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– ¿Del trabajo? -Héctor sacó del bolsillo la foto del grupo-. ¿Es alguna de ellas?

Kristin observó la foto durante un segundo.

– Sí, ésta. Era muy guapa, la verdad.

Amanda Bonet, se dijo Héctor.

– Si trabajaban juntas es normal que fueran amigas… -apuntó Fort.

Kristin miró al agente y se encogió de hombros.

– Bueno, en realidad sólo la vi una vez. Al principio de mudarme, por eso lo había olvidado. -Suspiró, como si quisiera borrar de su mente a Sara y todo lo que la rodeaba-. Mi amigo me espera fuera.

– La acompañaré -se ofreció Fort.

Ella le premió con una sonrisa radiante.

– Gracias. Es muy amable. Por cierto, ¿usted sabe hablar catalán también?

Héctor no comprendió por qué la pregunta hizo enrojecer a Roger Fort hasta el nacimiento del pelo. Los vio alejarse por el pasillo y no pudo evitar sonreír a su vez, pero el gesto se truncó al ver aparecer a Dídac Bellver, que se cruzó con Fort y la chica holandesa y a punto estuvo de arrollarlos. Avanzaba hacia él con la decisión de una locomotora y, a juzgar por su cara, de bastante mala leche.

Diez minutos después, encerrados en el despacho de Héctor, éste seguía sin entender el enfado de su colega.

– No tienes ningún derecho a meterte en mi trabajo -le repitió Bellver por enésima vez, con el índice extendido y unos centímetros más cerca de su compañero de lo necesario.

– Mira -repuso Héctor, que, medio sentado sobre su mesa, empezaba a impacientarse-, te juro que no sé de qué me estás hablando, así que más vale que te expliques mejor.

– ¿No lo sabes? Va, Salgado, no me vengas con ésas. Ese aire de inocencia igual te funciona con otros, pero no conmigo.

Héctor inició una cuenta atrás, de diez a cero, una técnica básica para no perder la calma; sin embargo, al llegar a cinco se hartó de contar.

– Ni aire de inocencia ni hostias, Bellver. Hacé el favor de decirme a qué viene esto o te largás de mi despacho. Y no te lo repetiré.

– Conque no sabes de qué va esto, ¿eh? Ya, a mí no me engañas. -Tomó aire y soltó la bomba, como un escupitajo-: ¿Acaso no fuiste tú quien le pidió a la subinspectora Andreu que sacara el expediente de tu ex mujer de mis archivos?

Héctor se quedó tan desconcertado que, por una vez, no tuvo respuesta.

– ¿No pretenderás que me crea que Andreu lo hizo por su cuenta? Vamos, Salgado, que no me chupo el dedo.

– Te juro que no sé nada de eso -repitió Héctor muy despacio.

Bellver hizo una mueca irónica.

– ¿Qué coño buscas, Salgado? Si quieres saber algo sobre ese caso, ven y pregúntame. No mandes a tus secuaces a hacer el trabajo sucio.

– Yo no mandé a nadie. Bellver, me importa un comino que me creas o no, pero te lo digo por tercera y última vez: no tengo nada que ver con eso.

– Pues debería importarte. -A Bellver se le entrecortaban las frases-. Debería importarte, Salgado, porque no siempre vas a tener la misma suerte, ¿sabes? A otro ya le habrían dado la patada y a ti te mantienen aquí no sé muy bien por qué.

– ¿A lo mejor porque resuelvo casos?

El inspector Bellver tardó unos instantes en reaccionar.

– ¿Qué estás insinuando?

Héctor sabía que lo que iba a decir le costaría más de un disgusto, no obstante, en el fondo, hacía tiempo que tenía ganas de soltarlo.

– Insinúo que si se valorara a la gente por los resultados, la puntuación de tu departamento no sería realta. Insinúo, aunque no te guste, que no tengo la menor necesidad de agenciarme el expediente de Ruth para ver vuestros progresos, porque me apuesto el cuello a que no hay ninguno. Y también insinúo que será mejor que no me rompas las bolas si no quieres que deje de insinuar y…

– ¿Y qué? ¿Que me partas la cara como al negro?

