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Y fue al pensar en aquel evento cuando su memoria, aquella facultad caprichosa y traicionera, decidió capturar el hilo que andaba deambulando por su cerebro desde que el inspector de acento argentino le había enseñado aquella foto horrible, y lo unió a otro recuerdo con la fuerza de un puñetazo.

– Toda mujer quiere sentirse hermosa.

La voz de Víctor Alemany, director general de los laboratorios que llevan su nombre, se impone sin dificultad en la sala, a pesar de que, a oídos de algunos, la afirmación suena más bien pomposa, desubicada en los tiempos que corren. No obstante, los presentes se limitan a expresar su desaprobación a través de muecas irónicas, que enseguida quedan ocultas bajo una máscara de atención educada: sólo se oye algún carraspeo aislado, el ruido de alguna cucharilla que roza el plato de postre. Las casi cien personas que se hallan en una de las salas de los laboratorios, eficazmente convertida por una noche en salón comedor, se preparan para escuchar el discurso, o al menos para fingir que lo hacen. Forma parte de la tradición: cada año se celebra una cena de empresa por Navidad, cada año el director toma la palabra durante unos minutos, cada año se aplaude respetuosamente al final. Luego la fiesta, si es que puede llamarse así, sigue adelante sin más interrupciones. Por tanto, puede decirse que la mayor parte de las caras que observan a Víctor Alemany muestran un interés circunstancial, el mismo con que escucharían al padre de la novia que se empeñara en pedir un brindis por la feliz pareja. Nadie espera que diga nada original, ni interesante, pero hay que sonreír y atender.

Esta noche, sin embargo, tras las cinco palabras iniciales, las luces descienden poco a poco hasta que el salón queda a oscuras y en la pared situada detrás del señor Alemany aparece proyectada la reproducción de un cuadro. Una mujer de piel blanca y melena rubia -tan larga que su dueña cubre con ella parte de su desnudez- se mantiene en equilibrio sobre una gran concha que flota en un mar plácido. A su izquierda, suspendida en el aire, una pareja abrazada de dioses alados -podrían ser ángeles, aunque todo el mundo sabe que no tienen sexo- agita con su aliento sus rubios cabellos y, al otro lado, una dama vestida de blanco sostiene un manto rosado, listo para envolver a la recién llegada, como si su belleza fuera demasiado extrema para los pobres mortales. Todos conocen esa imagen, aunque hay quien tendría problemas para acertar el nombre exacto del cuadro o el autor. En cualquier caso, no se trata de un examen de historia del arte, y enseguida otra imagen se superpone a la anterior. Es un detalle de la misma mujer, el rostro de la misma Venus de cabellos dorados. Sus ojos color miel tienen la mirada perdida; la tez, aunque ligeramente sonrosada en las mejillas, es de una blancura sin mácula; la boca, de labios apenas carnosos, permanece cerrada, sin sonreír. La mujer se muestra ajena a su entorno. Joven, pura, intemporalmente bella.

– El canon de belleza ha ido cambiando a lo largo de los siglos.

Víctor Alemany pronuncia su segunda frase de la noche, una obviedad que, al menos, no resulta políticamente incorrecta y que precede a una colección de hermosos rostros femeninos que se suceden en la pared al ritmo de una canción. No siguen un orden cronológico, de manera que el busto sereno de Nefertiti se alterna con la cara, sensual y casi salvaje, de una Brigitte Bardot adolescente, y una madonna renacentista de aspecto plácido da paso a la faz, maquiavélicamente atractiva, de la madrastra de Blancanieves. Nadie sabe quién ha hecho la selección, pero la primera impresión es que, quienquiera que sea el responsable, tiene una fuerte predilección por las mujeres rubias. Frías o voluptuosas, tranquilas o arrebatadoras, ocupan más de la mitad de las imágenes que se proyectan. Casi es un alivio que de repente surja el rostro de ébano brillante de Grace Jones, a quien la mayoría de los allí presentes reconoce entonces como la voz grave de la melodía de fondo, «I’ve Seen That Face Before», una especie de tango electrónico a ritmo de acordeón. Son esos rasgos extremos y andróginos los que dan paso a una rápida sucesión de fotografías de mujeres desconocidas, de edades y bellezas diversas.

