Al final de la presentación se oye un aplauso amable y casi sincero. Víctor abandona el puesto de orador y antes de volver a la mesa, con su hermana, con los demás, decide pasar por su despacho un momento, para dejar sus papeles. Camina deprisa, hablar en público siempre le ha puesto un poco nervioso.
Antes de entrar en su despacho ve luz en el de Sílvia y se acerca a la puerta, que está entornada. Víctor se sobresalta cuando, al tratar de abrir, se encuentra a Sara.
– ¡Sara! ¿Qué haces aquí?
Sara Mahler, siempre tan eficiente, parece azorada. Y torpe, porque mientras balbucea que de repente se acordó de que Sílvia le había pedido unos papeles, se le cae la carpeta que llevaba en la mano. Su jefe, amable, se dispone a ayudarla, aunque ella se agacha y se apresura a recoger todo el contenido. Pero algo capta la atención de Víctor, aunque en ese instante no le da más importancia.
Una foto campestre, un paisaje montañoso. Víctor apenas tiene tiempo de distinguir la imagen de un árbol, visto desde lejos, y menos aún de advertir que algo cuelga de sus ramas, antes de que Sara, de nuevo eficiente, lo guarde en la carpeta y salga del despacho con un simple:
– Vamos, Víctor. El anfitrión no debería ausentarse de la fiesta.
Capítulo 21
En poco más de doce horas el rumor de la discusión entre Salgado y Bellver se había extendido por toda la comisaría, y en apenas una hora más llegaría, por supuesto, a las instancias más altas. Héctor había aparecido en su puesto de trabajo a las ocho de la mañana y, de camino a su despacho, ya había percibido alguna mirada de soslayo, alguna conversación interrumpida. Estaba seguro de que tendría que abordar el tema con el comisario en un momento u otro, pero también de que le quedaba al menos una hora de tranquilidad hasta que esa charla tuviera lugar. Tiempo suficiente para revisar por última vez los expedientes de Ródenas y Mahler antes de ir a Laboratorios Alemany, aunque albergaba pocas esperanzas de que esa visita diera algún resultado útil. La autopsia de Sara Mahler, rutinaria dadas las circunstancias, no aportaba dato alguno que hiciera pensar que la víctima no hubiera saltado a las vías por voluntad propia. La de Ródenas, que constaba en su expediente junto con las de su esposa e hija, era todavía más concluyente si cabía. Y, sin embargo, los suicidios de dos personas de la misma empresa, dos personas que en apariencia llevaban vidas tan normales como las de la mayoría, seguían alertando ese instinto del que Héctor había aprendido a fiarse a lo largo de los años.
Observó una vez más la foto del grupo intentando leer aquellas caras inmutables, inmortalizadas para la posteridad en un retrato no muy favorecedor. Se fijó especialmente en las de Gaspar y Sara. Ella sonreía, obedeciendo con toda seguridad las instrucciones de quien sostenía la cámara. Gaspar no. Gaspar Ródenas miraba al objetivo con concentración, como si estuviera delante de un balance que no cuadraba: el ceño fruncido, el cuerpo tenso. Una expresión bastante parecida a la de la foto tomada en la playa que aparecía en el artículo de Lola. Tal vez fuera la cara que ponía para las fotos, se dijo Héctor, dejando ambas sobre la mesa. Confiaba en su instinto, sí, pero también sabía que a veces era muy fácil dejarse llevar por falsas impresiones.
Si hubiera reflexionado dos minutos más, no lo habría hecho. Sobre todo porque las ocho y media de la mañana no eran horas de llamar a nadie. Y menos aún a alguien a quien hacía más de siete años que no veía. En realidad, llamó en parte porque no creía que Lola conservara el mismo número después de tanto tiempo y en parte porque había sentido deseos de hacerlo desde la primera vez que vio su nombre en el encabezamiento de aquel artículo. Cuando le contestó una voz somnolienta, de recién levantada, se dio cuenta de que no sabía muy bien qué decirle.
– ¿Sí?
– ¿Lola?
– Según para quien…
– Lola. ¿Te desperté?
Hubo una pausa, un silencio durante el cual Héctor la imaginó en la cama, con la mirada turbia del sueño interrumpido.
