Tal como lo dijo, parecía pensado para que alguien se diera por aludido; no obstante, nadie se considera a sí mismo un tarado, pensó César.
– No hemos tenido en cuenta a Octavi -recordó Amanda-. Tal vez, con todo lo que le está pasando a su esposa…
– ¡Octavi no nos traicionaría nunca, Amanda! -cortó Sílvia-. Me gustaría poder estar tan segura de todos como de él.
Amanda se ruborizó, un acto inconsciente que, sin embargo, la mostró más guapa que nunca. Incluso Brais, poco sensible a la belleza femenina, tuvo ganas de protegerla.
– ¿Me estás acusando de algo? -murmuró-. ¿A mí?
– Sólo digo que si esto sale a la luz, algunos perderemos más que otros. Pero quiero recordaros algo: todos compartimos la responsabilidad, el pacto fue unánime.
La terminología casi hizo reír a César. Pacto, responsabilidad, unánime.
– No nos apartemos de la cuestión -dijo cuando Sílvia le lanzó una mirada fulminante-. ¿Estamos de acuerdo en lo que vamos a hacer?
Asintieron. Aunque a César no le gustara la expresión, el grupo renovó el «pacto». Algo a lo que ya parecían haberse acostumbrado.
«No digas tonterías. ¿No te das cuenta de que uno de ellos es el responsable de esto?»
La pregunta de Sílvia se quedó en el aire, hiriente como un insulto.
– No tiene por qué ser así -repuso César, aunque, obviamente, era una posibilidad bastante razonable.
– ¿Ah, no? ¿Cómo si no iban a saber lo que hicimos? -No estaba enfadada con él, pero necesitaba descargar la tensión acumulada.
– ¿Seguro que era un hombre?
– No estoy segura. La voz sonaba rara, como si masticara algo. ¿En qué piensas?
– Manel ha llegado tarde, poco antes que tú.
Ella suspiró, entre vencida y furiosa.
– Me da lo mismo quién sea. No pienso ceder.
– Entonces irá a la policía. ¡Tiene pruebas, te lo ha dicho! ¡Nos ha enviado la foto!
Sílvia se tomó su tiempo antes de contestar.
– No creo que lo haga -dijo por fin-. Al menos de momento. Ir a la policía terminaría con sus esperanzas…
– ¿Y entonces?
– Me ha dicho que si no entregábamos el dinero, alguien más moriría de aquí al lunes.
César la miró como si no la conociera, como si aquella mujer que tenía delante no fuera la misma con la que pensaba casarse en unos meses.
– Eso lo cambia todo, Sílvia, ¿no te das cuenta? Por el amor de Dios, hay que ir a la policía y…
Lo cogió del brazo con fuerza.
– Ni se te ocurra. -Ella hablaba muy despacio y con cada sílaba la presión de su mano aumentaba-. No vamos a hacer nada en absoluto. ¿Me has entendido? Nada.
Capítulo 20
El AVE de las nueve y diez de la mañana salió con puntualidad de la estación de Atocha, lleno en su mayoría de hombres y mujeres de negocios que, portátil en mano, aprovechaban esas tres horas para trabajar o cuando menos para mirar la pantalla con cara de intensa concentración. Embutidos en sus uniformes de combate, lanzaban bombas en forma de e-mails incendiarios o estudiaban el mejor plan de ataque. O al menos así los veía Víctor Alemany esa mañana de viernes en la que se sentía de un humor especialmente bueno. Casi pletórico. Aunque en su aspecto externo se distinguía poco de esos otros soldados, por dentro sabía que su guerra estaba a punto de terminar, saldada con una victoria tan rentable como gloriosa.
