Выбрать главу

Un discurso brillante, retorcido y falso como una guirnalda navideña. Apelar a la solidaridad desde una posición de mando, distorsionar conceptos como honestidad o responsabilidad, y colocar al otro en una posición en la que, libremente, por voluntad propia, decidía hacer lo que se le pedía, no porque fuera a obtener algún beneficio de ello, sino porque sentía que así debía ser. En la empresa, como en la vida, la amabilidad generaba deudas más profundas que la imposición. Sílvia lo sabía y lo utilizaba, sobre todo con personas débiles e inseguras. Eso no podía aplicarse a Brais Arjona, sin ir más lejos, aunque tampoco hacía falta. Brais entendía que se había montado en su mismo barco y que o remaba en su misma dirección o se hundía con ellos. Con Gaspar, al parecer, no había encontrado la zanahoria adecuada, y el resultado, aquella tragedia familiar, era algo en lo que prefería no pensar.

Vio un hueco no demasiado grande donde aparcar el coche y, como mandaban los cánones, señalizó la detención e inició la maniobra. Estaba a punto de bajar del vehículo cuando el móvil volvió a sonar. Número oculto. Respondió por inercia, aunque estaba segura de que se trataría de una de esas llamadas promocionales de alguna compañía telefónica.

Capítulo 18

Héctor cogió el metro en una estación de L’Hospitalet para ir hasta la comisaría de plaza Espanya, la misma línea que escogió Sara Mahler para terminar con su vida. De pie, mientras el tren avanzaba por el túnel, se dedicó a observar a los pasajeros. A esas horas en su mayor parte eran trabajadores o estudiantes que regresaban a casa después de la jornada laboral. Enfrascados en periódicos gratuitos o concentrados en sus teléfonos móviles, en el vagón se respiraba fatiga, el desencanto de la monotonía. Una chica hablaba a gritos por el móviclass="underline" peleaba con alguien sin el menor recato y nadie parecía hacerle el menor caso. Estamos en un mundo cada vez más autista, pensó Héctor. Le sacó de sus cavilaciones la entrada en el vagón de una mujer mayor, cargada con un carro pesado que apenas podía arrastrar. No había un solo asiento libre y la señora permaneció durante unos minutos apoyada en el carro, tambaleante, hasta que un joven sentado a su derecha la vio y le hizo señas para que ocupara su sitio. Los viajeros que la anciana tenía delante miraron ostensiblemente hacia otro lado.

El joven se quedó de pie, cerca de Héctor, y le saludó con timidez. El inspector recordó de repente: aquel chico era Nelson o Jorge -no recordaba cuál era cuál-, el hermano mayor que había regresado al andén a devolver el móvil de Sara Mahler la noche de Reyes. A Héctor le encantaba esa faceta provinciana de Barcelona, una ciudad que no era tan grande como pretendía ser.

– ¿Cómo estás? -preguntó Héctor.

El muchacho se encogió de hombros.

– La vida está dura -dijo a modo de respuesta. Miraba a Héctor como si le extrañara verlo allí, en un vagón de metro-. ¿Han descubierto algo más sobre aquella mujer? La que saltó a las vías…

– Poca cosa -repuso Héctor.

– Bueno, me bajo en la próxima. Y no se preocupe, mi hermano no volverá a meterse en líos.

– Seguro que no. -Héctor sonrió-. Pero no lo pierdas de vista por si acaso.

Las puertas se abrieron y Nelson, o Jorge, asintió con la cabeza y salió al andén.

En cuanto llegó a comisaría, Héctor supo que el agente Fort tenía noticias para él. Esperaba que entre las aficiones de su subalterno no estuviera la de jugar al póquer, porque jamás lograría ocultar que llevaba una buena mano.

– He estado revisando los movimientos bancarios de Sara Mahler -le dijo, fiel a su costumbre de explicar todo el proceso hasta su conclusión-. En general son bastante rutinarios, recibos domiciliados y poco más. Me llamó la atención una cuota fija de la asociación de mujeres Hera. Tengo que investigarla. Sin embargo, desde octubre hasta diciembre, Sara retiró algunas cantidades de dinero importantes. Aquí las tiene detalladas.