– ¿Héctor? -La voz sonó ya totalmente despierta.
– Yo mismo.
– Joder. Voy a demandar al horóscopo. Me anunciaba una semana tranquila y sin sorpresas.
Él sonrió.
– Bueno, estamos a viernes. Casi acertó. -Los silencios por teléfono eran tan malos como en la radio, pensó Héctor. Nerviosismo estático-. ¿Qué tal?
La carcajada de Lola denotaba más sarcasmo que humor.
– No me lo puedo creer. -Se rió de nuevo-. ¿Tantos años de silencio y me llamas a las ocho y media de un viernes de enero para preguntarme qué tal estoy? Esto es como un capítulo de Sexo en Nueva York, aunque sin sexo. Y en Carabanchel.
Él iba a decir algo cuando ella le cortó.
– Héctor, perdona, pero creo que necesito una ducha y un café para hablar contigo.
– ¿Un cigarrillo no?
– Ya no fumo.
– Claro. Escucha, desayuna y te llamo más tarde. Estoy con un caso sobre el que tú escribiste hace unos meses y me gustaría hablar contigo. -Esperaba que ella le preguntara a qué caso se refería-. Gaspar Ródenas. El tipo que ma…
– Que mató a su mujer y a su hija y luego se pegó un tiro. No hace tanto tiempo. Lo recuerdo.
– ¿Puedes echarle un vistazo a tus notas, por favor?
– Si me lo pides así supongo que será importante.
– Gracias. Te dejo despertar tranquila. Lola… -añadió antes de colgar-, me alegro de hablar contigo.
No supo si ella lo había oído o no, porque la comunicación se cortó al instante, pero en su cara debió de quedarse una sonrisa boba el tiempo suficiente para que la viera el comisario Savall, que le convocó en su despacho cinco minutos más tarde.
– ¿Precisamente hoy estás de buen humor, Héctor? -le soltó a modo de saludo.
– Bueno, comisario, dicen que las calaveras también sonríen. Y no es que tengan muchos motivos para estar contentas.
Lluís Savall se quedó mirándolo sin comprender muy bien la respuesta.
– Déjate de calaveras y siéntate, Héctor. Y cuéntame qué diablos pasó ayer tarde con Bellver. -Su tono no auguraba nada bueno.
Había algo en aquella mujer que le resultaba antipático, aunque no habría sido capaz de precisar qué era con exactitud. Hasta el momento, Sílvia Alemany se había mostrado tan amable como eficaz y había respondido sin vacilar a todas sus preguntas. Y, sin embargo, Héctor Salgado no conseguía librarse de la irritante sensación de estar asistiendo a una representación forzada. Algo a lo que ya se había acostumbrado después de tantos años de servicio, ya que en líneas generales estaba convencido de que todo el mundo mentía en mayor o menor grado. El engaño, a uno mismo o al entorno, era tan natural como respirar: muy pocas personas soportarían un juicio crudo y sincero sobre ellas o sobre sus seres queridos. Pero incluso teniendo eso en cuenta, la actuación de Sílvia Alemany acusaba un punto académico, entre impostado y condescendiente, que estaba empezando a enojarlo. Y mucho.
Llevaba media hora en Laboratorios Alemany. Había llegado acompañado del agente Fort, a quien enseguida envió a dar una vuelta por la empresa con instrucciones de una ambigüedad calculada, aunque con un objetivo definido: tantear el ambiente, tomarle el pulso a aquella organización dedicada a los productos de belleza que, según el detallado informe del propio agente, había empezado a funcionar en los años cuarenta y se había mantenido, sin grandes logros pero a la vez sin problemas serios, durante toda su historia. Sólo en la última década había logrado destacar de la competencia, debido a la fabricación y comercialización de LA/Slim, una crema que había hecho furor entre las señoras y caballeros con unos cuantos kilos de más. A partir de ahí, Laboratorios Alemany había ampliado sus ambiciones y su oferta, pasando de ser una marca de perfil bajo que se vendía en supermercados a escalar algunos puestos en el panteón de la belleza artificial. A finales del año anterior había lanzado una línea dedicada a las mujeres más jóvenes, Young, de la que Héctor nunca había oído hablar, pero que, a tenor de la campaña de publicidad, era una gran apuesta dentro de la empresa.