Estaban tan cerca el uno del otro que sus alientos se mezclaban. Héctor retomó la cuenta atrás, dispuesto a no perder los estribos del todo. Por su parte, Dídac Bellver debió de tomar la misma decisión porque retrocedió hasta la puerta. Con la mano en el pomo, y sin dejar de mirar a su oponente, le espetó:

– Esto no quedará así, Salgado. Te lo juro. Empiezo a pensar que quizá tengas más cosas que ocultar en ese caso de las que suponía.

– Ándate de mi despacho. Hacé favor.

Sin embargo, Bellver no pensaba detenerse, aún no.

– Al principio supuse que se trataba tan sólo de la desaparición de una mujer adulta, emocionalmente inestable, que…

Héctor saltó como si la mesa le hubiera propulsado hacia arriba.

– Ruth no era emocionalmente inestable. No te atrevas a decir eso de nuevo.

Bellver se rió. Puta hiena, pensó Héctor.

– Bueno, llámalo como quieras. Pero tiene que joder, ¿no? Que tu mujer te deje por otra tía.

Le habría golpeado. Y no una vez, sino hasta borrarle esa maldita sonrisa para siempre, de no haber sido porque en ese momento Roger Fort abrió la puerta y se quedó mirándolos a ambos con el semblante muy serio. La interrupción del agente, deliberada o no, surtió efecto. Fue como si con él hubiera entrado una ráfaga de aire frío capaz de apagar el fuego.

Bellver masculló algo incomprensible, aunque en tono más apaciguado, y Salgado asintió sin responder. El agente Fort se apartó un poco para que el inspector Dídac Bellver pudiera salir.

– Gracias -le dijo Salgado a Fort. Y esta vez sí le miró a los ojos.

Capítulo 19

Y ahora qué vamos a hacer? -preguntó César

Durante toda la reunión había intuido que Sílvia ansiaba quedarse a solas con él, contarle algo, pero en ningún momento imaginó que el asunto sería tan grave.

Ella no contestó, y nada daba pie a pensar que fuera a hacerlo. Parecía absorta en la contemplación de la alfombra, una barata de Ikea que tenía una mancha de café en una esquina.

– Sílvia -insistió, dando un paso hacia esa mujer que solía tener respuesta para todo-, ¿me estás escuchando? No entiendo por qué has esperado a que se fueran para contármelo. A ellos también les afecta. Nos afecta a todos.

Se volvió hacia él con un gesto brusco y por un segundo César no supo si la expresión de desdén dibujada en su cara iba dirigida a la alfombra sucia, al piso en general o exclusivamente a él. Lo que Sílvia dijo a continuación, sin embargo, lo sacó de dudas.

– No digas tonterías. ¿No te das cuenta de que uno de ellos es el responsable de esto?

Ellos, es decir, Brais, Amanda y Manel, habían llegado dos horas y media antes, tal como habían quedado. Brais Arjona fue el primero en llamar a la puerta, pero, por suerte para César, Amanda apareció un poco después. Manel fue el penúltimo, y todos, sumidos en un silencio incómodo, se dedicaron a esperar a Sílvia durante quince largos minutos, una eternidad que César habría aliviado con un cigarrillo de haberlo tenido. Hasta donde sabía, ninguno de los allí presentes fumaba, así que se tragó las ganas a sorbos de cerveza. Al menos Brais le acompañaba en eso; Manel y Amanda habían rechazado su ofrecimiento con esa amabilidad forzada de las visitas, y él no tenía otra clase de bebidas en una nevera que ya nunca estaba llena. Cuando por fin llegó Sílvia, sorprendentemente tarde, César soltó un profundo suspiro, como si hubiera estado conteniendo la respiración durante todo ese rato o como si expulsara el humo de un cigarrillo imaginario.

– Perdonad -dijo ella al entrar, en un tono que César no se creyó del todo-, este barrio es terrible. No encontraba aparcamiento.

Los cinco estaban sentados alrededor de una mesita de centro: tres en el sofá, con Brais en medio, Sílvia en la butaca adyacente y César en una de las sillas que había llevado hasta allí desde la mesa del comedor. Nadie decía nada, por inercia o por nerviosismo; fue Brais quien abrió fuego con la misma pregunta que, un rato después, ya en un salón casi vacío, formularía César.