Poco después termina la proyección y, por un instante, los presentes dudan sobre si deben o no aplaudir. Alguien empieza tímidamente y otros le imitan. Sin embargo, el conato de aplauso queda acallado por Víctor Alemany, quien, aunque agradece el gesto con un asentimiento de cabeza, levanta la mano derecha, como un líder político que sabe que lo mejor aún está por llegar.

– Durante años, nos hemos dedicado a ofrecer a las mujeres la posibilidad de sentirse hermosas, la ilusión de recuperar la juventud perdida. Y, lo más importante, a un coste de lo más razonable. Nuestra marca ha sido sinónimo de calidad y buen precio, y son esos dos conceptos básicos los que nos han traído hasta el día de hoy durante más de seis décadas.

Empieza ahí el discurso más clásico, el que todos esperaban al principio. El que se remonta al nacimiento de la empresa. Repasa el año que termina: ha sido un período turbulento, de reestructuración, de cambios. Pese a que de momento no pueden quejarse de los resultados, se esperan tiempos difíciles. En la mesa más cercana a Víctor Alemany, dos personas se miran. Amanda Bonet y Brais Arjona son conscientes de que han sido parte de esos cambios: caras nuevas en una empresa con más de medio siglo de historia.

El director general prosigue: se acercan años difíciles, a nadie se le escapa, pero él está seguro de que están preparados para los nuevos retos. La empresa ha tomado decisiones arriesgadas, sí, aunque con un objetivo, una meta, una ilusión. La nueva línea de productos ya está en el mercado. LA/Young. Un nombre pretencioso, muy discutido al principio y finalmente aprobado por real decreto. Un logotipo, Y, que ahora aparece en la pared, anunciando el inicio de una segunda proyección.

Los más directamente involucrados en Y saben lo que viene a continuación. El publirreportaje se rodó justo antes del verano, por eso la piel de los participantes muestra un leve bronceado. Alfred Santos es el primero en salir en pantalla para presentar la línea de productos: cremas suaves para pieles jóvenes, un segmento de mercado al que Laboratorios Alemany no se había dirigido específicamente hasta ahora. Pieles que no necesitan cremas reafirmantes, sino otras que aporten luminosidad. Además, y Víctor Alemany lo sabe bien, su público objetivo va más allá, porque muchas mujeres de treinta a treinta y cinco años se sienten igualmente jóvenes. De ahí que Brais Arjona eligiera como modelo para las fotos de toda la línea a Paula de la Fe, que había alcanzado cierta notoriedad interpretando el papel de una profesora liada con un alumno en una teleserie. Paula tiene veintinueve años, aunque en la serie se supone que acaba de terminar la carrera y posee un aspecto juvenil. Lo que ni Brais ni nadie del equipo podían figurarse era que su jefe y Paula iniciarían una relación que aportaría a la marca una celebridad inesperada y un poco frívola, en opinión de Sílvia. A Víctor le habría gustado que Paula estuviera con él esta noche, pero al final se ha impuesto el criterio de Sílvia, «Esto es una cena de empresa», y ha decidido no discutir con su hermana. Ya no merece la pena.

El reportaje prosigue con Amanda, que bien podría ser la modelo de la campaña, hablando del diseño del envase, alejado del bote clásico que evoca las cremas de mamá. Y tras ella, Brais Arjona, brand manager de la línea Y, expone con elocuencia los conceptos de marketing: juventud, innovación, libertad. Todos se mezclan en la campaña que nos presenta a Paula de la Fe recién levantada, obligada a ir a trabajar después de una noche de juerga cuyos estragos se ven rápidamente redimidos por una ligera capa de After Hours, la crema estrella de la gama. Mientras se aplica el producto, una ojerosa aunque contenta Paula tararea el estribillo de una canción; por fin, cuando el espejo le devuelve una imagen perfecta, la canción suena a todo volumen y reconocemos, si no el título o la banda -«Alright» de Supergrass-, sí el estribillo: «We are young, we are free», el lema de la campaña, pensado para quienes conocen la canción y, por tanto, no son ni tan young ni tan free como les gustaría ser.