Había sido una semana intensa, la culminación de otras reuniones esporádicas que comenzaron meses atrás. Por mucho que Octavi le aconsejara prudencia, toda la negociación se le había hecho tan larga, tan fastidiosamente eterna, que después del verano estuvo a punto de zanjarla aceptando la oferta sin más dilaciones. Y es que lo que Víctor quería por encima de todo era empezar de nuevo, con Paula y sin lastres. Sin una empresa familiar que llevaba adherida, cual siamés parásito, desde que tenía uso de razón. Durante años había creído que ése debía ser el núcleo de su existencia: dirigir la empresa, sacarla adelante, hacerla crecer. Algo que, en contra de la opinión general, había logrado. ¿Y para qué? Para que su vida sólo cambiara por fuera: un coche más grande, trajes más caros, algún viaje absurdo a un destino exótico sólo en apariencia. Aburrida, sí, así había sido su realidad hasta que conoció a Paula. Sonrió al pensar que precisamente gracias a los laboratorios y a sus nuevas campañas había llegado a conocer a Paula de la Fe. Ni siquiera le sonaba su cara, ya que veía poco la televisión y menos aún series de producción nacional. Tal vez por eso la trató con más naturalidad, tal vez por eso ella se había fijado en él. O tal vez no. Lo mismo daba, no merecía la pena pensar en los porqués. El resultado era que él y Paula estaban juntos, que el aburrimiento parecía desterrado a un pasado remoto y que, poco a poco, él había empezado a vivir de verdad; no a respirar, comer, dormir e incluso follar, poco y de forma mecánica.
A los cuarenta y tantos años, Víctor Alemany se había enamorado como sólo lo hacen los cuarentones frustrados o las adolescentes feas: sin medida. Quería viajar con ella, pasar el día con ella, y si hubiera sido un monarca de la era feudal, habría puesto el reino a sus pies. A ratos, le asaltaba el temor de estar sobrepasándose, de hallarse a punto de tirar por la borda todo lo que hasta entonces había sido su vida, de que esa euforia que le avasallaba por las mañanas hasta casi hacerle estallar fuera el preludio de una caída en picado. En esos momentos pensaba en su padre, muerto en la cama de una putita joven no porque estuviera cometiendo un exceso, como dijo Sílvia, sino porque su cuerpo no estaba acostumbrado a divertirse. El corazón también se oxida, pensaba Víctor, pero él había reaccionado a tiempo. Y, una vez ese órgano se ponía en marcha, no había fuego enemigo que pudiera pararlo.
La decisión de vender Laboratorios Alemany germinó después de una conversación con Paula, en la que por primera vez en su vida confesó a alguien lo mucho que se aburría. Y ella, más joven, le había dado una respuesta que irradiaba lucidez a espuertas: «Es tuya, Víctor. Es tu empresa. No eres como los demás empleados que están obligados a trabajar en ella. Tú puedes elegir». «Elegir», un verbo que en casa de los Alemany se había usado poco y siempre en sentido negativo. Su hermana, por ejemplo había «elegido mal» años atrás y había pagado las consecuencias. Sin embargo, él, a quien su padre reprendía a menudo por su indecisión, se había llevado el premio.
Sin duda había llegado el momento de escoger, o al menos de plantearse la posibilidad de hacerlo… Había pedido consejo a Octavi Pujades, por supuesto, y éste había intentado reprimir esas ganas de cambio que amenazaban con arrollarlo todo en una época en que la situación económica hacía desconfiar de las buenas ofertas y de las decisiones repentinas. Prudencia, moderación, seny, argumentos razonados que perdieron su fundamento cuando a la pobre mujer de Octavi le diagnosticaron el cáncer que la condenaba a una muerte anticipada. A partir de ese día, Octavi Pujades no tuvo más remedio que darle la razón en sus planteamientos básicos, aunque siguió obligándolo a mantener la negociación en el mayor secreto y a ser cauto en los acuerdos con aquellos inversores que habían surgido como caídos del cielo y cargados de dinero en efectivo. Aprovechando la baja de Octavi, ambos habían podido reunirse varias veces con los futuros compradores a espaldas de todos, en especial de Sílvia, no porque ella tuviera autoridad para impedir una venta, sino porque la presión de su hermana habría sido una carga añadida a todo el asunto. Sólo la malograda Sara podía haber sospechado que su jefe y el director financiero se llevaban algo entre manos, pero a Víctor le constaba que su secretaria era leal.
Ahora sí, pensó Víctor, no podía postergar más hablar con Sílvia. Había estado a punto de sincerarse con ella en Navidad, y si no lo hizo fue más por pereza que por miedo, porque el acuerdo era casi firme. Pero Octavi le aconsejó esperar hasta enero, hasta esa última reunión que se acababa de celebrar, y Víctor concluyó que no había nada malo en ello, en fingir un poco más aunque en el fondo eso le hiciera sentirse mal. Como en la cena de empresa, su último acto, aquella pantomima que había representado con la convicción de un actor consumado.