Era cierto: doscientos euros un día, cien en otra ocasión, doscientos cincuenta justo antes de Navidad. En sí no había nada raro, pero a juzgar por los extractos bancarios anteriores, Sara era de las que prefería llevar poco dinero encima, e iba sacando veinte o treinta euros varias veces por semana.

– Hay algo más: se gastó quinientos euros en una joyería el 22 de diciembre y otros cien en un conjunto de ropa interior.

A primera vista, lo que resultaba evidente era que, en los últimos meses, Sara había gastado más del triple de lo habitual. Lencería, joyas…

– ¿Tú qué opinas? -preguntó Héctor.

– Diría que hay un novio o amigo por ahí… Lo cual explicaría por qué Sara estaba en la estación de Urquinaona a esas horas de la noche. Quizá había quedado con él…

Y quizá él le había dado plantón, pensó Héctor.

– ¿Alguna idea de adónde había ido esa noche?

Fort meneó la cabeza, apesadumbrado.

– No, y ya no sé cómo podríamos averiguarlo, la verdad. Hemos preguntado por todos los restaurantes y bares de copas de los alrededores y nadie recuerda haber visto a Sara. Tampoco la hemos localizado en las cámaras de seguridad de la zona. A no ser que ese novio se presente y nos lo diga…

– Es raro que su compañera de piso no se diera cuenta de nada.

Fort sonrió al pensar en Kristin. Aquella chica estaba demasiado ocupada para interesarse en exceso por la vida de Sara. Iba a decirlo cuando sonó el teléfono de la mesa. Atendió la llamada y luego miró al inspector.

– Creo que podrá preguntárselo usted mismo.

Por el pasillo, acompañada de un amable agente de uniforme que, además, cargaba una caja para ayudarla, apareció Kristin Herschdorfer, que llevaba otra caja de cartón, más pequeña, pero que debía de pesar lo suyo.

– Hola -saludó, algo nerviosa por encontrarse en una comisaría-. He traído las cosas de Sara.

Fort enrojeció un poco.

– No hacía falta que viniera, me ofrecí a recogerlas yo mismo en su casa.

Kristin enarcó una ceja, como si no fuera eso lo que había entendido.

– Bueno, no importa. Mi amigo me acompañó hasta la puerta con el coche.

– ¿Aquí está todo? -preguntó Héctor.

Dos cajas difícilmente podían contener todas las pertenencias de Sara Mahler.

– Oh, no. Sólo lo que había en su habitación. La ropa sigue allí. No sé qué hacer con ella. Y algunos muebles debían de ser suyos, claro. Creo que tendrán que hablar con la propietaria del piso. Yo me mudaré de allí a final de mes.

Héctor asintió.

– Disculpe, señorita, ¿le comentó algo Sara sobre un amigo nuevo? ¿Le dijo ella si había conocido a alguien especial últimamente?

Kristin negó con la cabeza.

– No. Para nada. -Sus ojos se iluminaron de genuina curiosidad-. ¿Tenía un novio?

– Podría ser -se limitó a decir Héctor. En realidad, no estaba muy seguro de nada.

– Pues si lo tenía, debió de conocerlo por internet. Y nunca vino a casa, al menos cuando estaba yo allí.

– ¿Usted pasaba mucho tiempo en casa?

– No -respondió Kristin-. A mi amigo no le gustaba mucho Sara. Decía que nos… ¿espiaba?

– Otra cosa, ¿mencionó alguna vez Sara la asociación Hera?

– ¿Qué?

La cara de Kristin dejó claro que no le sonaba de nada.

– Ya -dijo Héctor-. Muchas gracias, señorita…

– Herschdorfer -dijo ella, sonriente-. Ya sé que es difícil. Ah, algo más. No creo que sea importante, pero el otro día, cuando se marchó, recordé que un día Sara sí tuvo una visita. Una chica del trabajo.