo el visible medianamente puro, joven y hermoso. Pero el retrato estaba ahí, agazapado en tu interior, listo para traicionarte cuando menos te lo esperabas.

Su coche se mezcló con los muchos vehículos que entraban en Barcelona a esas horas de la tarde. Un ejército de seres obedientes e industriosos que se retiraba durante unas horas y que al día siguiente realizaría el trayecto en sentido contrario. Tan cansados y aburridos por las mañanas como por las noches: los hombres epsilon de 2011 que habían hallado la felicidad en las compras a plazos. Sonrió con ironía al pensar que ella al menos tenía el placer de ser por unas horas algo parecido a una mujer alfa. Una especie de reina consorte, necesaria y apreciada, aunque, como todas, levemente temida.